Por Mariana Mijares/ En una oficina vemos a dos hombres y uno parece tener un problema. Después de unos segundos, el primero logra articular palabra, confiesa que cada que intenta pronunciar su discurso de investidura como Presidente, lo aqueja un picor en la nariz; causa por la que, ahora, ese médico está ahí.

Esta es la premisa de Por la punta de la nariz… ganó la presidencia, obra de Matthieu Delaporte y Alexandre de La Patellière, basada en la obra El electo del español Ramón Madaula, que en México tiene a un elenco alternante que incluye a Roberto Sosa, Plutarco Haza, Rodrigo Murray y Pablo Valentín. El montaje, además, forma parte de los festejos por los 50 años de trayectoria de Morris Gilbert como productor teatral.

Dentro del Palacio, el Presidente electo explica que la comezón es tan fuerte que, de manera inevitable, lo obliga a hacer muecas imposibles de pasar desapercibidas para los millones de ciudadanos que escucharán su discurso, volviéndolo motivo de burla.

Ante un franco —y entendible— miedo a hacer el ridículo, el Presidente intentó previamente solucionar el problema con un otorrino (quien determinó que no había nada clínico) e incluso con un osteópata recomendado por su esposa. Desesperado, finalmente ha accedido a ver a un psiquiatra, pues todo indica que el origen de la molestia, está en su mente.

Por su actitud autoritaria, parecería que el Presidente está acostumbrado a que las cosas se hagan a su manera; no obstante, queda claro que durante su encuentro con el médico deberá bajar la guardia y confiar en el proceso, por más difícil e incómodo que éste resulte. Ahí se encuentra el verdadero corazón de la obra: una sesión terapéutica donde el poder debe cederse y deben bajarse las barreras; aunque sea por un rato.

En la función que tuvimos oportunidad de ver, los personajes fueron interpretados por Roberto Sosa y Plutarco Haza. El primero, construye a un político creíble que se parece a tantos que hemos visto en la televisión: un hombre que se muestra seguro, impenetrable y poco acostumbrado a escuchar un “no”.

A la par, Haza recrea a un hombre con el que es fácil identificarse: accesible, empático, con un tono de voz tranquilo y que, genuinamente, parece querer ayudar a este exigente paciente.

Pese a la buena disposición del médico, es inevitable que haya un choque: el Presidente solo quiere recibir un medicamento que de manera instantánea le quite el picor. El psiquiatra, en cambio, insiste en hablar para encontrar la raíz del problema, pues, según su opinión profesional, este no es algo físico sino un TOC, un trastorno obsesivo-compulsivo que aquí se manifiesta a través de una necesidad incontrolable de rascarse.

Dirigida con buen ritmo por Benjamín Cann, la obra transcurre en tiempo real sostenida en una conversación aparentemente simple, pero que, poco a poco, se adentra en zonas más incómodas, hasta rozar aquello que podría estar detrás de la molestia del político: el miedo a hacer el ridículo, y a no ser querido.

Además del ritmo que no decae, otro acierto de la obra adaptada por Julio Cann es su carácter universal: podríamos asumir que sucede en México, ya que se menciona el Palacio Nacional; no obstante, este Palacio bien podría estar en otro país, pues no se alude a problemáticas ni a partidos específicos. Lo importante es el aspecto humano, no la política.

Enfatizando ese lugar neutro, la escenografía de Mauricio Parker nos traslada a uno de los despachos interiores de esa sede gubernamental: solo hay algunos libros del lado izquierdo, dos sillas al centro, una mesa con un teléfono rojo del lado derecho; y al fondo, tres grandes ventanales verticales que funcionan como pantallas para proyectar el tapiz de la oficina y, en ciertos momentos, imágenes que revelan detalles, como las muecas que el político hace al experimentar su TOC.

La conversación entre los protagonistas se construye de forma cada vez más profunda. El Presidente va bajando la guardia y se permite volver a su infancia, a su formación temprana.

Desde ahí, el encuentro entre ambos recuerda que, incluso fuera de un espacio terapéutico, cuando bajamos las defensas, y las barreras, el otro puede llegar a conocernos de verdad. En ese sentido, la obra conecta con la visión de Brené Brown, investigadora que ha dedicado su trabajo a estudiar la vulnerabilidad, no como fragilidad, sino como un acto de valentía. Aceptar lo que incomoda y reconocer que no tenemos el control puede abrir la puerta a la comprensión y, quizá, a la sanación. Incluso la figura más poderosa del país podría aprender que bajar la guardia también es una fortaleza.

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Fotos: Cortesía Mejor Teatro