Este 2024 ha sido un año importante para recordar a figuras fundamentales del arte, la cultura y el espectáculo que ya no están, pero que al evocarlos en la fecha de su natalicio o fallecimiento es imposible no repasar y celebrar sus vidas y trayectorias.

En el caso del teatro, es turno de traer a la memoria a tres personalidades que se convirtieron en columna vertebral del teatro mexicano del siglo XX. Este 2024 y, en particular, en esta celebración de Día de Muertos, es turno de festejar a Isabela Corona en su 111 cumpleaños, a Beatriz Sheridan a 90 años de su natalicio y a Julio Castillo en su 80 aniversario.

El largo viaje de Isabela Corona

Cuando en 1957 el público asistente al Teatro El Granero presenciaba la versión mexicana de Viaje de un largo día hacia la noche, bajo la dirección de Xavier Rojas, se topaba con uno de los puntos más altos de la escena teatral del siglo pasado. Y aunque en la obra maestra de Eugene O’Neill participaban actores estupendos como Augusto Benedico y el joven José Alonso, la razón central del éxito, dicen los que saben, era la actuación de Isabela Corona (1913), quien para entonces, a sus 44 años de edad, ya era una primera actriz del teatro y el cine nacionales. Con el personaje de Mary Tyrone -personaje basado en la trágica madre del propio autor-, Isabela Corona logró la consagración definitiva, la cual le acompañó hasta su fallecimiento en 1993.

Antes de eso, Corona debutó en 1926 como declamadora con su verdadero nombre, Refugio Pérez Frías y más tarde, ya con el nombre de Isabela Corona, se convirtió en una de las figuras más constantes del teatro mexicano, logrando un estatus de primera figura equiparable a la que gozaban Virginia Fábregas, María Tereza Montoya y posteriormente tuvieron María Douglas, Ofelia Guilmáin y Carmen Montejo.

Fue partícipe de la primera etapa del grupo experimental Teatro de Orientación dirigido por su entonces esposo, el director teatral Julio Bracho, quien tras verse involucrado en conflictos con los hermanos Celestino y José Gorostiza, se alejó del teatro para concentrarse en una brillante trayectoria como realizador cinematográfico. Con Bracho, en el Orientación, Corona tuvo sus primeros triunfos sobre la escena con piezas como Antígona de Sófocles y Lázaro rió de O’Neill.

En otro proyecto de Bracho, contratado por el Teatro de la Universidad, la actriz brilló en Las troyanas de Eurípides, Los caciques de Mariano Azuela y Anfitrión 38 de Giraudoux.

A finales de la década de los treinta, debuta en el mundo del cine, en donde también fue una de las actrices más destacadas de la Época de Oro e, incluso, del nuevo cine de la década de los setenta -su participación en La tía Alejandra de Arturo Ripstein la sigue acercando a nuevas generaciones- .

De hecho, se sabe que el personaje de Doña Bárbara, que catapultó a la celebridad a la diva María Félix, originalmente sería interpretado por Doña Isabela. Su labor en la pantalla grande le mereció la Medalla Filmoteca Nacional en 1989.

También la televisión se benefició de la experiencia de la actriz, cuyas participaciones eran el apoyo central de las jóvenes figuras del género como Angélica María, Lucía Méndez, Victoria Ruffo y Leticia Calderón en seriales de fama internacional como Muchacha italiana viene a casarse, Viviana, Victoria y Yo compro esa mujer.

Pero fue el teatro el medio en el que Isabela Corona desempeñó su arte. Fue parte de la compañía del actor y director español Alfredo Gómez de la Vega, del Pan American Theatre del director alemán afincado en México, Fernando Wagner -con quien escenifica otra pieza de O’Neill, Anna Christie– y del ciclo Teatro Mexicano Contemporáneo dirigido por Xavier Villaurrutia.

Fue protagonista de Los de abajo de Mariano Azuela, El niño y la niebla y Jano es una muchacha del canónico dramaturgo Rodolfo Usigli, estelarizó Macbeth de Shakespeare junto al debutante Ignacio López Tarso, además de La Orestiada de Esquilo dentro del programa Teatros del Seguro Social. Fue dirigida, amén de los ya mencionados, por Antonieta Rivas Mercado, José de Jesús Aceves, Luis G. Basurto y por Manolo Fábregas, con quien compartió el escenario en El pequeño caso de Jorge Lívido de Sergio Magaña en el Teatro Insurgentes.

En su honor, el auditorio del Instituto Politécnico Nacional en Tlatelolco fue rebautizado como Teatro Isabela Corona, el cual fue inaugurado en 1988 por la propia actriz con la obra Acá de este lado de Guillermo Alanís bajo la dirección de Xavier Rojas.

