Por Kerim Martínez/ Piedras en sus bolsillos (Stones in his pockets), escrita en 1996 por la dramaturga irlandesa Marie Jones para la DubbleJoint Theatre Company, se ha consolidado como un referente del teatro contemporáneo gracias a su notable recorrido internacional: desde su estreno en Belfast, su paso por el Edinburgh Festival Fringe y su éxito en el West End de Londres, hasta su llegada a Broadway. Reconocida con el Irish Times/ESB Irish Theatre Award y dos Premios Olivier, la obra se presenta ahora en la Ciudad de México con traducción y adaptación de Juan Carlos Medellín, bajo la dirección de Fernando Bonilla.
En esta versión, la historia se traslada a un pequeño pueblo mexicano que ve alterada su cotidianidad con la llegada de una ambiciosa producción de Netflix. De pronto, sus habitantes se convierten en extras de un relato que no les pertenece, atrapados entre largas jornadas, promesas vacías y la seductora ilusión de que el cine puede cambiar sus vidas. Sin embargo, lo que inicia como un destello de esperanza pronto se resquebraja: una tragedia irrumpe en el rodaje y deja al descubierto la fragilidad de esos sueños prestados, obligando a cuestionar el verdadero costo de formar parte de una industria que deslumbra… pero también olvida.
El mayor acierto del montaje radica en la adaptación de Juan Carlos Medellín, quien no se limita a trasladar la obra al contexto mexicano, sino que la reinterpreta con una mirada aguda y profundamente local. Lo que en la pluma de Marie Jones pertenece a otra geografía, aquí se transforma en un espejo incómodamente cercano: los códigos culturales, el humor y las dinámicas sociales dialogan con tal naturalidad que la historia parece haber nacido de este lado del mundo. Medellín no solo traduce, sino que se apropia del material con inteligencia y sensibilidad, afinando cada detalle para que la crítica resuene con mayor fuerza en nuestra realidad, especialmente en ese punto donde la comedia empieza a resquebrajarse y deja ver una dimensión más áspera y desoladora.
El dispositivo escénico encuentra su mayor potencia en el trabajo actoral de Alex Gesso y Juan Carlos Medellín, quienes, solos en escena, construyen un universo poblado por más de una quincena de personajes. A partir de recursos cercanos a la farsa, cambios mínimos de utilería y una precisión corporal notable, ambos transitan de un rol a otro con eficacia y claridad. Hay, además, una conexión palpable entre los intérpretes: su escucha es fina, casi instintiva, lo que les permite sostener un ritmo vertiginoso que difícilmente decae.
Lo más destacable es su versatilidad para habitar tanto la comedia como el melodrama, desplazándose de un registro a otro con soltura y logrando que el público, desde los primeros minutos, acepte sin reservas las convenciones planteadas por la puesta. Incluso, el uso puntual de elementos como marionetas amplía las posibilidades narrativas y suma capas al relato sin romper su sencillez.
En ese juego actoral, cada uno encuentra momentos particularmente memorables. Gesso destaca en la construcción de figuras contrastantes: desde el extra que anhela colocar su guion en manos de la producción, hasta un director argentino implacable, obsesionado con el tiempo y la eficiencia; pasando por una joven actriz española —en clara referencia a Ester Expósito— que ensaya una cercanía artificial con lo local, y su rígido guardaespaldas.
Por su parte, Medellín compone con precisión a un extra ingenuo que confunde gestos profesionales con interés romántico, a un encargado del set de talante autoritario y a un veterano que presume haber trabajado con Anthony Quinn. Todo ello se articula bajo la dirección de Fernando Bonilla, quien apuesta por un ritmo sostenido y por la claridad narrativa, confiando plenamente en la capacidad de sus actores para sostener, desde lo esencial, la complejidad de la historia.
Uno de los momentos más conmovedores del montaje irrumpe al inicio del segundo acto, cuando Alex Gesso toma la guitarra y, desde una aparente sencillez, detiene el ritmo para abrir un espacio de profunda resonancia emocional. La escena, construida a partir del poema “Los nadies” de Eduardo Galeano (musicalizado por Juan Pablo Villa), funciona como un eco directo de los personajes que han sido relegados a los márgenes de la historia: aquellos que sostienen el espectáculo sin formar parte de él. La música, lejos de ser un adorno, se convierte en un gesto político y poético que subraya la invisibilidad de quienes habitan la periferia del relato. Es ahí donde la obra alcanza uno de sus puntos más sensibles, recordándonos que detrás de cada figurante hay una vida que no suele ser mirada: “Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos (…)”.
En cuanto al diseño escénico, el trabajo de Emilio Zurita y el vestuario de Al Mendoza apuestan claramente por la funcionalidad antes que por el artificio. El espacio se construye a partir de elementos visibles y móviles: paneles con paisajes desérticos que remiten a un México casi estereotipado, bastidores expuestos, cajas, un perchero con prendas y estructuras que se transforman constantemente frente al espectador.
Lejos de buscar una ilusión realista, la propuesta enfatiza lo “acartonado” y lo evidentemente teatral, subrayando la idea de un mundo construido —como lo es también la industria cinematográfica que la obra cuestiona—. La iluminación acompaña esta lógica con transiciones limpias que delimitan espacios sin ocultar el mecanismo escénico. Así, más que deslumbrar con un gran aparato visual, el montaje elige despejar el terreno para que sean los actores quienes sostengan la ficción, evidenciando que, detrás de los paisajes prefabricados, lo verdaderamente vivo ocurre en el cuerpo y la imaginación de los intérpretes.
Este montaje, realizado con el respaldo del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales y como una Producción Nacional mediante el Efiartes, dialoga de forma crítica con una industria audiovisual que parece haber desplazado la búsqueda artística y humana en favor de la generación incesante de “contenidos”.
En ese contexto, la obra se vuelve especialmente pertinente: no solo exhibe las dinámicas de un sistema que consume y desecha historias y personas con la misma rapidez, sino que también nos confronta, como espectadores y creadores, con nuestra propia participación en ese engranaje. Asistir al teatro y encontrarse con propuestas como ésta, implica algo más que entretenimiento: es abrir un espacio para la reflexión sobre las formas en que el arte puede resistir, cuestionar y recordarnos que, detrás de cada proyecto, hay vidas que no deberían ser tratadas como material descartable.
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Fotos: Cartelera de Teatro















