Por Alegría Martínez/ Elegir a Luis de Tavira para hacer el papel del Rey Lear fue una buena decisión. Como lo fue integrar a un elenco conformado por actrices y actores de sólida trayectoria, emocionados por compartir el escenario con el reconocido director, dramaturgo y docente, en su faceta de actor, y por primera vez en la creación de un personaje icónico plasmado por Shakespeare.
El soberano de esta obra, conocida como una tragedia monumental, en la adaptación y con dirección de Angélica Rogel, en lugar de poseer un reino, es director y dueño de una compañía y del espacio teatral en el que ésta se encuentra.
El territorio de la Britania romana y pagana del siglo VIII, antes de Cristo, actual Gran Bretaña, es en esta ocasión, la caja negra de un escenario, con telar, varas, reflectores y diversos elementos al desnudo, generalmente a la vista durante los ensayos. Al centro, sobre la superficie de una larga mesa, se encuentra la maqueta de un teatro, que alude a aquél en el que los personajes de este Rey Lear, incluidos técnicos, actores, colaboradores, director-dueño y su descendencia, conviven.
La adaptación de Rogel, se enfoca en abrir una mirada al teatro de nuestros días, dentro de una obra de teatro y a sus hacedores, envueltos, como los personajes de Shakespeare, en conflictos humanos derivados de la ingratitud filial, la ambición, el declive en la vejez, el poder, la intriga, la traición, la violencia y la crueldad extrema como medio para adquirir poder y fortuna.
Mediante una adaptación naturalmente despojada de la veneración que genera la obra del dramaturgo inglés, se articula un diálogo espontáneo y actual con elementos de la riqueza que despliega el texto de El Rey Lear, sin apego estricto a lo escrito en el siglo XVII, ni a la tensión política y social, centrada especialmente en los conflictos que genera la división de bienes, y la renuncia a una autoridad, que en realidad no se quiere ceder, especialmente en la vejez, con el inmenso caudal de problemas que esta etapa conlleva.
Parte del poderoso atractivo que ejerce en el público esta puesta en escena, proviene de la actuación de Luis de Tavira, figura medular de nuestro teatro, director, docente, ensayista, creador de instituciones teatrales y pedagogo. Polémico hombre de teatro, en torno a quien rondan filias y fobias.
Creador celebrado por el público que ha visto puestas en escena bajo su dirección, y su actuación de años recientes, en obras como: La fundamentalista, La última sesión de Freud, La última cinta de Krapp, y El padre. Espectadores a los que se unen cientos de alumnos, actrices, actores, diseñadores, directores y docentes con quienes se ha relacionado a lo largo de su ininterrumpida carrera artística que sobrepasa los 50 años.
A buena distancia de los distintos personajes que ha interpretado en las obras mencionadas, el Lear construido por Luis de Tavira -un padre y soberano, director de escena poderoso y soberbio, que en la etapa final de su vida, exige a sus tres hijas, la ofrenda más amorosa y agradecida que puedan ofrecer las palabras, a cambio de la repartición de su herencia- transita progresiva y contundentemente, del asombro, al odio, enredados con la ceguera emocional, el aguijón de la ingratitud filial, y la locura de un ser humano, fuera de la investidura protectora que otorgan títulos, profesión y bienes.
De Tavira se transforma como actor, en un ser desposeído, a través de esa misma entrega que él solicita cuando dirige. Analítico, erudito, estudioso de su profesión, hace de su personaje ese ser injusto, e iracundo al que se percibe claramente en su extravío, humildemente derrotado, en una vejez que esperaba remanso.
Objeto de vejaciones a cargo de dos de sus lisonjeras hijas, Luis de Tavira hace caminar a su personaje de Lear, de la furia, hacia una evolutiva y dolorosa toma de conciencia, y de ahí a una locura ingenua, como arrastrado por un vendaval que lo hace parte de la naturaleza, débil en medio de la tormenta, sobre un piso en el que sus pies derrapan, hasta depositarlo, devastado y con una densa carga en su corazón y en sus brazos abiertos, hasta el punto álgido de su cruel destino.
