Por Mariana Mijares/ A veces las personas nacen en familias y lugares que no los aceptan, por lo que solo queda buscar un nuevo espacio en donde hacer hogar; esta es una de las premisas de Quiero Vivirlo Todo, obra con la que Rodrigo Olguín Reyes se confirma como uno de los creadores mexicanos a seguir. Basada en hechos reales, se trata también de su primera obra, un debut que sorprende por la madurez tanto de su escritura como de su dirección.
Desde el inicio, el montaje se diferencia de otros al colocar a parte del público en el escenario e intercalar algunos asientos entre los actores. De este modo, la historia se vuelve cercana: les pasa a ellos, pero podría pasarnos a cualquiera.
El público está del lado izquierdo y derecho; arriba y abajo del escenario, y según la ubicación, cambia la experiencia: a veces se logra un acercamiento íntimo, en otras una visión parcial, lo que obliga al espectador a elegir hacia dónde mirar. Ninguna historia se ve completa desde un solo ángulo.
La historia comienza con la presentación de dos personajes: Ángel (Andrés Jurado), de 21 años, y Sebastián (Rodrigo Olguín), de 19. El primero llega alterado, lo besa y le cuenta que Luciana lo dejó y se llevó al niño: “Ya soy libre”, dice. Tres palabras que resuenan como una promesa hecha tiempo atrás.
Entonces, una figura de narrador (Mario González Solís) irrumpe y establece que, para entender el presente, el público debe conocer el pasado. Así, la acción da un salto temporal para mostrarnos a los mismos dos jóvenes: Ángel y Sebastián, en un pequeño pueblo. Allí, Sebastián confiesa que su madre los vio besarse y, tras insultarlo, lo echó de casa.
En ese contexto, deciden huir, y se les une Muriel (Michel Santré), quien también carga con sus propios demonios. Entre ellos, el episodio decisivo que la empuja a escapar: un abuso. Para mostrarlo, la dirección de Olguín opta por hacerlo no de manera explícita, sino sugerida: la joven enfrenta a su agresor con un avioncito de madera que alguna vez representó un tesoro de infancia. Santré refleja la experiencia del personaje desde una vulnerabilidad que conmueve.
Ya en la ciudad, cada uno tiene un sueño distinto: Muriel quiere ser sobrecargo y necesita ahorrar para pagar la escuela; Ángel busca entrar a una visoría, evento donde los clubes deportivos detectan talento para integrarlo a sus fuerzas básicas o equipos profesionales; y Sebastián anhela ser cantante. El montaje incluso le concede algunos instantes para interpretar canciones en vivo, que resultan particularmente emotivas y que se entrelazan con una hermosa música incidental.
Mientras la trama avanza, cada uno comienza a apartarse de sus sueños. La Ciudad de México, desbordante de promesas —incluidas las jacarandas—, termina mostrándose implacable. Entre cuentas que pagar y la dureza de la vida urbana, se van quebrando las ilusiones de los protagonistas.
Hay también otros personajes que, aunque no están siempre presentes en escena, amplían el universo. Entre ellos, Sergio (Juan Carlos Reyna), un hombre sordo que se convierte en una especie de mentor para Sebastián y le da trabajo en su restaurante. Él se vuelve un rayo de esperanza, nos recuerda que, allá afuera, hay gente buena.
También se menciona a Fernandito, un joven que, como los protagonistas, huyó de su pasado y ahora trabaja como sexoservidor; un camino tentador para Sebastián.
Finalmente, está Luciana (Fabiola Villalpando), una joven algo fresa que queda flechada por Ángel y que, al conocer a Muriel, la apoda con familiaridad “Mu”.
Su presencia sacude la dinámica, pues aunque desde el principio parecía evidente que Sebastián y Ángel se quieren de verdad, él también establece vínculos con Muriel y con Luciana. Se podría pensar que siente atracción hacia ambos sexos, pero más bien, pesa en él esa homofobia interiorizada que arrastra desde su pueblo, marcada por la voz de un padre violento. Su lucha interna, sumada a los choques externos, da profundidad al personaje, y a la obra.
La propuesta escénica refuerza las tensiones: los tres protagonistas aparecen en un momento en diferentes alturas: Ángel arriba del escenario, Muriel en una escalera, y Sebastián abajo, un recurso visual que refleja la desigualdad de sus trayectorias.
En otro momento significativo, un pasaje de trauma, el elenco entero acompaña a Muriel con pisadas, subrayando colectivamente el peso de lo que atraviesan.
Y es que la principal fortaleza de la obra está en ese elenco que deja alma, cuerpo y corazón en escena; construyen personajes imperfectos y profundamente humanos, evitando el melodrama y conectando sinceramente con el público.
Destacan especialmente los tres protagonistas: Santré, que dota a Muriel de una inocencia que convive con una gran fuerza; Jurado, quien encarna con intensidad la lucha interna de Ángel; y Olguín, que, además de orquestar todo como director y dramaturgo, transmite con autenticidad el deseo de Sebastián de hallar su lugar en el mundo.
Quiero Vivirlo Todo muestra cómo los amigos pueden convertirse en familia elegida; esas personas que pueden sostenerte en medio de la violencia, el rechazo y los prejuicios. Y aunque quizá el desenlace no resulte tan esperanzador, queda la certeza de esa capacidad tan única de la juventud para soñar, tropezar y seguir adelante, reflejada también en esta joven compañía que ha logrado una obra que late con tanta verdad.
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Fotos: Daniel Reyes


