Las lágrimas, más irónicas que amargas, de Beatriz Sheridan

Sé que soy la mejor actriz de este país, pero eso no significa nada”, le dijo Beatriz Sheridan (1934) al escritor Germán Dehesa, quien la entrevistó para un programa de televisión. Y en esa sentencia se oculta mucho de la realidad del arte de la actuación en México.

En efecto, al morir Elizabeth Ann Sheridan Scarbrough el 30 de abril de 2006, partió una de las más importantes actrices del teatro mexicano. Por desgracia, las notas sobre su fallecimiento se concentraron en hablar de ella únicamente como una actriz y directora de telenovelas.

Antes de ser actriz de telenovelas prestigiadas como Senda prohibida, Vivir un poco y Amor real y directora de telenovelas icónicas como Rosa salvaje, María Mercedes, Marimar, María la del Barrio y La usurpadora, Beatriz Sheridan fue alumna del mítico director y maestro japonés afincado en México Seki Sano para luego ser protagonista de los momentos que cambiaron el teatro mexicano en la segunda mitad del siglo XX, más concretamente, en la década de los sesenta.

Fue partícipe del Teatro de Vanguardia de Alexandro Jodorowsky, con quien interpretó La ópera del orden de su autoría, La sonata de los espectros de Strindberg, La lección de Ionesco, La ronda de Schnitzler, Penélope de Leonora Carrington, La mujer transparente de Margarita Urueta y Fando y Lis de Fernando Arrabal.

Estuvo presente en la época dorada de la Casa del Lago de la UNAM con obras como La moza del cántaro de Lope de Vega y Diálogo entre el amor y un viejo de Rodrigo de Cota dirigidas por José Luis Ibáñez, así como Doce y una trece de Juan García Ponce y La noche de los asesinos de José Triana bajo la batuta de Juan José Gurrola. También formó parte del programa Teatros del Seguro Social en el muy elogiado montaje de José Solé a Las troyanas de Eurípides, junto a Ofelia Guilmáin y Carmen Montejo.

En 1969 estelarizó el segundo montaje mexicano de Un tranvía llamado deseo de Tennessee Williams, bajo la controvertida dirección del griego afincado en México, Dimitrios Sarrás. La crítica teatral la premió como Mejor Actriz del Año.

Gracias al reportaje “Una crónica de un tranvía” de Dolores Carbonell y Luis Javier Mier, es posible conocer de propia voz de la actriz el arduo proceso de trabajo que tuvo para transformarse en Blanche DuBois, uno de los personajes más demandantes y anhelados del teatro universal: “Mónica Serna, que hacía el papel de Stella, prácticamente me alimentó durante el tiempo que estuve estudiando el papel de Blanche. Iba a preguntarme si ya había comido, y yo le decía que no, que no tenía tiempo. Entonces me llevaba a su casa y en un cuarto, sin que dejara de estudiar, me daba de comer.

Hizo mancuerna con el director Manuel Montoro en ¡Ah, los bellos días! de Beckett y Jardín de invierno de Julieta Campos. Estelarizó la adaptación teatral de la novela De pétalos perennes de Luis Zapata dirigida por José Estrada.

Posteriormente repetiría el personaje, la patrona Adela, en la versión cinematográfica realizada por Jaime Humberto Hermosillo, Confidencias, que es una de sus más notables participaciones en la pantalla grande, aunque también actuó en filmes como Tajimara de Juan José Gurrola, Pedro Páramo de Carlos Velo, Los recuerdos del porvenir de Arturo Ripstein y Misterio de Marcela Fernández Violante -curiosamente, todas son adaptaciones de novelas mexicanas-.

Aunque bastan todos estos títulos para entender la importancia de La Sheridan, hay que decir que su consagración teatral la encontró de la mano de Rainer Werner Fassbinder como dramaturgo y Nancy Cárdenas como directora.

Durante más de cien noches, Beatriz Sheridan se encarnó en Petra Von Kant y, como ya se ha mencionado en este espacio, la obra resultó un referente del teatro lésbico y, más allá, en una sólida demostración de que el público acude dispuesto a que el escenario le refleje y le devele lo más oscuro de sus pasiones y acciones.

Las amargas lágrimas de Petra Von Kant convocaba a una legión de fieles que ocupaban constantemente una butaca para dejarse zarandear por esa mujer atropellada por el amor que interpretaba Sheridan, cuya interpretación le mereció que la poeta Pita Amor le escribiera Las amargas lágrimas de Beatriz Sheridan, poema largo que resume el arte de una actriz.

