Por Kerim Martínez/ El público suele creer que el teatro ocurre únicamente bajo la luz impecable de la función: actores seguros, movimientos precisos y un mundo que parece sostenerse sin esfuerzo. Pero ¡Qué desastre de función! (Noises Off), de Michael Frayn, desmonta desde el primer momento esa idea romántica y nos invita a asomarnos al verdadero corazón del escenario: ese territorio sin glamour donde los nervios, los tropiezos y los egoísmos conviven con una energía viva e irrepetible.

En México, esta legendaria farsa cómica británica regresa a cuatro décadas de su estreno en nuestro país bajo la producción de Manolo Fábregas y la dirección de Sergio Jiménez. En aquel entonces bajo el nombre de No hagan ruido. Este nuevo montaje de la obra de Frayn, lleva por nombre ¡Qué desastre de función! y encuentra en la dirección de Cristian Magaloni —bajo la producción de Terra de Teatro y Gang Studios, y con el apoyo del programa EFIARTES— una nueva vida en la cartelera capitalina.

Se consolida así como un clásico indiscutible que demuestra que reírse del desastre también es un arte. Montada en más de cincuenta países y traducida a veintiocho idiomas. El fenómeno internacional de Noises Off ha trascendido incluso al cine, con la dirección de Peter Bogdanovich protagonizada por Michael Caine, Carol Burnett y Christopher Reeve, lo que confirma el alcance de una obra que ha hecho del caos escénico un espectáculo universal.

La obra sigue los desastres crecientes de una compañía teatral que intenta montar un vodevil (comedia ligera de enredos, ritmo veloz y humor físico). En el primer acto, se muestra el ensayo general, donde los olvidos, los nervios y las tensiones personales ya anuncian que nada saldrá como debería. En el segundo acto, la escenografía gira 180º para mostrar el detrás de escena durante una función en gira: allí, los celos, los romances ocultos y las rivalidades convierten cada entrada y salida en un caos delirante. Para el tercer acto, la obra dentro de la obra está al borde del colapso, revelando que en el teatro —como en la vida— el desastre puede ser la mayor fuente de humor.

Bajo la dirección de Cristian Magaloni, este texto alcanza una precisión que contradice su propio título: para que el público disfrute del caos, cada gesto debe estar coreografiado con rigor absoluto. Magaloni demuestra una comprensión profunda de la dramaturgia y un instinto fino para el ritmo de la farsa, guiando al elenco con claridad y sensibilidad. Se nota que los actores confían en él y trabajan entregados, sostenidos por un director cuyo prestigio —reforzado por montajes como Indecente, Anatomía de un suicidio, Arte y Los perros— confirma aquí su habilidad para equilibrar humor, exactitud y una visión escénica sólida.

El elenco reúne a intérpretes plenamente acostumbrados a las tablas: Anahí Allué, Pedro de Tavira, Mario Alberto Monroy, Pamela Almanza, Roberto Duarte, Mariana Gajá, Ximena Romo, Marco Antonio García  y Fer Córdova, todos actores que no sueltan la cartelera mexicana y cuyo colmillo escénico se nota en cada remate y cada enredo.

Su preparación y oficio sostienen la precisión que exige la farsa, pero entre ellos destacan cuatro trabajos particularmente memorables. Anahí Alué aporta su carisma y solidez actoral, construyendo con naturalidad una comicidad que fluye sin esfuerzo y da cohesión al caos escénico. Roberto Duarte demuestra un timing excepcional, afinando cada entrada y cada gesto para detonar la risa con exactitud quirúrgica. Pamela Almanza se entrega con valentía, sin miedo al ridículo, explotando al máximo el juego físico y convirtiendo cada aparición en un estallido de energía. Y Fer Córdova, con una economía admirable de gestos, construye un personaje entrañable: basta un movimiento mínimo en su rostro para tener al público en la palma de la mano. El conjunto funciona como un mecanismo afinado que permite que el humor, el caos y la precisión de la obra cobren verdadera vida en escena.

La escenografía diseñada por Emilio Zurita e Ingrid SAC, con la colaboración de Mariana González Guadarrama, es en sí misma un personaje más dentro del montaje. El frente de la casa —que vemos en el primer acto y más adelante en el tercer acto— recrea un interior cálido y casi pintoresco: muros de madera, una escalera que serpentea hacia un segundo piso, puertas que prometen enredos, un sillón central y una chimenea que da la sensación de estar ante una comedia clásica y ordenada.

El verdadero prodigio llega cuando, en el segundo acto, la estructura gira por completo y el público observa el desorden del reverso, donde los actores se cruzan, se esconden y maniobran entre bambalinas. Este contraste entre la fachada impecable y el revés confuso no solo es visualmente impactante, sino dramáticamente necesario para que todo funcione.

El diseño de iluminación de Víctor Zapatero acompaña la acción con discreción inteligente: acentúa los cambios de ritmo sin imponerse, marcando con claridad los distintos niveles de descontrol que atraviesa la obra. El vestuario creado por Adriana Pérez Solís e Ingrid SAC funciona con precisión dentro del juego teatral, recuperando una estética retro —entre finales de los setenta y principios de los ochenta— que potencia el humor y sitúa a los personajes en un tiempo ligeramente anacrónico, pero sumamente evocador.

En conjunto, el trabajo de los creativos construye una atmósfera que nos transporta a una época teatral que ya no existe, una en la que la comedia y la farsa buscaban hacer que el público olvidara, aunque fuera por un par de horas, el peso de la vida cotidiana.

Aunque a simple vista parezca un torbellino de equivocaciones, gritos y puertas que se abren y se cierran sin control, ¡Qué desastre de función! demuestra que la risa nace de una maquinaria teatral afinadísima. Lo que parece improvisación es, en realidad, un diseño minucioso que exige precisión absoluta, un ritmo impecable y una coordinación sostenida entre los intérpretes durante más de dos horas de función. El resultado es un montaje que se disfruta de principio a fin, un espectáculo que celebra el oficio teatral y que invita al público a entregarse sin reservas al placer de reír en compañía.

Para más información de ¡Qué desastre de función! da clic aquí

Foto: Jaime Rosales