Por Mariana Mijares/ Puerto Deseo podría ser un lugar tangible, un sitio ubicado en alguna costa remota, con barcos, gaviotas y quizás un pequeño muelle; sin embargo, en la obra escrita por Mariana Giménez y Gabriela Guraieb es más bien un concepto: un puerto ideal al que el protagonista aspira a llegar algún día.

Puerto Deseo es también un montaje inspirado en Un tranvía llamado deseo, con la principal diferencia que en la obra que se presenta en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón, el protagonista es hombre en lugar de mujer; y se llama Mariano, en lugar de Blanche DuBois.

Además de ser una de las obras más aclamadas del siglo XX, la historia que Tennessee Williams publicó en 1947 y que le valió el Pulitzer ha tenido decenas de adaptaciones; desde la conocida película de 1951 protagonizada por Vivien Leigh y Marlon Brando (que ganó 4 premios Óscar), pasando por adaptaciones que la referencian como las memorables cintas Todo Sobre mi Madre, de Pedro Almodóvar y Blue Jasmine de Woody Allen.

A manera de curiosidad, la actriz de esta última película fue precisamente Cate Blanchett, quien tuviera el rol de Blanche en 2009 en A Streetcar Named Desire, montaje que hizo junto con la Sydney Theatre Company en Australia.

Teniendo estos antecedentes, y sobre todo recordando que el personaje de Blanche suele ser uno de los más icónicos en teatro, no era fácil el trabajo para Pablo Marín, pero el actor logra con creces convencer con su interpretación al mantener los rasgos característicos de la protagonista: la elegancia, la energía, la excentricidad y hasta su coquetería, mientras a la vez le otorga frescura y su propia esencia.

Desde su llegada, Mariano sobresale en el barrio en el que vive su hermana Isabel (Verónica Bravo) quien está casada con Pau (Cristian Magaloni) otro personaje clave en la historia pues es una versión de Stanley Kowalski, un hombre primitivo y violento, en este caso, un idealista frustrado ante lo que la sociedad representa. Mariano, un hombre aparentemente cosmopolita, con gusto por el buen vino y telas finas como la seda, no solo contrasta enormemente con Pau, sino que parece no encajar en ese entorno gris y precario, lleno de limitaciones y carente de color.

Para enfatizar esta dicotomía, el diseño escénico, a cargo de Alita Escobedo y Mario Marín del Río, no solo capta la esencia del barrio y la casa okupa donde transcurre la acción, sino que también incluye detalles vistosos, como un mural de grafiti y un auto real: un Volkswagen sedán azul, que se convierte en símbolo de los sueños frustrados de Pau, quien no ha logrado triunfar ni como mecánico, ni en otros aspectos de su vida.

La visión de Mariana Giménez -quien también funge como directora-, fusiona esos elementos del taller y el entorno del barrio con los personajes, logrando una atmósfera genuina que captura sus tensiones y aspiraciones, mientras subraya su sensación de desarraigo e inconformidad.

Otra adición clave a este montaje es la participación de Álex Gesso, Sunem Cedillo y Natanael Ríos, quienes no solo interpretan a los amigos de Pau, sino que también tocan música en vivo. Esto es especialmente relevante, ya que Pau sueña con ser músico. Bajo la dirección musical de Miguel Tercero, se genera además un interesante contraste sonoro entre los boleros que disfruta Mariano y el anarcopunk que Pau interpreta, reforzando la brecha entre ambos mundos.

Como en la obra de Williams, la relación entre los hermanos resulta fundamental, y Bravo y Marín construyen una dinámica creíble en la que podemos percibir que ambos son diferentes, pero se aprecian sinceramente. No obstante, como podría recordarse en la obra original, eventualmente sus diferencias, y en especial el mundo de fantasía en el que vive Mariano, los confrontan de manera inevitable.

Mediante su protagonista, la obra de Williams explora la búsqueda por la libertad de expresión en una sociedad que privilegia la productividad, y que, al mismo tiempo, condena la miseria. Del mismo modo que en Un tranvía llamado deseo, donde los personajes enfrentan la tensión entre sus deseos internos y la dura realidad social, en Puerto Deseo los personajes buscan un espacio de autenticidad y libertad en un entorno que los sofoca; Pau lo hace a través de las letras de sus melodías, mientras Mariano persigue una vida que parece inalcanzable.

Ambientada en otra época y lugar que la original, Puerto Deseo sigue reflejando el conflicto que seguramente más de un espectador podrá reconocer: la lucha entre los sueños personales y las exigencias del mundo externo. La obra refuerza cómo este choque puede incluso desmoronar la identidad de alguien, pues Mariano se aferra a su pasado aparentemente glamoroso y a sus ilusiones de un mejor futuro, mientras la dura realidad lo va arrastrando, con la fuerza del mar, hacia la locura.

Al final, no todos los sueños logran realizarse, y, tristemente, no siempre se llega a ese anhelado Puerto Deseo, que seguirá representando tanto la aspiración de una vida mejor como la frustración de no alcanzarla.

Para más información de Puerto Deseo, da clic aquí.

Fotos: Teatro UNAM / José Jorge Carreón