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LAS TRES HERMANAS: Un poco de vida en escena



Fotos: Kerim Martinez

Por Kerim Martínez/Uno de los textos dramáticos más reconocidos en la historia del Teatro es Las tres hermanas del dramaturgo ruso Antón Chéjov. El primer montaje se estrenó en Rusia (1901) bajo la dirección de Konstantín Stanislavsky, precursor de un conocido método de actuación. Con el pasar de los años han disminuido las obras de Chéjov en escena, quizás por su extensa duración, su poca acción dramática y mucho discurso. No obstante, hay directores que siguen explorando las obras pero con alguna adaptación de por medio para ayudar a que el público contemporáneo las digiera con facilidad.

En 2013 La Rama de Teatro, BH5 y Óscar Uriel decidieron montar sus propias versiones de los textos de Chéjov. En 2013 iniciaron con Proyecto Vanya (El tío Vanya) y en 2015 estrenaron La Gaviota, ambas dirigidas por Diego del Río. En 2016 continuaron con El jardín de los cerezos bajo la dirección de Angélica Rogel y ahora vuelven al ataque con Las tres hermanas al mando de Diego del Río (adaptación y dirección) con el apoyo de EFIARTES. Esta puesta, como en las ocasiones anteriores, se estrena al finalizar el año y se presenta todos los días de la semana con una temporada de un mes de duración.

Olga, Masha e Irina Prózorov viven en una casa rural junto con su hermano Andréi. La imagen de su padre fallecido está siempre presente y pareciera que les ha puesto un freno para seguir adelante. Su máximo sueño es regresar al lugar de su infancia: Moscú. Lo visualizan como un sitio para escapar de su tedioso ahora.  Olga se ha quedado soltera y trabaja en un colegio; Masha está casada con un aburrido profesor, pero no lo ama; Irina anhela otra forma de vida y piensa que si contrae matrimonio todo cambiará para bien; Andréi se casa con Natalia, una mujer que desde que pisa la casa sufre el desprecio de la familia. Un regimiento llega al pueblo y algunos de sus elementos visitan constantemente el hogar de los Prózorov; ríen, charlan y reflexionan sobre el hombre y su existencia en este mundo.

Del Río realiza una puesta en escena elegante y al mismo tiempo divertida. Se centra al cien por ciento en el trabajo actoral y logra que los intérpretes construyan personajes profundos sin ningún elemento distractor incluyendo el vestuario: los actores llevan su propia ropa, no la de los personajes. El director juega con las convenciones y logra que el público acepte tener en escena un Gansito Marinela en lugar del pastel de cumpleaños de Irina y que, por ejemplo, nunca aparezca un samovar. Tiene un equipo con amplia trayectoria que confía en él y se entrega en el escenario para construir ficción. Su propuesta lleva al espectador a sentir que está en un ensayo de teatro donde cualquier cosa podría pasar, muy al estilo del film Vanya en la Calle 42 dirigido por Louis Malle y Andre Gregory (1994).

Aunque las edades de los personajes no corresponden con las del elenco escogido, esto no estorba en lo absoluto gracias al poder del teatro y la imaginación del espectador. Éste se topa con diez actores con el suficiente aplomo y talento para enfrentar un gran reto.

La obra se compone de cuatro actos. En los dos primeros conocemos a los personajes y las situaciones que enfrentan; la dirección es ágil y todo fluye adecuadamente. El tercer acto funciona como un presagio de que no hay salvación posible para nadie, se vuelve muy angustiante reconocerlo. El cuarto acto carece de velocidad, los personajes están completamente devastados y es un hecho intuir lo que viene. Valdría la pena evitar tanta “pausa chejoviana” (como bien dicen los teatreros) para que la obra no decaiga; hay que recordar que este montaje tiene una duración de poco más de dos horas e inicia casi a las nueve de la noche, el público merece un poco más de dinamismo.

Adaptar un texto como Las tres hermanas tiene sus complicaciones y hay que tomar decisiones que no siempre son las mejores. La obra original cuenta con catorce personajes. Hubiera valido la pena conservar a dos más: el capitán Solionii y el médico militar Chebutikin. El primero ayuda a reforzar el conflicto que tiene Irina al ser pretendida por dos hombres y no amar a ninguno. El segundo es un hombre alcohólico pero muy sabio que aparece en una escena emblemática de la obra donde rompe el reloj de la difunta madre  diciendo: “¡Puede que yo no lo haya roto! ¡Que lo parezca nada más! ¡Y puede también que parezca que existimos y que en realidad no existamos!”. En la presente versión esta acción escénica y las líneas son entregadas a otro personaje (Nicolás Tusenbach) y no causa el mismo efecto. También se sacrificó el final de la nana octogenaria Anfisa donde ella se ilusiona al saber que dejará la casa para irse a vivir a un departamento con Olga. Aquí dibujaron un personaje cuya principal característica es su demencia senil. A pesar de lo anterior, la historia central se cuenta y la obra funciona.

Las protagonistas están representadas por Emma Dib (Las musas huérfanas, Soles en la sombra), Arcelia Ramírez (Buenas personas, El ogrito) y Maya Zapata (Feroces, La casa de los espíritus). Existe mucha comunicación entre ellas y construyen a tres mujeres que minuto a minuto van perdiendo las esperanzas de cambiar sus destinos.

Destaca la actriz argentina Anahí Allúe (Wicked, Billy Elliot) en el papel de Natalia, la esposa incómoda (y sombría) de Andréi. Podemos ver la evolución del personaje en cada uno de los actos; matiza todo el tiempo, su proyección de voz es impecable (cosa que no sucede con algunos actores a pesar de contar con tres micrófonos ambientales en el piso), tiene dominio escénico y dimensiona acertadamente a uno de los antagónicos más famosos del autor. Ella junto con su director, entendieron muy bien al personaje y explotaron su lado cómico que desemboca en largas carcajadas. Es importante recalcar que en algunas cartas que existen del autor, Chéjov sostenía que su obra era una comedia y quería que así se montara. Por fortuna Del Río y Allúe le hicieron caso.

Mauricio García Lozano interpreta al teniente coronel Vershchinin; resuelve su personaje con naturalidad y junto con Arcelia Ramírez logra conmover a los asistentes en esa escena emblemática donde nos remarcan que lo suyo es un amor imposible. También actúan: Enrique Arreola, Alejandro Morales, Evan Regueira, Concepción Márquez y Antón Araiza.

La iluminación (Matías Gorlero) es sutil y existen pocos cambios que ayudan a que el público sienta el pasar del tiempo. La escenografía (Auda Caraza y Atenea Chávez) está compuesta por dos columnas negras y una gradería con sesenta y dos sillas (muy diferentes entre sí) que los actores ocupan estén o no en la escena. En el cuarto acto (en el jardín) las sillas están tiradas como símbolo del caos que están viviendo los personajes; el panorama visual es muy atractivo. También, los actores mueven constantemente un sillón viejo y se apropian de éste como el elemento principal de la casa.

Vale la pena acercarse a esta puesta para comprobar la vigencia que todavía tienen las palabras de Chéjov y cómo las reflexiones de sus personajes pueden llevar a una persona común y corriente a cambiar su vida entera. Es reconfortante saber que el teatro puede ayudarnos a tomar decisiones.

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