Por Mariana Mijarez/ A veces la vida nos otorga certezas: el cielo es azul, la risa es contagiosa, y portar el cinturón en un auto nos da seguridad; no obstante, muchas veces nos enfrentamos a situaciones que escapan de nuestro control. ¿Qué sucede cuando las certezas se desvanecen y lo único que queda son preguntas sin respuesta?
Pequeñas certezas explora esta inquietud a través de las tensiones y emociones que sacuden a una familia tras la misteriosa desaparición de Mario, uno de sus miembros.
Desde el inicio, esta obra de Bárbara Colio nos sumerge en una atmósfera cargada de emociones. Juan (Rodrigo Virago), uno de los hermanos, mantiene una conversación telefónica en la que se evidencia la conflictiva relación que tenía con Mario, su hermano menor.
La tensión también se refleja en su dinámica con Sofía (Samantha Coronel), su otra hermana, quien lidia con su propio duelo. El intento de retomar la normalidad de la joven se refleja en una escapada a San Diego, donde compra un vestido azul de flores, dejando por primera vez el negro del luto. Su gesto es tan simbólico como conmovedor.
La casa familiar en Tijuana es la locación principal de este montaje escrito en 2004. Esta se recrea con una escenografía totalmente minimalista, con un tapiz de colores atrás y elementos sencillos, como muebles y accesorios, que son manipulados por los actores en los cambios de escena. Esta propuesta permite centrar la atención en los diálogos y las emociones.
El hogar es a la vez el campo de batalla donde los hermanos van ventilando sus resentimientos y heridas no resueltas, una tensión que se intensifica con la llegada de Natalia (Assira Abbate), otro personaje clave.
En otra latitud, Ciudad de México, Natalia también enfrenta la ausencia de un hombre desaparecido: Mario. Ella y su madre (Mahalat Sánchez) han intentado identificar un cuerpo, pero no es el que buscaban. A pesar de ello, su madre expresa un deseo de darle propósito a esa pérdida: “Me dieron ganas de reconocerlo para ofrecerle una misa”, confiesa, en un gesto que mezcla compasión y una cierta excentricidad. La ausencia de Mario se mantiene como el catalizador para desenterrar conflictos enterrados y emociones contenidas. Por un lado, entre sus hermanos: Juan y Sofía, que comparten la casa marcada por un pasado de pérdidas familiares.
Por otro, Natalia, quien decide emprender un viaje a Tijuana para conseguir una foto de quien fuera su pareja. “Las fotos en la cartera son pequeñas certezas”, le comparte a su madre.
Poco después, Natalia prepara una maleta y se va al aeropuerto, donde inesperadamente llega su mamá dispuesta acompañarla. Aunque su hija le reclama la intromisión, termina por aceptar su ayuda. Natalia necesita encontrar certezas, y no solo sobre Mario, sino también sobre ella misma.
Dirigidos por Mauricio García Lozano el elenco entrega actuaciones consistentes y destacables. Brilla de manera especial Mahalat Sánchez, esa madre sabia y generosa siempre dispuesta a ofrecer consejos, incluso cuando no se los piden; o de ofrecer ayuda aun cuando ésta no ha sido explícitamente requerida.
Ya en Tijuana, a partir del encuentro de los personajes principales en la casa, la obra continúa escalando en tensiones, y ritmo.
Uno de los momentos más conmovedores ocurre cuando Sofía acompaña a la madre de Verónica a la habitación de huéspedes. En ese espacio íntimo, la madre le muestra a la joven una empatía y ternura que ella recibe inicialmente con reticencia. Esto evidencia la falta que le hizo una figura materna en su vida, marcada por la muerte prematura de sus padres en un accidente automovilístico donde la ausencia de un cinturón de seguridad no solo marcó la tragedia, sino también la vida de sus hijos.
También destaca el trabajo de Epy Velez, quien con soltura y autenticidad da vida a Olga, la mejor amiga de Natalia, un personaje que funciona como relief cómico ya que con una mezcla de autenticidad y honestidad sin filtro aporta momentos de humor que alivian el ambiente.
El clímax se va construyendo con más tensiones, y ya no solo emocionales, sino también económicas. Ante esto, la autora deja una pregunta en el aire, un dilema que refuerza el tema central de la obra: la incertidumbre.
El montaje que se presenta en el Foro Lucerna nos recuerda que aunque constantemente buscamos certezas para avanzar, no siempre las encontraremos. En su ausencia, surge la resiliencia, esa fuerza que nos impulsa a seguir adelante, aferrándonos a pequeños destellos de claridad, como una foto guardada en la cartera. Y es que es en esos momentos de mayor incertidumbre, cuando todo pierde sentido, donde se revelan otro tipo de certezas: el amor, la empatía y nuestra verdadera fortaleza.
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Fotos: Cortesía Producción