El arte de La Sheridan, quien quizá debido al pleno entendimiento que tuvo de que el arte del actor en México, no es valorado en su justa dimensión, eligió dedicarse, desde finales de la década de los ochenta y hasta su partida, a la televisión, ejerciendo lo que quizá fue su personaje más conocido por el gran público: el de la estricta directora de las estrellas del momento. Solamente una estrella genuina podía hacer eso.

El arte de la calle y de película de Julio Castillo

A Héctor Bonilla nunca lo invitó a trabajar a una obra de teatro por la simple y llana razón de que el actor hacía muchas preguntas. Ofelia Guilmain se encontró mejor con él cuando la dirigía en televisión que cuando la dirigió en teatro. Angelina Peláez lo recuerda también como un estupendo actor.

Antes de La Capilla y El Hábito, Jesusa Rodríguez hizo teatro junto a él. Luis Gimeno nunca estuvo de acuerdo en que el teatro principal del Centro Cultural del Bosque fuera rebautizado con su nombre. Esther Seligson le dedicó cartas apasionadas tras ver sus montajes. Silvia Pinal lo invitó a dirigirla en una telenovela. Ofelia Medina bailó en alguno de sus espectáculos. Julieta Egurrola recuerda divertida lo difícil que era para él dirigir de manera ortodoxa.

Y es que, si bien todos los que le conocieron y trabajaron con Julio Castillo guardan diversas opiniones y anécdotas sobre él, coinciden en un punto: que se trata del director con mayor imaginación que ha tenido nuestro país.

Julio Castillo (1944) fue alumno de Héctor Mendoza y, desde su primera puesta en escena, Cementerio de automóviles de Fernando Arrabal, en el definitivo 1968, deslumbró a todos por las metáforas y símbolos que lograba a través de las imágenes. Lo refrendó en su montaje de Así que pasen cinco años de Federico García Lorca, en donde con roperos y espejos representaba la homosexualidad del protagonista.

Desde entonces, Castillo se convirtió en uno de los más prolíficos, apreciados y controvertidos directores teatrales. Un creador escénico que solamente pedía que nadie se interpusiera entre su imaginación y el escenario, lo mismo en propuestas experimentales como en obras de carácter más comercial o incluso en espectáculos como el show popular que montó en el Teatro Blanquita con la música de Agustín Lara, Hermano del alma.

Obras como El mundo que tú heredas de Sergio Magaña, Los insectos Karel Capek, Atlántida de Óscar Villegas, ¡Qué formidable burdel! de Ionesco -para la Compañía Nacional de Teatro- y, sobre todo, Los bajos fondos de Gorki -para la Universidad Veracruzana-, son obras que demostraban sí una madurez, pero principalmente una exploración constante y sin concesiones.

Con el grupo Sombras Blancas -conformado por Jesusa Rodríguez, Paloma Woolrich, Isabel Benet, entre otras actrices- puso en escena montajes como Arde Pinocho y Vacío, basada en el poema Tres mujeres de Sylvia Plath.

Dirigió Armas blancas de Víctor Hugo Rascón Banda y con ese montaje en el sótano de la Facultad de Arquitectura contribuyó a definir el rumbo del teatro escenificado en la UNAM. Le dirigió a la primera actriz Adriana Roel los monólogos de Darío Fo y Franca Rame agrupados en el espectáculo Sucedió mañana. Su encuentro con el dramaturgo Carlos Olmos con la obra, El brillo de la ausencia no fue lo que se esperaba de la reunión de dos de los grandes creadores de la década de los ochenta.

Tras su sorpresivo fallecimiento en 1988, el Teatro del Bosque del Centro Cultural del Bosque, uno de los más importantes recintos para la actividad teatral y cultural de la ciudad de México, fue rebautizado en 1989 como Teatro Julio Castillo, concretando así un homenaje mayor a quien en apenas dos décadas de intensa actividad se convirtiera en un creador fundamental cuya estela alcanza nuestros días.

Antes de su partida, Julio Castillo dejó un testamento escénico compuesto por tres obras, entre 1986 y 1988: el espectáculo De película que escribió al alimón con Blanca Peña y surgió de ejercicios e improvisaciones con los actores del Centro de Experimentación Teatral del INBA, el mítico montaje de De la calle de Jesús González Dávila, cuyos realismo, crudeza y poesía marcaron a quienes lo presenciaron.

Finalmente, su imaginación sin coto logró el montaje más importante de una obra que se ha convertido en un caballito de batalla de distintas agrupaciones: Dulces compañías de Oscar Liera, en donde dirigió a Delia Casanova y Eduardo Palomo en dos actuaciones que dejaron huella en quienes la vieron.

Julio Castillo partió a los 44 años de edad, dejando un legado de teatro joven, diverso, transgresor, siempre dispuesto a reflejar y, en más de una ocasión, detallar lo más alto de los bajos fondos humanos.

Por Enrique Saavedra