Por Mariana Mijares/ En un futuro apocalíptico en el que coexisten humanos y robots, solo las personas capaces de entrar en hibernación podrán garantizar su sobrevivencia; esta es la visión de David Gaitán, autor de Oso polar decapitado.
Dentro de esta premisa casi de ciencia ficción clásica, un planeta extraño se va a interponer entre el Sol y la Tierra, haciéndola inhabitable por la falta de luz, lo que provocará una “noche eterna”. Frente a esa emergencia, un consorcio diseña un espacio donde se entrenan robots y donde solo algunos (los que pueden costearlo) podrán entrar en un letargo al conectarse a la nueva tecnología; hibernando —como lo haría un oso—, para despertar cuando la luz regrese.
Más que un relato de catástrofe ecológica, el montaje propone esa noche como metáfora abierta de cualquier gran tránsito personal o colectivo: un duelo, una ruptura amorosa, el clima político actual, todo aquello que nos hace sentir que el mundo se ha terminado; aunque sigamos respirando.
Dentro de la obra, un narrador (Pablo Chemor) vestido con sombrero y un abrigo hecho de cuerdas, aparece como una suerte de guía de ese territorio sin luz y habla sobre cómo un oso polar ha perdido la cabeza y ahora deambula buscándola. Su voz acompaña al espectador y funciona como eco para quienes sienten que también han perdido el rumbo.
La figura del oso polar —emblema habitual de las víctimas del cambio climático— carece de cabeza y la busca sin importar si es natural o mecánica. En ese gesto obstinado se refleja esa humanidad que también ha extraviado la dirección.
Dirigidos por Martin Acosta, Verónica Bravo, David Gaitán y Xóchitl Galindres alternan varios personajes: robots y humanos, y por momentos parece que, en ese futuro dominado por la tecnología, hasta estos personajes dudan quién pertenece a cada bando.
Otro elemento llamativo es el vestuario de Mario Marín del Río, que viste a Gaitán, Bravo y Galindres con piezas en tono ocre; faldas para las mujeres, pantalón y chaleco para él. Incluso, cuando Gaitán da vida a un doctor, la bata también hace juego con esta gama cromática, como si ese color fuera el uniforme de una misma espera compartida.
Otros elementos que distinguen este montaje son breves monólogos que ocurren dentro de pequeñas cajas de luz —donde solo se ven las cabezas flotando—. Estos cuadros evocan el estado de hibernación: pensamientos que no se detienen durante una vigilia interminable, voces que siguen trabajando mientras el cuerpo ha quedado en pausa. Así se revela una cabeza que no puede callarse, igual que el oso decapitado que avanza por el invierno en busca de lo que perdió.
La propuesta se sostiene en el trabajo creativo de Eva Aguiñaga en la escenografía junto a Acosta, una iluminación de Matías Gorlero, el diseño sonoro del propio Chemor y el maquillaje y peluquería de Maricela Estrada, que construyen un mismo sueño escénico, un universo que se asemeja a un trance del que solo se despierta para volver a caer.
Más que ofrecer respuestas definitivas, la puesta juega con la abstracción y la fantasía para que cada quien arme su propio sentido. Lo verdaderamente inquietante no es el fin del mundo, sino la forma en que aprendemos a habitar la espera.
Así, Oso polar decapitado no traza una moraleja sobre la irresponsabilidad humana, sino que levanta un mito futurista en el que la hibernación, el oso polar y la noche eterna conviven como símbolos.
La obra avanza hasta abrir tres posibles finales, recordándonos que el sentido nunca está cerrado: cada persona debe atravesar su propia noche, y a veces, solo confiar; incluso cuando la luz falte y el cuerpo dude de su propia cabeza…
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Fotos. Cartelera de Teatro














