Por Kerim Martínez/ La farsa, como género teatral, ha sido desde sus orígenes un vehículo privilegiado para exponer la ridiculez de los poderosos y la hipocresía de la sociedad. A través de la exageración, el absurdo y los símbolos grotescos, este formato permite señalar lo que incomoda o se pretende esconder, convirtiendo la risa en un arma de resistencia. En Zanahorias, el dramaturgo español Antonio Zancada retoma con ingenio esta tradición para llevarnos a Puritania, un reino imaginario del siglo XVIII que, con sus aristócratas decadentes, refleja de manera inquietante la vanidad y el vacío de nuestros tiempos.
La historia, que actualmente se presenta en el Foro Lucerna bajo la producción de Pausa Dramática y Mariana León Lambarri, sitúa a los espectadores en los excesos de la nobleza puritana, donde la depravación se ha convertido en el valor supremo.
Allí, dos damas —la Condesa de ¡Eh! (Angélica Bauter) y la Marquesa de ¡Ahhh! (Gerall Nájera)— compiten por el título de la más depravada del reino. La contienda es orquestada por Madame del Sagrado Corazón (Diana Sedano), dueña de una casa de juegos donde se desatan las pasiones más bajas de la élite. El reto: degradar y manipular al amante de la contraria, con el Rey ¡Oh! I (Santiago Zenteno) y el Marqués de ¡Ufff! (Óscar Piñero) como trofeos de una batalla tan absurda como esperpéntica. Cuando aparece una cesta de “prohibidas” zanahorias, la farsa alcanza un tono paródico y delirante que encierra, bajo la carcajada, un retrato crítico de las estructuras de poder y del miedo a lo diferente.
Más allá de su comicidad absurda, la dramaturgia de Zancada funciona como un espejo incómodo. La sátira contra la aristocracia de Puritania resuena hoy en día frente a nuestra obsesión con la imagen, la celebridad y el escándalo como moneda de cambio social. El humor irreverente de la obra no solo provoca carcajadas, también plantea preguntas sobre la banalidad con que se ejerce el poder, la desigualdad que se ignora y la necesidad de reconocimiento a cualquier costo.
Bajo la dirección de Nohemí Espinosa, la puesta en escena acentúa los rasgos farsescos hasta rozar el clown y la comedia física. La directora propone que los actores jueguen en escena como si fueran niños pequeños, lo que le permite construir un universo muy particular y lleno de frescura. Ese mismo trazo, aunque por momentos se perciba caótico, potencia las exageraciones de los personajes y coloca al público en un terreno de risa incómoda.
El elenco se entrega con convicción al tono exacerbado que la obra demanda. Cada intérprete cuenta con momentos lucidores en los que despliega recursos actorales que arrancan risas y complicidad del público, mostrando una energía desbordante desde los primeros minutos. Sin embargo, ese arranque intenso provoca que hacia la mitad del montaje el ritmo decaiga ligeramente, dejando entrever cierto desgaste en la continuidad de la energía. Aun así, el grupo logra recuperar el pulso escénico y, con oficio, conduce al espectador hacia un cierre sólido y vibrante. Esta oscilación no resta mérito a su desempeño, sino que revela la exigencia física y vocal de un montaje que apuesta por lo excesivo y lo extravagante como lenguaje.
El diseño de vestuario en Zanahorias, a cargo de Mauricio Ascencio, se erige como la auténtica estrella del montaje: un despliegue de imaginación que mezcla con audacia lo aristocrático con lo kitsch, lo refinado con lo estrafalario. A ello se suma el trabajo de maquillaje y peluquería de Mariana Gutiérrez, que potencia esta estética excesiva con rostros delineados, pelucas monumentales y caracterizaciones que rozan lo caricaturesco.
Cada prenda y cada trazo parecen dialogar con el exceso y la contradicción: corsés, encajes, texturas brillantes y colores saturados conviven en un carnaval de referencias históricas y contemporáneas que subrayan la artificialidad de la nobleza de Puritania. Lejos de ser un mero adorno, el vestuario y el maquillaje funcionan como discurso: exhiben la impostura de personajes que viven de las apariencias, atrapados en su obsesión por destacar. La minuciosidad en los detalles y la riqueza en la confección logran que cada figura en escena sea un cuadro ambulante, disparatado y fascinante.
El diseñador de escenografía Mauricio Arizona nos presenta un escenario enmarcado por grandes telones de terciopelo verde que cuelgan pesadamente, casi como si estuvieran a punto de venirse abajo, reforzando la sensación de un reino que se sostiene precariamente en medio de su propio desgaste. Del techo cuelga una lámpara ornamentada de la que emergen varias esferas disco, un detalle anacrónico que mezcla lo aristocrático con lo kitsch, recordándonos que el poder y el lujo también pueden ser ridículos. El piso, con apariencia gastada, parece arrastrar la huella del tiempo y del uso. A un costado, una pintura enmarcada y un florero dorado recargado refuerzan el aire de falso esplendor.
Esta atmósfera se ve potenciada por el diseño de iluminación de Mauricio Ascencio, que subraya con acentos puntuales la textura de los telones, marca con precisión los espacios de acción y otorga profundidad a la escena mediante contrastes de claroscuros. El público, dispuesto en gradas a dos lados, abraza el espacio escénico como si se tratara de un cuadrilátero social en el que se exhibe la miseria de la aristocracia de Puritania.
El cartel promocional, con diseño gráfico y fotografía de Héctor Ortega, es un acierto visual que combina teatralidad, humor y sofisticación. La mesa repleta de velas, postres y copas enmarca las cabezas de los personajes con gestos exagerados y miradas seductoras, adelantando el tono fársico de la obra. La presencia de las zanahorias, en contraste con la opulencia del resto, funciona como guiño irónico que une lo vulgar y lo refinado. Una publicidad atractiva y bien cuidada que no solo refleja la estética del montaje, sino que también invita al espectador a sumergirse en un mundo visualmente provocador.
Zanahorias confirma que la farsa no es solo entretenimiento ligero, sino un mecanismo teatral para exhibir la corrupción moral oculta tras la opulencia y la autoridad. Esta producción mexicana, apoyada por EFIARTES, recupera un texto con más de veinte años de vigencia para recordarle al público, entre carcajadas y símbolos delirantes, que seguimos habitando un mundo donde la apariencia se premia por encima de la autenticidad. Presenciarla en escena es una oportunidad para disfrutar de un espectáculo ingenioso, y al mismo tiempo reconocer en el teatro un espejo crítico capaz de revelar aquello que la sociedad suele preferir ocultar.
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Fotos: Héctor Ortega
















