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LA DULZURA: Las complejidades entre madre e hija



Por Roberto Sosa/ Podría haber un poco en su distante relación y así lograr entenderse; el dolor de perder a su padre no lo comparte su madre. La confrontación es inevitable. “Mírame a los ojos…”, le dice su hija; en la madre vive el resentimiento que por años creció a lado del hombre que ya no está. Las palabras duelen, no hay dulzura. Una gata vivió a su lado hasta su muerte, después desapareció.

Las dos mujeres sienten diferente la ausencia del hombre que en algún momento les dio sentido a su vida. ¿Qué pasó atrás en el tiempo…? El pasado guarda recuerdos que lastiman y otros que dieron felicidad. Madre e hija confrontan el ayer buscando respuestas en el presente. Su padre murió, la hija espera en su madre encontrar un poco de empatía frente al desconsuelo.

La dulzura es un potente texto que escribe y dirige David Olguín. La tensión dramática involucra las emociones del espectador. Su obra posee recursos y elementos que elaboran una poderosa dramaturgia. El protagonista de esta historia está muerto, a través de su escritura Olguín lo hace presente, lo trae al escenario, su presencia está con los personajes y entre los asistentes.

La dirección es limpia, conduce con certeza, conjunta con propiedad el trabajo de las actrices y los dispositivos que componen el montaje. Su labor consigue desbordar las emociones de las protagonistas. Las conoce bien, ha trabajado con ellas, enlaza su capacidad actoral con dos personajes sólidos. Dirección y dramaturgia están acopladas acertadamente, sin duda un resultado bien logrado.

La obra coteja el talento de dos excelentes actrices: Laura Almela y Daphne Keller, ambas protagonizan un magnífico duelo de actuaciones. A través de sus personajes, consiguen que la historia gire alrededor de los espectadores, camina entre ellos, los toca, se mueve por todos los rincones, entre luz y sombra; entre llanto, risas y abrazos.

La escenografía e iluminación son de Gabriel Pascal, creativo que trabaja las obras de Olguín, la afinidad entre ambos se manifiesta en los diseños que Gabriel crea. El trazo escénico en este montaje es de un teatro arena, allí circulan y se agitan las actrices. La iluminación enfatiza emociones y sentimientos de los personajes, el centro es luminoso, las orillas oscuras, claroscuros que abrazan la historia.

La obra versa sobre las complejidades de ese vínculo filial entre una madre y su hija, el complicado proceso que ambas viven en un contexto distinto ante la pérdida del esposo y padre respectivamente. Los sentimientos y emociones de las dos contrastan ante la figura y desaparición del hombre que significó el amor y el desamor. La gata que vivió a su lado, simboliza el amor incondicional que ellas no comparten.

La dulzura es teatro de autor que el espectador podrá disfrutar desde el inicio, desarrollo y final con una historia bien cimentada; un drama realista con dos personajes que poseen credibilidad gracias al buen trabajo actoral. El teatro está hecho de momentos en la vida de quien lo crea y lo representa, la historia y puesta en escena así lo reflejan.

La obra ofrece funciones lunes y marte, del 15 de agosto al 27 de septiembre, en el Teatro El Milagro, consulta horarios y precios, aquí.

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