El apellido Tavira resuena en la historia del teatro mexicano como sinónimo de pasión, entrega y excelencia artística. Desde generaciones atrás, esta familia ha sido parte fundamental de los escenarios (Nuestras dinastías), creando una tradición que hoy continúan con fuerza Marina, José María y Pedro, éstos últimos, hijos del reconocido creador, Luis de Tavira.

Cada uno, desde su propio estilo e intereses, se ha consolidado como figura clave en la escena contemporánea nacional, demostrando que la herencia teatral puede reinventarse en cada interpretación. En 2025, los tres primos participan en montajes de enorme relevancia que recorren el país y dan de qué hablar.

Empecemos por Marina de Tavira, nominada al Óscar y reconocida como una de las actrices mexicanas más sobresalientes de su generación, da vida a Blanche Du Bois en Un tranvía llamado deseo de Tennessee Williams. Después de tres exitosas temporadas en la CDMX, actualmente se encuentra de gira nacional, confirmando su capacidad para encarnar personajes complejos, así como su compromiso con acercar al público mexicano a uno de los grandes clásicos de la dramaturgia universal. Su Blanche está llena de matices: fragilidad, deseo y desesperación que dialogan con los espectadores y actualizan la vigencia del texto.

Por su parte, José María de Tavira ha decidido enfrentar uno de los retos actorales más intensos en Equus, de Peter Shaffer. En este montaje interpreta al psiquiatra Martin Dysart, un hombre que cuestiona la delgada línea entre lo normal y lo anormal, la libertad y la represión. Su participación sostiene la tensión dramática de una obra que, desde su estreno, ha provocado reflexiones incómodas sobre la sexualidad, la fe y el deseo. Con disciplina y una mirada crítica, Chema reafirma su lugar como uno de los actores más serios y sólidos de la escena mexicana.

Completa la tríada, Pedro de Tavira con su participación en Los últimos días de Judas Iscariote, de Stephen Adly Guirgis. En esta polémica obra interpreta personajes tan distintos como Mateo y Lucifer, dando prueba de su versatilidad y potencia escénica. El montaje, que mezcla irreverencia, humor y preguntas filosóficas sobre la fe, encuentra en Pedro un actor capaz de navegar entre lo sagrado y lo profano con soltura. Sus interpretaciones invitan a mirar de frente los dilemas éticos y espirituales que plantea el texto, haciendo de su trabajo un punto focal de la puesta.

Con estos tres montajes, cada uno, desde su propio camino, aporta nuevas lecturas a clásicos y contemporáneos, consolidando a los Tavira como un referente imprescindible del teatro nacional actual.

Por Itaí Cruz, Fotos: Cortesía