Una historia inspirada en La gaviota de Chéjov, donde los personajes revelan nuevos y distintos matices de los originales. Si conoces este clásico, ver la puesta en escena será un interesante y renovado punto de vista. Después de que Tréplev se dispara, pasa un tiempo y despierta para descubrir cómo los personajes que lo rodean continúan atrapados en un espiral del que él mismo escribirá.
En Ojos de atardecer, Tréplev es el autor de La gaviota, hablando de la infelicidad, de las frustraciones de las metas no alcanzadas y del tema más complejo: el amor. El montaje aborda la ambición, el reconocimiento y esa eterna búsqueda de sentido que acompaña a los artistas y a cualquiera que se pregunte por el valor de lo que hace. Es una obra que rompe con lo clásico para acercar aún más las constantes humanas que el teatro ha planteado desde sus orígenes.
Hay momentos de humor y otros en los que, incómodamente, nos reconocemos. La escenografía y el vestuario juegan entre lo clásico y lo contemporáneo, creando un atractivo visual con libros y hojas esparcidas por todo el escenario, el uso de distintos niveles y la presencia constante de los actores. Incluso, en algún momento, se escucha una guitarra eléctrica, regalándonos imágenes tan bellas como la de un ciclorama pintado. Ojos de atardecer no solo revive un clásico, sino que lo transforma en un espejo contemporáneo donde se reflejan nuestras dudas, ambiciones y fragilidades.














