Por Alegría Martínez/ La resonancia poética y la contundencia de las palabras que liberan trozos de la obra de Rosario Castellanos, emanan del cuerpo y la voz de Luisa Huertas, actriz que trae al presente a la escritora mexicana en su etapa de madurez, desde un escenario que hace homenaje a la escritora mexicana, mediante un diálogo en el que interactúa con su yo estudiante y su yo niña, a cargo de las jóvenes actrices, Dulce Mariel y Ana Karen Peraza. Tres Rosarios que entre un sembradío de lámparas, sortean, como le ocurrió a la autora de Oficio de tinieblas, el camino de una vida de sombra y luz.

Elena Guiochins investiga, elige, articula con inteligencia fragmentos de vida, de poesía, extractos de cartas, recuerdos, escritos de Rosario Castellanos (México 1925- Tel Aviv 1974) e información sobre el accidente que condujo a la muerte a la escritora que fuera embajadora de México en Israel.

Desde su asiento sobrepuesto en gradas, a tres frentes sobre el escenario, el público observa 12 silla de madera, donde se sentarán de vez en cuando los personajes, que transitarán entre cien lámparas, vinculadas al siglo que conmemora el nacimiento de la también pionera del feminismo en México.

Lámparas de pie, de escritorio, con pantallas de distintos estilos, colores, formas materiales y épocas. Objetos ornamentales de gran belleza y luz tenue, o sencillos y funcionales, se erigen en parte del paisaje escénico que emite luces diversas y marca una dirección de flujo lento y cuidadoso por sortear para el elenco.

Instalación que se vuelve metáfora, símbolo de esa luz que sin encender, cegó la vida de una mujer que supo poner en letras -como lo señala Guiochins en su texto- la complejidad de la cosmovisión, las tradiciones y los lenguajes de los pueblos originarios, las huellas de la Revolución Mexicana, el vínculo y el contraste de la influencia literaria europea, las raíces latinoamericanas, la opresión y la injusticia social, la discriminación de género y la identidad.

El universo literario, poético, ejercicio artístico e intelectual, sucesos no exentos de la tragedia personal que marcó a la Rosario niña, ante el rechazo de una apesadumbrada madre, así como la influencia de una nana regida por sus creencias, la posterior resistencia de un amor que conoció a cuenta gotas y el goce de una amistad con la también escritora Dolores Castro en su época universitaria, conforman parte de la presente obra.

Elena Guiochins alude también a la amistad que sostuvo la autora de El eterno femenino, con Raúl Ortiz y Ortiz (1931-2016), “único amigo a la altura del arte”, como lo llamó Rosario y alterna breves momentos de gozo, con la asfixiante soledad que vivió la escritora, además de revelar algún detalle doméstico, que sin dejar de lado su certera ironía, acercan el personaje al espectador, dividido en tres, sobre un mismo escenario.

Prendida de las lámparas es una narración escénica que reitera insistentemente el momento de la muerte de la mujer que ejerció el oficio de periodista y plantea breves escenas en las que las actrices interpretan además, el papel de distintos personajes involucrados en la vida de Rosario.

Así es como vemos a Luisa Huertas llevarse una pipa a la boca y modificar su voz y postura corporal, en representación de Ricardo Guerra, el padre de Gabriel, o a las jóvenes actrices, que encarnan a la encorvada nana y a la risueña Dolores.

Un jumper azul, con peto adornado por botones en fila lateral y falda-pantalón tableada, de anchas piernas; amplia falda y blusa sport en tonos beige, además de pantalón shedron con blusón mamey de finas rayas verticales y botonadura a la espalda, integran el vestuario, diseño de Fernanda García para cada una de las tres Rosarios que calzan bota o botín color marrón.

Grandes proyecciones del rostro de quien escribiera Poesía no eres tú, de su imagen de pie ante el Lago de Chapultepec, con pareja e hijo, de frases escritas con máquina mecánica, que amplifican el característico sonido de las teclas, nutren este espacio en conmemoración de la también cuentista, que bien encarna Luisa Huertas en distintos momentos, serena y sabia o esperanzada y viva, presente en cada breve intervención y elocuente cuando pronuncia: “… y toqué con mis manos una criatura viva: el silencio”.

En 2017 y en años posteriores, Huertas interpretó a la filóloga española María Moliner (1900-1981), autora de el “Diccionario de Uso del Español”, personaje principal de la obra de Manuel Calzada Pérez, cuyo estreno en México mostró un ciclorama de tarjetas escritas que dejaban huecos al desprenderse y caer, espacios como los que se abrían en la memoria de la mujer que realizó una proeza a favor del lenguaje y la comunicación.

Luisa Huertas interpretó durante distintas temporadas a la autora de un diccionario de dos tomos y 3 mil palabras -obra celebrada por García Márquez. Labor titánica de una española, como la que actualmente realiza la actriz que hoy interpreta a una madura Rosario Castellanos, quien desde la dirección del Centro de Estudios para el Uso de la Voz, CEUVOZ, -que este año celebrará su 19 aniversario con un concierto el 13 de julio en el Teatro de la Ciudad- trabaja también, a favor de que los seres humanos pueden darse a entender con nitidez, en idioma español desde donde se encuentren.

Decenas de personajes icónicos, construidos meticulosamente por esta primera actriz, le otorgan el aplomo para crear en Prendida de las lámparas a una Rosario Castellanos sosegada, que conjuga ironía, sensibilidad y conocimiento, virtudes que Huertas también posee y con las que enriquece la palabra dicha, por vía de su hondura, su sonoridad de su peso propio.

Mariana Franco dirige a tres Rosarios que entran y salen de una ficción al espacio de un recuerdo, a algunas drásticas situaciones vividas por Castellanos y a la poesía, en un entorno que provoca la acción de sentarse junto a una lámpara y leer, donde el diseño sonoro Miguel Tercero, traslada al espectador en el tiempo.

Prendida de las lámparas es un homenaje visual y sonoro a través de las palabras, a la autora de Álbum de familia. Un montaje que narra y escenifica, que invita al espectador a la observación y a la escucha de pasajes que se
fragmentan, en los que la niña y la joven Rosario requieren mayor proyección actoral.

Vida y obra de la autora que practicó los distintos géneros literarios, se escucha y se lee en frases proyectadas y se intuye en hojas escritas que penden frente al espectador en una especie de alas engarzadas que llenan el espacio en el que se evoca a Rosario Castellanos sobre la escena, como en un llamado a la permanencia de su legado.

Esta coproducción de Teatro UNAM y la Compañía Nacional de Teatro, cuenta también con la participación de Vera Rivas en el diseño multimedia; Mariana López Dávila en la asistencia de dirección; Circe Romero Rivera en la asistencia del dispositivo escénico-lumínico y la realización de utilería; Nora Morales en la realización de vestuario y Joaquín Herrera, productor residente de Teatro UNAM.

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Fotos: Teatro UNAM/ Pili Pala