Por Alegría Martínez/ De los relatos bíblicos en los que aquella joven no tenía nombre, la presencia de Salomé, que apareció en las Antigüedades judaicas de Flavio Josefo como parte de los Evangelios apócrifos, entre diversos escritos, trascendió épocas. El pasaje de la decapitación de Juan el Bautista detonó en la segunda parte del siglo XIX, novelas, obras de teatro, pinturas, música, cine, y hasta 1912, más de dos mil setecientos poemas emanados de la poderosa atracción que aún ejerce en el imaginario, la hijastra de Herodes Antipas.
La compleja obra de Oscar Wilde, Salomé, publicada en 1891, es también parte de ese imán al que pocos artistas se han resistido, pero que en la diversidad de las adaptaciones y de su verificación escénica, a manos de distintos grupos, algunos de sus personajes toman forma y otros se desvanecen.
La Cisterna que resguarda al profeta Iokanaan -es en el montaje de Tava Pope, también actriz conocida como Octavia Popesku– un lugar habilitado en un nivel superior del escenario a tres frentes, cubierto con tablas de madera, pallets, que dejan un espacio central con una abertura en forma de cruz. Figura que condensará oscuridad y emitirá luz posteriormente, bajo el entarimado sobre el piso, donde los personajes entrarán en acción y esperarán después, sentados e inmóviles, en cada extremo de proscenio cuando no deban intervenir, como si contemplaran un lugar que solo ellos perciben.
La escenografía e iluminación de Carolina Jiménez propone un armónico espacio que resume en el crucifijo de luz y sombra, el pasaje bíblico en el que Salomé, hija de Herodías, e hijastra del tetrarca Herodes, accede a bailar para éste, que le ha prometido cumplirle el deseo que ella pida, después de ejecutar la Danza de los siete velos. La joven, cuya extrema pasión ha sido rechazada por el profeta, exige en venganza, la cabeza de Juan El Bautista – Iokanaan- a la que se aferra en un beso que la conduce a su propia muerte a manos de su padrastro.
Este conocido relato, que obsesionó a Wilde, después de haber leído “Herodías en tres cuentos”, de Gustave Flaubert, impulsó al dramaturgo a escribir Salomé, estrenada en París, en 1894, protagonizada por Sara Bernhardt, un año antes de que el también autor de La importancia de llamarse Ernesto, acusado de ser homosexual, fuera encarcelado.
La adaptación de la actriz María Inés Pintado y de la directora Pope, elimina a judíos, romanos y nubios, entre otros invitados al cumpleaños del tetrarca y condensa en los personajes de Herodes, su esposa Herodías, el profeta Iokanaan y Salomé, los sucesos que nutren la obra, al tiempo en que otorga al personaje de el joven sirio, capitán de la guardia, rasgos del soldado, paje y esclavo. Presencias que si bien por momentos contrastan, funciona en esta historia en la que el verdugo no está físicamente.
Érika de la Llave, María Inés Pintado, Lucía Uribe, Sonia Couoh y Sak Nikté, que alternan funciones, y Elizabeth Pedroza, interpretan la totalidad de los papeles masculinos y los dos femeninos de esta obra de Wilde, que en este montaje destaca por la riqueza de su composición musical ejecutada en vivo y los efectos de la iluminación y la escenografía que otorgan un marco visual, sensorial y poético a esta historia de corrupción, decadencia social y crueldad que pondera la falta de humanidad y alude sutilmente al actual genocidio en Gaza.
Un Herodes seco e irónico, cansado de lidiar con su mujer y presa de una paciencia endurecida, que deja escapar un humor rancio, es lo que irradia el personaje interpretado por Érika de la Llave. Hombre de edad que con calma, inteligencia y cinismo toma decisiones drásticas y cumple con su palabra, por encima de la atrocidad por cometer y el temor de una nefasta profecía que pesa sobre su ánimo.
Después de interpretar con excelencia un personajes tan inolvidable y complejo como Grusha, de El Círculo de cal, de Bertolt Brecht, o La hija del Aire, de Calderón de la Barca, por mencionar solo dos, entre la diversidad de poderosas creaciones realizadas por esta actriz, Érika de la Llave hace suya la piel y la entraña de Herodes, al que dota de ese arte camaleónico propio de los políticos corruptos dispuestos a masacrar con el fin de coronar sus deseos.