Sobre esta obra, considerada la creación máxima de Shakespeare y al mismo tiempo su tragedia menos popular, el dramaturgo español, Jacinto Benavente, (1866-1954), autor de más de 170 obras, distinguido con el Premio Nobel de Literatura en 1922, traductor de obras de Shakespeare, incluida la que hoy nos ocupa, advierte en su estudio preliminar, publicado en 1911: “El público de nivel medio, que se alimenta ávidamente de ‘argumento’, que desea seguir un problema humano y verlo resuelto, se encuentra perdido y a menudo confuso en la maraña fabulesca de El Rey Lear. Hay en esta obra un verdadero derroche de imágenes y símbolos que sobrepasa los de la estricta creación verbal. Todas las exigencias retóricas de la tragedia como género, han sido quebrantadas: claridad, orden, unidades, y aunque se ajuste a un desarrollo escénico en su aspecto formal, desborda los límites dramáticos y se acerca a lo sinfónico, a lo pictórico, a lo estatuario.”
Contrastan con esta complejidad de la tragedia, a la que alude nítidamente el autor de obras como Los intereses creados y La malquerida, los distintos cambios, incorporados por Rogel, en aras de generar una cercanía con el público, actual, poco asiduo a análisis exhaustivos y en teoría, de reducir el elenco y el costo de producción lo más posible.
Entre estas variaciones, por ejemplo, además de la eliminación natural de personajes como un capitán, un heraldo, criados, y un médico, entre otros, Edmundo, el hijo bastardo de Glóster, es crédulo, leal y amoroso y el hijo legítimo, es perverso y cruel; Kent, colaborador cercano de Lear, es representado por una actriz, no por un actor; ambos papeles, el de Cordelia, hija menor del personaje principal y el del Bufón, están a cargo de una misma actriz; El duque de Albany y Usvaldo, servidor-empleado de Goneril, son también interpretados por un mismo actor, y el primero, en esta adaptación, posee características opuestas a las que este personaje ostenta en la obra del también autor de Mucho ruido y pocas nueces.
La actriz Diana Sedano construye con equilibrio, entre la rectitud, el pesar y el azoro, a Cordelia, la hija menor, de Lear, honesta y leal, enemiga de falsas y exageradas alabanzas. Asimismo, interpreta al bufón, personaje clave que critica con gracia, sabiduría y sarcasmo, las acciones erradas del rey y lo acompaña en sus sentencias en caída.
Sedano, directora y actriz, que en distintas oportunidades ha dado muestra de su amplio registro actoral y certera visión escénica, crea a una Cordelia franca, que con cuerpo, gesto, mirada y palabras, sostiene y amplía la incredulidad y el dolor que a su personaje le causa la ceguera emocional de su padre y su posterior locura. Mientras que bajo la piel del bufón, con cachucha, peluca de lacio y revuelto cabello negro y bigotillo, ataviada con playera promocional de un festival de teatro, y largo saco sobre sus hombros, construye, a un joven ágil, desparpajado y astuto, con una alteración en el habla, que exhala, como la actriz que lo representa, ingenio, conocimiento y ternura.
Alejandro Morales, a quien hemos visto, crear a un hombre anclado dolorosamente en su infancia, como Magenta, en la obra Algodón de Azúcar, y al amigo de Kowalski, bajo la tímida y abusiva actitud de Mitch, en Un tranvía llamado Deseo, por mencionar solo dos obras que han contado con su actuación, representa ahora a Edmundo, hijo de Glóster, a Tomasillo, un mendigo loco, en quien se transforma para ocultarse, y al actor de la compañía que los interpreta y se dirige al público, al que ubica en contexto y sucesos. Tres personajes que en su ingenuidad, su lealtad y en su descubrimiento de la verdad, creadas a detalle por el actor, generan un sólido y enriquecedor puente entre la escena, el universo trágico, y el espectador.
Docente, actriz en más de 50 montajes y directora de puestas en escena excepcionales, como La paz perpetua y Nada, entre otras, Mariana Giménez, encarna a Kent, colaboradora cercana de Lear, que el Cisne de Avon, concibió como personaje masculino y que en esta propuesta, muda su atuendo citadino compuesto por blusa, falda, tacones y bolso, por el traje de un técnico teatral, para proteger a su director-Lear. La actriz transmite palpablemente, la desesperación que le produce a Kent la conducta de su superior, el amor que le tiene y la firme determinación de evitar su desplome.
