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LA MADRIGUERA: Desgaste familiar



Fotos: Playhouse

Por Kerim Martínez/ Perder a un ser querido siempre es motivo de duelo, pero perder a un hijo de 4 años se convierte en una batalla casi imposible de superar. El matrimonio compuesto por Becka y Javi atraviesa esta situación y, a pesar de que el tiempo avanza, esta dupla se ha quedado estancada. La comunicación fluye, pero se guardan lo que realmente quieren decir y una parte de ellos se autodestruye en el día a día. Al poco tiempo, una noticia los sacude: la hermana de Becka está embarazada. La familia cree que debe estar feliz pero no saben cómo alcanzar ese estado si hay un muerto que sigue presente en la casa.

La madriguera del dramaturgo norteamericano David Lindsay-Abaire (Buenas personas), ganadora del premio Pulitzer, se estrenó en Broadway en 2006 y fue adaptada a la pantalla grande en 2010 protagonizada por Nicole Kidman y dirigida por John Cameron Mitchell. El primer montaje mexicano de este texto sucedió en 2012 bajo la batuta de Iona Weissberg y las actuaciones de Luwdika Paleta y Mario Iván Martínez con una exitosa temporada en el Teatro Rafael Solana.

A mediados de 2019, José Sampedro (Sylvia, Los últimos cinco años) estrena como director su versión de la obra en el Foro Lucerna. En ésta se enfoca más en el trabajo actoral que en los valores de producción, como sucedía en el montaje de Weissberg, y le da una lectura muy sugestiva al texto de Lindsay-Abaire. Tuvo una breve temporada y después de una pausa este diciembre retoma el montaje con dos actrices nuevas en el reparto: Jana Raluy y Verónica Bravo.

El peso de la obra recae en el personaje de Becka, que Jana Raluy (Crímenes del corazón, Tribus) encarna con aplomo y compromiso. Construye una mujer llena de dolor pero que se niega a mostrarlo por temor a terminar de romperse. Su actuación es contenida, sólo explota en una escena, siempre sabe controlar la emoción para evitar que la obra caiga en un melodrama manipulador. Se nota una buena mancuerna con el director, lo que lleva a que la actriz le dé valor a cada una de las palabras que dice dotándolas de un realismo bárbaro. En definitiva, Raluy es todo un acierto para el montaje. Se disfruta mucho verla intereactuar con cada uno de sus compañeros actores, en especial con Margarita Sanz que interpreta a Naty, la madre de Becka.

Sanz nos muestra a una señora imprudente e incómoda, pero que también ha sufrido la pérdida de un hijo en condiciones totalmente diferentes a las de Becka. La intérprete lleva magistralmente la parte cómica (muchas veces involuntaria) del montaje y logra que el público descanse un poco de la tensión que se vive en el escenario.

Verónica Bravo (Visceral, Asatia) y Nacho Tahhan (Ángeles en América, Constelaciones)  son actores jóvenes con la suficiente fuerza como para afrontar un texto dramático de este calibre. Se muestran seguros y cien por ciento involucrados en el proyecto. Bravo tiene buen ritmo y no deja que la escena caiga en ningún momento. Imprime frescura y se convierte en la contraparte perfecta de Becka. Su personaje entiende a su hermana pero también le da importancia a su persona y sabe que puede ser protagonista de su propia historia. Tahhan dota a Javi de ternura y rompe con el esquema de “el hombre de la casa”: el que nunca se rompe, el que no puede permitirse sentir de más.

Uno de los caracteres más complicados de abordar es el de el joven adolescente que atropelló al hijo de Becka. En esta puesta el personaje interpretado por Dali Jr. González (La divina ilusión) cumple en todas las escenas, si bien habría que trabajar con su tensión corporal y la velocidad en sus parlamentos para evitar que su personaje se vuelva solemne.

Un gran acierto de dirección es mantener a los actores entre el público observando la acción dramática cuando no participan en la escena, puesto que los ayuda a involucrarse en todo momento y a continuar con el tono que sus compañeros les dejan.

A pesar de que el montaje dura más de dos horas, el material escénico es muy atractivo y capta en todo momento la atención de los espectadores. La llegada del intermedio rompe un poco con la intriga y a veces es difícil después de diez minutos de descanso volver a entrar en ese mood melancólico pero es comprensible que actualmente los asistentes necesitan un descanso en obras de larga duración.

Habría que reconsiderar la manufactura de algunos efectos sonoros que le roban realismo a la propuesta, en especial dos: el audio proveniente de la computadora de Javi (la voz del niño debería sonar desde la laptop) y el alto volumen de los ladridos del perro que pareciera que lleva un micrófono en el collar.

La iluminación (Víctor Zapatero) está a favor de la historia, los cambios son sutiles y se logra un ambiente frío que tiene que ver con el estado de ánimo de los personajes. La escenografía (Javier Gerardo Ángeles) es funcional y juega con dos niveles: en el superior se encuentra un sillón y en el inferior un comedor que los actores transforman (mientras transitan de una escena a otra) en la recámara del niño fallecido.

Vale la pena acercarse a este tipo de montajes porque muchas veces el espectador puede encontrar vías para afrontar, e incluso, sanar alguna situación que está viviendo a través de ver y escuchar a los actores en escena inmersos en conflictos dolorosos. La madriguera es una de las opciones más atractivas en la cartelera actual gracias a las buenas actuaciones, a su delicada dramaturgia y a su propositiva y sutil dirección escénica.

Las funciones son en el Foro Lucerna hasta el 1 de marzo de 2020, consulta precios y horarios, aquí.

 

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Un comentario sobre “LA MADRIGUERA: Desgaste familiar

  1. Que placer es disfrutar de obras como La Madriguera, el regreso al teatro de Jana Raluy no podria ser mas afortunado. La dirección y las actuaciones de todos inmejorables. Una obra que no deben dejar de ver

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