Por Kerim Martínez/ Tener textos mexicanos en escena significa apostar por la memoria, la reflexión y la posibilidad de mostrar historias propias, contadas desde la sensibilidad y las heridas colectivas de un país. Esto cobra particular importancia en un panorama teatral donde la cartelera suele estar dominada por obras de autores extranjeros, en su mayoría traducidas al español o adaptadas al contexto mexicano.

Tanto Morris Gilbert como la productora Mejor Teatro se han consolidado como referentes en traer grandes títulos internacionales y en ofrecer montajes que combinan entretenimiento, rigor profesional y una producción impecable. No obstante, en contadas ocasiones, y sobre todo cuando identifican un potencial comercial, han decidido respaldar a autores mexicanos, como ocurrió con José Manuel López Velarde y el exitoso musical de rockola Mentiras en su primera versión. Hoy, esa apuesta se renueva al impulsar Para la libertad. México 68, del dramaturgo mexicano Omar Olvera, con una temporada en el Teatro Libanés.

La obra surgió en la UNAM, cuando Omar Olvera, estudiante de Artes Plásticas, creó un musical para rendir homenaje a Serrat y narrar una historia sobre el movimiento estudiantil de 1968. Debutó en 2012 bajo el título Barquito de papel en el Teatro Carlos Lazo, con dirección y coreografías de América Basurto, y prolongó su temporada en la Facultad de Arquitectura. Con el tiempo, cambió de elenco y de equipo creativo hasta convertirse en Para la libertad. México 68, presentándose en escenarios como el Teatro del Parque Interlomas y el Teatro Milán. Incluso, el propio Olvera decidió asumir la dirección escénica de su texto.

Para la libertad. México 68 sigue a un grupo de jóvenes artistas que, ilusionados, preparan una fiesta de disfraces como refugio para sus anhelos, amores y deseos de libertad. Sin embargo, lo que comienza como un encuentro festivo pronto se ve trastocado por la fuerza del movimiento estudiantil de 1968, que irrumpe en sus vidas y las confronta con decisiones y realidades dolorosas.

En el centro de la trama está una familia disfuncional compuesta por los hermanos Lucía y Miguel, sometidos a la estricta voluntad de Teresa, una madre autoritaria y marcada por la violencia de su esposo. Lucía sueña con asistir a la fiesta en la escuela de su hermano para reencontrarse con Mario, un joven amable que es rechazado por Teresa, dominada por prejuicios de clase. Mientras tanto, Miguel carga con el peso de un secreto familiar y la dificultad de aceptarse a sí mismo. A través de estos personajes, la obra retrata las pasiones, temores y esperanzas de quienes soñaban con transformar su realidad.

La obra destaca por su estructura melodramática y por personajes cuyas situaciones resultan fácilmente reconocibles, lo que facilita la empatía del público. El ritmo de los diálogos es ágil, y la incorporación de las canciones de Serrat se integra de manera orgánica, sin sentirse forzada, aportando además un sólido trayecto emocional a los personajes.

Aunque la historia familiar retratada podría situarse en cualquier época, el dramaturgo elige enmarcarla en el contexto histórico de 1968, subrayado incluso en el título de la obra. Sin embargo, el enfoque melodramático de la trama familiar termina por acaparar gran parte de la atención, relegando la problemática estudiantil a un segundo plano.

La obra aborda demasiados temas en poco tiempo —apenas una hora y cuarenta minutos— lo que impide profundizar en los sucesos históricos. Para el público que vivió aquellos años, quizá no sea necesario abundar en detalles, pues conservan sus propias memorias y versiones; pero para las nuevas generaciones, especialmente aquellas que se acercan al teatro y a los musicales de rockola, sería fundamental involucrarlas más en el trasfondo histórico. Afortunadamente, hacia la mitad del segundo acto, la narrativa retoma el tema estudiantil y la obra consigue cerrar con fuerza y eficacia.

Uno de los mayores aciertos del montaje es, sin duda, la cuidadosa elección de su elenco. Las actuaciones son comprometidas y llenas de energía, mientras que las voces del reparto poseen la potencia y la calidez necesarias para transmitir la sensibilidad y la profundidad emocional de las canciones de Serrat.

Sobresalen las interpretaciones de Dafne García como Lucía y Roberto Salguero como Mario, cuya relación en escena resulta completamente verosímil, cargada de química y emoción. Entre los momentos más memorables del montaje destacan la interpretación de Penélope en la voz de Juan Pablo Ruiz, el conmovedor Cantares a cargo de Brenda Santabalbina y el resto del elenco, así como la poderosa versión cantada del poema Tres heridas, de Miguel Hernández, interpretada con gran sensibilidad por Samantha Salgado.

Estos instantes brillan no solo por la calidad vocal, sino por la capacidad del elenco para conectar emotivamente con el público. En el reparto también figuran Lucía Huacuja, Alexo Fergo, Diego Llamazares, Vanessa Bravo, Jorge Escandón e Irasema Terrazas.

La puesta en escena resalta también por su cuidado diseño visual. La escenografía (Omar Olvera, Emilio Zurita, Andrés Abad), compuesta por un andamio de madera de varios niveles, alberga a los cuatro músicos —tecladista, bajista, guitarrista y baterista— y sirve como plataforma versátil donde el director distribuye hábilmente a los nueve personajes, aprovechando cada rincón del espacio.

Gracias al diseño de iluminación de María Vergara y al uso preciso de elementos de utilería, se crean atmósferas diversas que transportan al público a distintos lugares, logrando que se olvide por completo lo reducido del escenario. El vestuario, diseñado por Estela Fagoaga, complementa esta propuesta con piezas adecuadas, funcionales y cargadas de una entrañable nostalgia que envuelve la narrativa en una estética coherente y evocadora.

Las letras de Joan Manuel Serrat, impregnadas de poesía y profundidad, narran historias capaces de conmover incluso al espectador más impenetrable y cobran todavía mayor fuerza cuando se fusionan con las potentes voces del elenco. Aunque no todas las canciones elegidas son populares o conocidas entre el público más joven, tienen la capacidad de generar un vínculo emocional inesperado. Sería valioso incluir en el programa de mano la lista completa de los temas del cantautor español interpretados en la obra, para que, al salir del teatro, los jóvenes se sientan motivados a buscarlos en sus plataformas musicales favoritas y así amplíen su horizonte musical descubriendo la riqueza de su repertorio.

Para la libertad. México 68 es una obra de teatro que transmite potentes mensajes contra la homofobia, la represión social, las barreras de clase y el miedo que pueden experimentar los jóvenes cuando no son comprendidos por los adultos o por su propio país. Con una historia cargada de intensidad y música profundamente emotiva, invita a la reflexión y a mantener viva la memoria histórica. Ojalá que Mejor Teatro y otras productoras sigan
apostando por textos mexicanos en sus producciones comerciales, porque los resultados pueden ser muy positivos, como en este caso, donde este musical se convierte en una experiencia escénica que definitivamente merece ser vivida.

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Fotos: Cortesía Mejor Teatro