Por Mariana Mijares/ Cuando dos visiones opuestas del mundo, la ley y la fe, se confrontan, surge una historia sobre aquello que estamos dispuestos a perdonar. Esa es la premisa de Réquiem, una obra que plantea un caso ficticio en Estados Unidos: el de un niño de once años que está a punto de ser ejecutado por un crimen que conmocionó al país.
Dichas posturas aparentemente irreconciliables tienen nombre y rostro. La ley la representa Emma Solis (Marimar Vega), una prominente fiscal interesada en que se haga justicia y se cumpla la norma que durante años ha defendido. La fe la encarna el padre Banks (Bruno Bichir), un sacerdote que ha acudido a la prisión con el objetivo de escuchar la última confesión de ese niño condenado a muerte.
Estrenada originalmente en 2018 y protagonizada entonces por Ludwika Paleta y Hernán Mendoza, la obra escrita por Reynolds Robledo y dirigida por Enrique Singer parece haber resistido muy bien el paso del tiempo, pues los temas que planteaba hace ocho años siguen sumamente vigentes: nuestro sentido de la justicia, el castigo y el perdón.
Y si bien la historia se sitúa en Estados Unidos, las preguntas que plantea trascienden ese contexto. Más que hablar sobre un caso específico, Réquiem parte de esa situación para cuestionar hasta dónde llegan nuestras convicciones cuando se enfrentan a una realidad mucho más compleja.
Ese tipo de confrontaciones no son nuevas para Singer. Basta recordar La Anarquista, donde dirigió un extraordinario enfrentamiento entre Lisa Owen y Marina de Tavira, quienes daban vida a una prisionera y a la directora del penal encargada de decidir sobre su libertad. En Réquiem vuelve a demostrar que, cuando el texto y los intérpretes son sólidos, dos personajes y una conversación bastan para sostener toda la tensión dramática.
El montaje que en otras temporadas también ha contado con actores como Mónica Huarte y Alberto Estrella, tiene en los duelos verbales uno de sus mayores atributos. No solo están bien construidas desde el texto, sino que funcionan extraordinariamente en escena gracias al ritmo y química que consiguen Marimar Vega y Bruno Bichir. Sus personajes tienen oportunidad de exponer y defender sus posturas, mientras que ambos actores destacan por la soltura y los matices de sus interpretaciones.
Pero la visión de Robledo no solo contrapone a los personajes desde la ideología, sino también desde su personalidad, e incluso desde su apariencia. Emma viste un impecable traje sastre en tonos ocre, acompañado por zapatos y un bolso en la misma gama de color, que refuerzan la imagen de una mujer acostumbrada al control. En contraste, el padre Banks viste con la sencillez propia de su ropa clerical, aunque discretamente rompe con esa imagen al presumir unos tenis Nike que, explica, son lo más cómodo para sus largas caminatas.
En cuanto a la escenografía, el Foro Shakespeare logra transformarse con pocos elementos en el interior de una prisión. Una mesa, algunas sillas y un mueble con café y agua bastan para construir un espacio sobrio donde Emma vuelve constantemente a servirse un vaso: un gesto que funciona como pausa, momento de reflexión e incluso una forma de escapar, por unos segundos, de la conversación que sostiene.
Otra virtud del texto de Robledo es la forma en que dosifica la información. Conforme avanza la obra, el público descubre poco a poco las circunstancias que llevaron al niño a ser condenado a muerte, momento en el que inevitablemente se puede preguntar si la sentencia es, o no, merecida. Paralelamente, surge otra situación relacionada con un segundo niño que va escalando en tensión y que obliga no solo a los personajes, sino también a la audiencia, a replantearse qué entendemos por justicia.
En tiempos en los que muchas cosas parecen reducirse a buenos y malos, a superhéroes y villanos, Réquiem recuerda que la realidad rara vez es blanco y negro. Su mayor virtud es presentar dos posturas igual de sólidas, igual de válidas, sin dictar un veredicto: será el espectador quien, al salir de la sala, termine por elegir el suyo.
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Foto: Heydi Guel

















Una soberbia actuación de Marimar Vega y Odiseo Bichir en una obra que genera mucha reflexión
Sorprende la forma en que sus diálogos se manejan con tanta pasión, intensidad y soltura
Casi por lo general el foro Shakespeare es garantía de buen teatro
Pocas veces se tiene la oportunidad de presenciar en el teatro una sinergia tan perfecta entre texto e interpretación como en ‘Réquiem’. La obra no solo cumple con las expectativas, sino que las supera con creces, consolidándose como uno de los montajes más potentes de la cartelera actual.
En la oferta teatral contemporánea, es difícil encontrar textos con la profundidad y precisión que ofrece esta obra. El guión está sumamente bien escrito; cada línea tiene un propósito, el ritmo nunca decae y la estructura mantiene una tensión constante. Es una joya de la dramaturgia actual.
El peso de este gran texto recae en dos intérpretes extraordinarios que logran una química escénica impecable:
Bruno Bichir: Su actuación es de una naturaleza impresionante. Bichir se mueve en el escenario con tal fluidez que parece no esforzarse, una cualidad que solo los verdaderos maestros poseen. Su interpretación es, sencillamente, maravillosa.
Marimar Vega: Siempre entregando lo mejor de sí, Vega demuestra en este montaje una vasta experiencia cinematográfica y teatral. Su madurez artística es visible en cada gesto y matiz, entregando un trabajo sólido y sumamente conmovedor.