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NACIÓN PRIMORDIAL: Rebeldes levaduras al compás del rock



Por Mariana Mijares/ Más de 3,000,458,000 años a.C, antes de que existieran los humanos, los dinosaurios u otros animales, una de las primeras formas de vida: las levaduras, cuentan su historia al ritmo de los beats de rock que se escuchan de viernes a domingo en el Teatro Milán.

Nación Primordial (Yeast Nation, The Triumph of Life), trabajo escrito por Greg Kotis y con música de Mark Hollman -responsables de Urinetown-, se define en algún momento como un ‘musical biohistórico’, lo que suena complejo de inicio, y aunque los tecnicismos sobre la alimentación y reproducción de estos hongos microscópicos unicelulares podrían ser complicados de entender, los personajes están lo suficientemente bien delineados como para involucrarnos con su historia.

Al más puro estilo de Shakespeare, sobre todo de Hamlet, la trama se centra en un Rey: Ián (Eduardo Siqueiros) que tiene dos hijos: Ián el segundo más Viejo (Memo Sánchez) e Ián la Astuta (María José Bernal), siendo el varón su claro favorito; en consecuencia, ella empieza a tramar la manera de quedarse con el trono.

A la par, Dulce (Carolina Reyes) es ‘la levadura de la discordia’ pues dos personajes están muy interesados en ella: Ián el segundo más Viejo e Ián el Sabio (José Grillet), por lo que en números como “Soledad” ambos intentan pelear por su afecto, en un contexto en el que todas las levaduras se están quedando sin sal para comer.

En números como “El Fuego en mi Interior”, Caro Reyes (quien también alterna el papel de ‘Hope’ en Urinetown), tiene la mayor carga vocal. De cierto modo, el personaje de Dulce tiene similitudes con la protagonista de Urinetown, especialmente la inocencia y las ganas de contribuir a un mundo mejor, que se acrecientan cuando Ián la lleva por primera vez a la superficie para buscar otras formas de alimentarse, lo que está prohibido.

Esta obra que se ha presentado en lugares como Alaska, Chicago y en el Fringe de Nueva York, tiene otras coincidencias con el musical anterior de estos autores: diálogos juguetones que nos recuerdan que estamos viendo una ficción, el mensaje de que nuestro estilo de vida no es sustentable, y el elenco, pues gran parte del reparto de Urinetown también es parte de Nación Primordial y nuevamente dirigidos por Miguel Septién. Con esta decisión, el director mexicano cumplió uno de los deseos del autor, quien creía tenía sentido presentar ambos trabajos de manera paralela, como ocurre ahora.

Haciendo tributo a las obras clásicas, Nación Primordial cuenta con una especie de ‘coro griego’ liderado por Andrea Biestro, quien da vida a Sin Nombre una mujer ciega y sabia que intenta balancear a las levaduras.

Conforme la trama avanza, y Astuta persiste en su complot para quedarse con el reino, pide la ayuda de otro de los personajes más memorables: ‘Muerta de Hambre’, papel en el que Nayeli López realmente es distintiva y propositiva dándole toques de cantante afroamericana, hilarante sidekick o chismosa de lavadero, provocando continuamente las risas.

En Nación Primordial -probablemente porque aún no existía nada en la Tierra-, Septién opta por una escenografía minimalista (de Félix Arroyo, también responsable de la iluminación) con un fondo negro y solo algunos elementos de utilería, como bancas que los actores van moviendo continuamente para subirse en ellas.

En contraste con ese fondo negro, llama la atención el vestuario, diseñado por Giselle Sandiel y con una texturización de Ray Sánchez y Rafael Villegas, que además de resultar llamativo al ser rojo, es totalmente funcional para uno de los giros más importantes de la trama.

Pese a su originalidad, y quizá porque ha sido definido por la crítica como un work in progress, Nación Primordial no ha alcanzado el éxito o trascendencia de otros musicales, pero en todo momento resulta divertido, y más, luego del segundo acto, cuando levanta increíblemente gracias a la llegada de otro personaje clave: ‘La Nueva’, una especie de criatura aquí interpretada por Caro Vélez, quien gracias a movimientos precisos, e increíbles gesticulaciones, realmente nos hace creer que es un impredecible microorganismo.

Al final, probablemente no nos hayamos aprendido las especificidades del proceso de fermentación de las levaduras, pero esta obra continuamente refuerza que la confusión es parte de la diversión; además, siempre podremos identificarnos con las ideas universales sobre el amor y la rebelión, sin importar nuestro tamaño.

La obra se presenta por una corta temporada los sábados  y domingos hasta el 31 de julio en el Teatro Milán, consulta horarios y precios, aquí.

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