Una Herodías asida a la ambición, a la cobardía amarga de quien oculta con altanería lo que se le imputa, es la esposa de Herodes y madre de Salomé, a cargo de María Inés Pintado. Las palabras del profeta resuenan claras en voz de Sonia Couoh, un Iokanaan cuyo rostro se ve entre sombras, personaje con el cuerpo cubierto de andrajos, que atajan esa poderosa atracción que dice sentir Salomé por el cautivo.
Por su parte, Elizabeth Pedroza, en el papel de Narrabot, atenta, franca y entregada a la reacción de distintos personajes en uno, llega velozmente a su trágico final, que requiere de la dirección un tempo propio para hacer nítida y presente la doble crueldad del acto, ante la imposibilidad de soportar el rechazo de la princesa y el coraje de una fuga que merece su espacio antes de la autoderrota.
En el sofoco de un arrebato que repite su deseo para calmar la afrenta causada por el rechazo de que ha sido objeto, la princesa Salomé, interpretada por Lucía Uribe, se asemeja más a la niña de las primeras versiones de este pasaje bíblico, que a la irresistible seductora y manipuladora mujer que contiene la fascinación decadentista destilada por Oscar Wilde.
Si bien la adaptación de la obra preserva parlamentos clave que aluden al simbolismo, también abrazado por el autor de El príncipe feliz, en el que la luna conserva su lugar preponderante y abraza las palabras que en su obsesión por poseer el cuerpo de Iokanaan, pronunciadas en caudal por Salomé, el irresistible erotismo del personaje que ha obsesionado a todo aquel que la observa y alude a la moralidad victoriana, se encripta bajo el vestido translúcido que deja ver el torso desnudo del personaje, la oscura prenda íntima posterior y una danza que antes de crecer se extingue.
La desesperación suplicante del tetrarca por fugarse de su promesa es glacial y contenida en concordancia con la esencia del personaje construido por De la Llave.
Si bien la propuesta escénica de Pope destaca la autonomía de Salomé, que su personaje tiene de origen, ante el arrebato pasional que le genera un personaje revestido de una amenazadora santidad profana, el sedimento y la intensidad del drama parecen congelarse entre la calidez de la luz, la madera escenográfica y los estímulos sonoros.
La extraordinaria música de Ricardo Estrada y Sebastián Betancourt. La participación en vivo de los compositores y músicos Ricardo Estrada y Sebastián Betancourt, invitados por el productor Raúl Morquecho, crea una sutil poderosa, intensa y poética sonoridad que nutre y enriquece las acciones de esta propuesta escénica, que a ratos parecieran tener lugar a la distancia.
Con diez años como compositor y músico para la escena y basado en un instrumento nórdico llamado tagelharpa, al que diversas fuentes de información le le atribuyen “el sonido ancestral de Escandinavia” Ricardo Estrada construyó un instrumento al que adicionó una lira greco-romana, con la que que el guitarrista Sebastián Betancourt, trabajó un mes antes del estreno para familiarizarse con el arco y emprender la composición en equipo con Estrada.
Crótalos, tambores rituales y campanas de la India, forman parte de los instrumentos inmersos en procesos contemporáneos que incluyen la voz de Estrada mediante loopers, técnicas expandidas y sonidos amplificados en una mezcla de lo contemporáneo y lo ancestral, nutrida por cantos de pueblos originarios de Norteamérica y de Oriente. La fusión genera una sensación y una experiencia conmovedoras, que envuelve al público en una atmósfera que viaja entre épocas y países.
Salomé cuenta con diseño de vestuario de Gabriel Ancira, que utiliza eficazmente telas ligeras, transparentes y con brillo para madre e hija, material que también luce el pecho el Petrarca, bajo su larga capa con breves motivos dorados.
La asesoría corporal de Sak Nikte Romero, el diseño de maquillaje y peinados de Sol Kellan, la asistencia de dirección de Cecille Zepol, de producción de Lucia Oliver, de Ele Ochoa en la asistencia de escenografía e iluminación y de Fer Guerra en la asistencia de maquillaje y peinados, forma parte del trabajo en equipo de este montaje que cuenta con la coordinación de Producción y Producción Ejecutiva de Raúl Morquecho S.
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Fotos: Cortesía Producción















