Por Alegría Martínez/ El escenario es un amplio set de filmación. Una metálica cama de hospital destaca al fondo, entre dos altas sillas de director con tela blanca. Un reflector en cada lateral. Una tornamesa blanca cerca del público, micrófonos, guitarra eléctrica y otros instrumentos, delimitan el área para el músico. Aquí tiene lugar la relación entre Elizabeth Vogler, actriz hundida en el silencio y su enfermera Alma, que hablará por ambas hasta fundir su destino.

Se trata de los personajes de Persona, cinta de Ingmar Bergman, adaptada y dirigida por Agustín Meza, para el teatro, bajo el mismo título, sobre la compleja ruta que transitan una enfermera y una actriz que enmudece durante una función en la que interpreta el papel de Elektra. La propuesta invita al público a presenciar, en la ficción, fragmentos de lo que podría ser la filmación de un largometraje.

Agustín Meza, que cumple 30 años al frente de su compañía El Ghetto, elige una obra que al estrenarse en cine, generó una gran polémica por la cantidad de asuntos que se abordan en Persona, desde el significado de “persona” en tanto máscara, elemento de identidad separado del alma, como lo expresó Jung, con lo que coincidía Bergman, de lo que se deriva la identidad y su extravío, hasta conflictos como el aborto y la huella que deja en la vida de una mujer esta decisión o la imposibilidad de lograrlo, incluida la ausencia y presencia de un hijo; el erotismo explícito en una confesión espontánea, la posible relación amorosa entre dos mujeres, la traición, la venganza, la violencia y el mal, entre otros tópicos.

La mítica actriz de apellido Vogler, que en la película del emblemático director sueco interpretara Liv Ullmann, aquí se levanta de su cama sin cobijas y con ruedas giratorias, para ser trasladada sobre ésta de pie, por actores que interpretan técnicos-tramoyistas de un set cinematográfico. Una vez frente al público, la actriz interpreta un canto para, más tarde, decir una única y significativa palabra durante toda la obra.

El director Agustín Meza, se centra en la complejidad de la relación entre la enfermera y la paciente que no muestra signos de enfermedad alguna más allá de su mutismo y en la actuación de las actrices Genny Galeano y Diana Lara Santoyo, quienes interpretan a la enfermera Alma y a la actriz Vogler, respectivamente.

La adaptación de Meza, que cuenta con traducción de Carmen Montes Cano, respeta los sucesos esenciales de la película estrenada en 1966, e incluye al niño únicamente en una foto en la mano de su madre, al marido de la actriz y a la psiquiatra.

Su montaje se despoja atinadamente de la tentación de acudir a las imágenes de la cinta. Realiza acercamientos y desplazamientos ante el público y destaca determinados diálogos mediante el uso de un micrófono direccional o shotgun, a manos de un actor-técnico que sigue la acción entre los dos personajes femeninos.

Meza ubica a distancia un lugar que evoca el deseo de la enfermera, mediante este personaje con peluca rubia ante un espejo de camerino, donde vuela quizá su deseo de emular a la actriz, mediante una escena fugaz que recupera en algo el aire extravagante que emiten, al inicio, algunas imágenes de la cinta.

El final de cada acción es rematada por “el personal del set”, que con su presencia, y el cambio de elementos, enfatiza o rompe la tensión, que en ocasiones suaviza o apuntala el sonido, mediante loops, efectos y canciones ejecutadas sobre el escenario.

El público observa, por ejemplo, la introducción al escenario de una estrecha mesa y la silla en la que estará la directora del hospital psiquiátrico que presta su casa en el mar para que paciente y enfermera pasen ahí unos días. Terminada la instrucción, la doctora, saldrá de escena, se quitará la bata y con ropa oscura, como la mayoría de sus compañeros de piso, ayudará a dirigir la luz de estudio, tipo softbox, hacia las protagonistas, que esperarán a que el mobiliario esté colocado de forma que puedan retomar la acción, sin necesidad de que una voz de director dé la orden.

Los distintos movimientos que requieren la introducción de utilería y distintos elementos, como la acertada postura vertical en la que acomodan la cama de hospital de forma que parezca un ventanal por el que se cuela la luz, efecto que recuerda de algún modo los ventanales de la casa en el mar, se dan de manera orgánica, suave y silenciosa, como si se tratara de una coreografía que remite a la filmación y homenajea al director de Gritos y susurros.

Actrices y actores entran tersamente a sus escenas y la violencia o la dulzura entre las protagonistas, surge naturalmente hasta detenerse como en una disolvencia, cuando el espectador entró ya en la ficción de ese momento, como ocurre cuando Vogler observa en televisión la autoinmolación que el público no ve, pero percibe en la reacción de la actriz auto silenciada, o los instantes del vidrio roto en la mano de Alma.

El monólogo continuo de la enfermera, el silencio extendido y la expresión de la actriz-paciente, que se enredan en una caricia o en la rabia de sentirse descubierta, redimensionan en este montaje la necesidad del habla y la escucha, como si ambas actividades se hubieran trastocado, diluido hasta una especie de extinción que las ahoga al confundirse, como su identidad en el teatro y su rostro en la pantalla.

La música en vivo, la voz del intérprete, el manejo de luces de filmación y de potentes reflectores sobre el set-escenario, el vestuario negro para las actrices, cuando la identidad de ambas se mezcla como en un vaso comunicante, que en lo exterior se aprecia en el vestuario que antes usó una en el cuerpo de la otra, urden y contraponen los acontecimientos que envuelven a los personajes en un laberinto en el que se mezclan negro, blanco, bien y mal.

La experiencia sonora de esta versión teatral de Persona, enriquece la acción, a cargo de Steven Brown, JC Taylor y Juan pablo Villa, que alternan funciones en una participación que aporta la calidad de un concierto a lo que ocurre en escena. El elenco de Persona, está compuesto también por Miguel Ángel Pérez Enciso y Rosario Sampablo.

Cada escena revela paulatinamente el recorrido del veneno que supura de un personaje a otro a partir de su tragedia personal, en una batalla de opuestos que las fusiona en sus diferencias.

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Fotos: Coord. Nal. de Teatro/ Blenda