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JUNIO EN EL 93: Una obra impactante, madura y necesaria



Por Alegría Martínez/ Pocas actuaciones quedan impresas en la memoria, intactas por encima del desgaste de los años. Apenas un puñado de instantes se quedan a vivir dentro del espectador, como aquellos creados por Alejandro Reyes, (1963-1996), desde que formó parte del elenco en puestas en escena como: ¿Duele, Marat? P.D. Sade, (1986) Sexo, pudor y lágrimas (1991), James Joyce. Carta al artista adolescente (1995), y Mishima (1993).

Actor imprescindible, como lo constatan quienes lo vieron y podrán intuir quienes por fortuna se enteren hoy de su existencia, al acercarse al montaje conformado por fragmentos de una novela autobiográfica, escrita por el artista que hizo de su creación un referente de nuestro teatro.

Transcurrieron 28 años desde la primera puesta en escena realizada por la mancuerna artística formada por el dramaturgo Luis Mario Moncada y el director Martín Acosta. Los creadores de la inolvidable James Joyce. Carta al artista adolescente (1995), que se conocieron hace 30 años, emprendieron recientemente su aventura escénica número diez: Junio en el 93, una obra impactante, madura y necesaria que llega a nuestra cartelera en buen momento.

Un escenario breve y vacío recibe los pies descalzos de un actor joven que realiza los movimientos firmes de un arte marcial. Repeticiones que se retoman sin cesar, continúan a cargo de tres actores más que completan el elenco. Esta especie de introducción magnética, prepara al público para seguir sin perderse un solo minuto de la acción sobre el escenario.

Junio en el 93,está basada en la novela titulada Perdóname Yukio, de Alejandro Reyes, manuscrito legado por su autor a Moncada y Acosta a mediados de 1996, con la petición de que fuera publicado. Editado por Teatro de Arena, “el dúo dinámico”, como también se les conoce, cumplió el deseo de Reyes 25 años después de su muerte, con un tiraje de 100 ejemplares.

La invitación que el director Abraham Oceransky extendió al actor para montar una obra en Xalapa, la crónica de los ensayos, su sentir y el pensar respecto al teatro, a la ciudad, a sus habitantes, así como la descripción de sus encuentros sexuales y la sensación de un permanente desaliento, se encuentran en este valioso testimonio.

Los pasajes tomados del libro para estructurar la dramaturgia, revelan el conocimiento y la mirada sensible y precisa de Moncada en torno al actor-autor, al teatro y a la sociedad en que se desenvolvió Junio, en el México de los años 90, en que vivió su homosexualidad siendo seropositivo.

La puesta en escena, limpia, dinámica, cruda, trágica y bella, comparte con el público una historia que le pertenece al hablarle de Xalapa, de la Ciudad de México, de Mishima y del actor que las habita, mediante un lenguaje teatral que integra el movimiento del elenco dentro de un espacio íntimo y a la vez abierto, que deja percibir lo que sucede en la calle, la casa, el ensayo o la habitación, así como en el interior de Junio, maniatado por el dolor y el gozo.

Alejandro Reyes, quien como onnagata (actor del teatro Kabuki que representa a un personaje femenino), encarnó en 1993 a Mangiku Sanokawa, alcanzó en aquel entonces el objetivo de “filtrar todos los matices de la emoción humana” como lo plasmó Mishima en su cuento.

Abraham Oceransky (en la obra llamado Océano), le mostró a Reyes el camino para abrir la posibilidad de “ser nada, nadie”, para posteriormente “ser ocupado por otro” y como el actor lo mostró en las tablas en tanto onnagata, construyó a un “hijo nacido de la unión ilegítima entre el sueño y la realidad” cual lo define el tratado de Ayamegusa.

Acosta y Moncada vuelven al presente una época en la que falleció un importante número de artistas escénicos debido al SIDA, a los prejuicios, la falta de información, la discriminación, la ignorancia sobre los tratamientos médicos y su altísimo costo.

El personaje de Junio deja claro el temor, la incertidumbre y el arrojo de una juventud que quería vivir, aunque fuera acechado continuamente por el fantasma del suicidio, el mismo que rodeó a Mishima hasta que se adueñó de él.

Mel Fuentes en el papel de Venus, (la actriz trans que Oceransky decidió integrar al montaje en aquel entonces), Miguel Jiménez en el rol de Ulises, el macho de doble moral que obsesiona al protagonista, Baruch Valdés como el contradictorio y obsesivo Junio, y Medín Villatoro en el rol del indolente Roberto, integran el elenco del presente montaje que va y viene del lenguaje coloquial a los abruptos y violentos encuentros gestionados por el personaje principal, roza la desafiante y reveladora filosofía del “sensei” y pasa por el café de chinos, el colectivo o el parque, donde la realidad embiste.

Los cuatro actores, entregados a construir una ficción desde la verdad, emiten con la dosis necesaria de energía cada uno de los elementos que pasan por su mirada y su cuerpo para traer al presente el complejo universo que va de la supervivencia física, mental, sexual y artística, a la escena y a las preguntas que surgen en el camino, entre rendición y resistencia.

En el montaje original dirigido por Oceransky, el elenco estuvo conformado por Horacio Salinas, Óscar Bolaños, Alejandro Reyes, Fausto Rocha, Joel Torrontegui, Rodrigo Angoitia y Alejandra Bogue.

Junio en el 93 cuenta con el diseño de iluminación de Matías Gorlero, que define la ruta por la que se expone y ensombrece la memoria de un actor como si se abrieran y cerraran con luz espacios físicos y mentales, donde la niebla se eleva hasta confundir las figuras, arropadas por el diseño sonoro de Isay Ramírez, que pone en alerta, sobresalta y apacigua.

La escenografía de Eva Aguiñaga, propone un bello espacio con unas alargadas bancas que se colocan de distinta forma para crear el lugar específico. Su escenario oscuro y nítido posee un mínimo mobiliario que surge cuando es necesario y desaparece reintegrándose al elemento que antes que lo contuvo.

Eva también diseña un vestuario base sencillo y funcional, a partir de camiseta blanca y pants color gris con vivo naranja, que según el personaje será sustituido por elementos distintivos para destacar la aparición de quienes aderezan la historia, como el conocido Jacobo Zabludovsky y su reportero Amador Narcia, que lucen los formales cortes noventeros.

Con la producción general de Michelle Menéndez, producción ejecutiva de Paulina Montiel y la asistencia de dirección y producción de Pablo Villegas, el equipo artístico de Junio en el 93, adentra al público en el túnel del tiempo y en un teatro que recupera la calidad, la verdad en escena y la memoria de un valioso actor que merece ser recordado a través de sus palabras, en el espacio que nutrió su grandeza.

La obra ofrece funciones de viernes a domingo en el Foro La Gruta del Helénico, consulta horarios y precios, aquí.

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