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Lo que queda de nosotros ¿Qué queda de nosotros cuando alguien se va?



lo-que-queda-de-nosotros-iPor Mariana Mijares / ¿Qué queda de nosotros cuando alguien se va? ¿y después? ¿Cómo seguimos adelante?

Estos pensamientos me vienen a la mente luego de ver, por segunda vez, Lo que queda de nosotros, obra de Alejandro Ricaño y Sara Pinet, en la que además de cuestionarnos sobre la pérdida, -experimentada por Nata (Pinet)-, nos logran adentrar a la mentalidad de Toto (Raúl Villegas), un perro.

Y es que, ¿Qué piensa un perro cuando nos mira? ¿Nos está pidiendo un paseo, comida, o sólo que le hagamos una caricia? Adentrarnos en el universo de un can es un trabajo que se antoja interesante y divertido; el escuchar, de su propia boca, qué piensa cuando recogemos sus desechos en una bolsita, o por qué un día, sin mayor explicación, ya no lo sacamos a pasear.

De entrada, saber que se verá un trabajo de Alejandro Ricaño es garantía, el dramaturgo recientemente bautizado como ‘el rockstar del teatro mexicano’ es responsable de obras como Hombre Ajeno, con Osvaldo Benavides y José María Yazpik; Cada vez nos despedimos mejor, con Diego Luna, y por supuesto, sus trabajos mas entrañables: Más Pequeños que el Guggenheim y El amor de las luciérnagas (recientemente presentada en Inglaterra en el marco del festival CASA).

En Lo que queda de nosotros, Ricaño suma su talento con el de Pinet, quien dota de corazón y de recuerdos este trabajo en el que además se consolida como una de las jóvenes más valiosas de los escenarios.

La escenografía -de Ricardo Ricaño-, es sencilla: algunos focos y unos platitos de perro cuelgan en el techo mientras que una gran banca de madera sirve como sillón, mesa, cama, piso, coche y hasta de contexto de la perrera a la que caerá Toto.

Toto es un perro con memoria, pero, como todos los perros, una criatura que no tiene en sí la capacidad de guardar rencor, ni siquiera cuando Nata, herida, incapacitada por la muerte de su padre, decide abandonarlo en un parque.

Nata es una joven solitaria, su madre murió cuando tenía 9 años y desde entonces aprendió a no anhelar ‘los pequeños afectos’, ella está consciente de que, llegado el día, estos desaparecen, como las personas.

La muerte del padre de Nata impacta claramente su vida, y también la de Toto, pues al perder a su padre Nata pierde el interés de querer volver a relacionarse, a encariñarse con otro ser. De alguna manera ella entiende la muerte: a su tía Aurora le recuerda que 9 millones de niños mueren al año. La tía le dice que son pruebas, pero Nata le cuestiona si ese Dios en el que ella cree tiene formas muy violentas para probar la fe.

Como todo sentimiento, el duelo es un proceso. De acuerdo con el modelo de Kübler-Ross este incluye 5 etapas: Negación, Ira, Negociación, Depresión y Aceptación. Esta obra abarca un periodo corto, pero el suficiente para que Nata pase por sus propias etapas, mientras a la par, Toto enfrenta una nueva realidad; su propia travesía.

Otro elemento que le suma atinadamente a esta puesta es la música en vivo, de David Ortíz y Ricardo Estrada, quienes por momentos nos recuerdan las armoniosas notas de músicos como Sigur Rós, Bon Iver o Glen Hansard y Markéta Irglová, actores y músicos de Once.

La única objeción que le encuentro a esta obra, la ganadora del Premio Bellas Artes de Obra de Teatro para Niños 2014, es que, aunque claramente está recomendada para mayores de 10 años, muchos padres no leen dicho indicativo y llevan a sus hijos más chicos, para quienes puede resultar una experiencia demasiado fuerte, y en gran medida, por escenas específicas como la de ‘Crispín’, un perro callejero con sarna que le narra a Toto, (con demasiados y crueles detalles), cómo ‘El Gordo’ muere electrocutado en la perrera.

Creo que este proceso podría sólo haber sido sugerido, no detallado… supongo que podemos asumir que algo horrible pasa en ese ‘cuarto’ al que Crispín le teme tanto.

Pasado este momento, casi al final, el montaje logra una escena de enorme tensión que, como en el buen cine, nos hace creer que todo está perdido. Y para este punto estamos tan encariñados con Nata y con Toto que realmente anhelamos que puedan volver a encontrarse. Tener su propio final feliz.

Lo que queda de nosotros es una obra que resulta emocional y emocionante, el trabajo de Ricaño, también director de la puesta, es preciso; Villegas es conmovedor y Sara impecable.

En el mundo real de Sara Pinet seguramente pasan muchas cosas, pero es un verdadero privilegio que haya decidido plasmar sus ideas en papel, y además, llevarlas a término mediante su enorme habilidad actoral.

Esta obra te hace querer salir y abrazar a tus papás, seres queridos, o a tu perro. O pensar en todos esos momentos que viviste con cualquiera que estuvo pero que ya no está.

Nata y Toto nos ponen tristes, pero también, nos hacen valorar lo que nos queda… nos recuerdan que todos somos frágiles y que nos rompemos, que todas las personas van a irse, pero que hay que vivir con lo que queda de nosotros… un día a la vez.

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