Mariana Gajá, emite, en torno a la codicia y la maldad de su personaje, Goneril, hija mayor de Lear, ese desprecio a la vejez y concretamente a su padre, enroscado en una actitud salamera, rociada de odio, al que le añade esa altanería propia de muchos jóvenes de hoy, que reclaman rendición total a sus deseos. La actriz, potencia mediante su actitud cortante, su postura erguida, agilidad de movimiento y el tono de sus palabras, la motivación de su personaje, diestro en la intriga y la manipulación, que extiende su estrategia para concentrar poder hacia su sexualidad, su esposo, y su hermana, con quien compite en vileza.
La dirección de Rogel, aunque diluye escenas y detalles que podrían otorgar información al público, transforma palabras en acción. La afirmación de Goneril, en torno al hombre que “usurpa su cuerpo”, al referirse a su marido, y a la pasión que ella siente por el hijo perverso de Glóster, tiene lugar en la escena de un fugaz arrebato carnal, protagonizado por Gajá y por Raúl Villegas, que el público observa, como si se tratara de un suceso sin licencia para ser visto.
Regania, la segunda hija del director-monarca, es interpretado por Mayra Batalla, que enfundada en traje sastre marrón y zapatos con tacón de aguja, muestra una maldad calculada en su personaje, como si destilara una ponzoña de lento avance, hasta que comete una acción atroz, imagen que quedará en la memoria del espectador.
Raúl Villegas, que para la obra Lo que queda de nosotros, creó una entrañable mascota, entre las distintas obras en las que ha participado, representa ahora a un personaje totalmente opuesto, el hijo legítimo de Glóster, que en esta versión es capaz de transgredir todo límite, para satisfacer sus deseos. Con la traición como parte esencial de su naturaleza, el actor conduce a su personaje, como si fuera un venenoso y ágil pez, que sortea cuanto obstáculo se interfiera ante su voraz apetito de poder.
El personaje de Glóster, que padece, como le sucede a Lear, la ingratitud y la traición de uno de sus hijos, recae en Mauricio García Lozano, experimentado director y actor, que se enfrenta a través de este personaje, padre y hombre confiado y solidario con Lear, al desafío actoral de que el daño físico que su personaje sufre, ocurra también frente al público.
David Calderón, mediante un complejo y contrastante trabajo actoral, personifica a Usvaldo y al duque de Albany, al primero, construido como un hombre noble y abierto, que comparte su ingenuidad con los engañados y al segundo, a través de la creación de un ser con rasgos andróginos, servil y ruin, que apoya a Goneril en su ruta de destrucción.
La tragedia de Lear, a teatro abierto, se desenvuelve entre las intrigantes cartas que se envían y reciben los personajes, víctimas de la fortuna y de sus pecados, y los mensajes vía celular, de las actrices y actores que los representan, ante el rack con prendas de vestuario, bajo los efectos de tormenta realizados a la vista, que recuerda al público que se encuentra en un teatro, y el vestuario cotidiano, que elimina ropajes opulentos para mostrar personajes como los que deambulan por escenarios, calles y hogares.
El elenco y la relación de cada uno de sus integrantes en su papel de actores, con Luis de Tavira, y como personajes de una ficticia compañía, con el director en la vida real y su papel de director en escena, es la mayor virtud de este montaje de Rey Lear.
La síntesis de los cinco actos que conforman la obra, fragmentos de verso en combinación con parlamentos actuales y la forma libre de artificios para abordar injusticia, locura, ceguera y maldad, es parte de lo que propone Rogel para dialogar con autor y público. Habrá quien se pregunte por escenas que muestran el resultado de los hechos y no parte su urdimbre, fuera de alguna breve alusión, para ampliar la comprensión del camino que sigue la tragedia.
La reunión de un grupo de actores y actrices, que han ejercido la docencia y la dirección, como creadores de la ficción de una obra de este calibre, hacen de esta puesta en escena una experiencia que difícilmente volverá a repetirse.
La producción de Woo Teatro–Óscar Uriel, cuenta con Javier Ángeles, en diseño de escenografía; Patricia Gutiérrez, en diseño de iluminación; José Manuel Maujl, en diseño de vestuario, y Hans Warner, en música original. Producción ejecutiva, de Diego Flores y Andrea Quiróz, así como actuación de diversos personajes y asistencia de dirección, de Roberto Pichardo.
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Fotos: Luis Quiroz














