Por Mariana Mijares/ La vida transcurre a un ritmo diferente en Kinnan, una pequeña y remota isla en el Mar del Norte, frente a la costa norte de Escocia, donde sus habitantes ven cómo poco a poco desaparecen los servicios, el turismo y la población. La escuela ya cerró, la última granja apenas sobrevive y el gobierno propone la posibilidad de reubicarse en tierra firme.

Este es el universo concebido por Amy Draper, con música y letra de Finn Anderson y libreto de Stewart Melton, en la obra originalmente titulada Islander, en la que una docena de personajes son interpretados por sólo dos actrices, que en México son Alicia Candelas, Gaby Castillejos, Gina Granados y Marián Guzmán, alternando funciones.

Si bien cada actriz da vida a varios personajes, una de ellas (en la función que vimos, Marián Guzmán) interpreta la mayor parte del tiempo a la protagonista: Eilidh, una niña curiosa que vive con su abuela y que, al ser la única persona de su edad en la isla, pasa buena parte del tiempo sola o a Breagha, una mujer embarazada a punto de dar a luz. Mientras tanto, Gina Granados muestra su versatilidad y rango al asumir con confianza distintos papeles; entre ellos, una excéntrica locutora de radio, una cetóloga experta en ballenas; y la abuela de Eilidh, a quien le gusta jugarle bromas a su nieta.

Más adelante, Eilidh tiene un encuentro con una ballena encallada que, de alguna manera, la cambia y la lleva a cuestionarse muchas cosas. Poco después aparece Arran (también Granados), una joven proveniente de una isla distinta: Setasí, cuyos habitantes se dedican a cuidar a las ballenas y que va ayudando a Eilidh a mirar el mundo de una manera diferente.

Esta relación, que se cuenta muy bien en el tema “Iguales pero distintas”, nos recuerda cuánto podemos ampliar nuestro mundo y nuestra cosmovisión cuando nos permitimos conocer otras perspectivas.

La misión de ayudar a la ballena me recordó, de alguna manera, a lo que aconteció recientemente en Timmendorfer Strand, Alemania, donde una pequeña ballena jorobada quedó atrapada en las aguas poco profundas del mar Báltico y fue cariñosamente apodada por la comunidad como “Timmy”. Su situación movilizó durante semanas a rescatistas, activistas y particulares, hasta que una iniciativa privada logró trasladarla hacia aguas más profundas del mar del Norte; aunque la historia terminaría teniendo un desenlace distinto al esperado.

Más allá de la similitud anecdótica, ambos casos apuntan a una misma idea: lo que puede lograrse cuando una comunidad decide movilizarse para proteger algo que considera valioso. La preservación de la naturaleza y de la comunidad está en el corazón de Nuestra Isla: por un lado, están quienes buscan proteger a las ballenas y su entorno; por otro, los pobladores de Kinnan intentan conservar una comunidad que lentamente amenaza con desaparecer. Prevalecer se vuelve así una forma de resistencia.

Gran parte de la visión de este montaje corre a cargo del director Clemente Vega, conocido por trabajos como Mamá se fue a la Luna y Los Fridos, y quien aquí logra, con muy pocos elementos, crear todo un universo. La sencillez se convierte así en lenguaje escénico: los cambios de espacio e identidad ocurren con fluidez a la vista del público y nos recuerdan que una comunidad también se construye con lo que se tiene a la mano.

Esa misma lógica se extiende a la escenografía de Daniela García Moreno, cuyo dispositivo circular de madera, colocado al centro, basta para transportarnos a mares embravecidos, a una reunión municipal, a una fiesta o a la casa de Eilidh. Además, al centro hay un dispositivo electrónico, que la producción ha apodado como “Lupe”, que graba sonidos y los reproduce continuamente una y otra vez (loops), el cual es muy sensible a los sonidos, por lo que se recuerda al público mantener apagados los celulares durante la función.

Buena parte de la música y de los efectos sonoros son creados en vivo por las propias actrices, quienes utilizan sus voces y un looper para grabar, mezclar y superponer sonidos y armonías. Bajo la supervisión de audio de Manuel Juárez, las protagonistas logran una coordinación tal que dar vida a los sonidos de la isla y las ballenas parece mucho más sencillo de lo que en realidad ha de ser.

El vestuario, diseñado por Miriam Quijano, apuesta por piezas funcionales y contemporáneas que permiten a las actrices transformarse rápidamente. Gina aparece la mayor parte del tiempo con una playera blanca ajustada y una falda-pantalón amplia en tonos azulados, acompañada de un cinturón utilitario con bolsillos; mientras Marián lleva un pantalón holgado de tiro alto, con tirantes, costuras visibles y grandes bolsillos superpuestos, combinado con una blusa tejida en tono ocre. A partir de esta base, el vestuario incorpora capas, accesorios y otros elementos, como un impermeable para la cetóloga, que ayudan a distinguir a los distintos personajes y que refuerzan el tono imaginativo de la obra.

El musical avanza con canciones compuestas por Finn Anderson y traducidas en México por Ana Graham, Antonio Vega y Cristóbal MarYán, con la colaboración de Analí Sánchez Neri, que combinan notas de folk escocés y pop para ayudar a expresar lo que sienten los habitantes y contar la historia: hablan de una comunidad dividida ante un futuro incierto, de la distancia con quienes han partido y de la amistad.

En algunas, como “Canción de los Finfolk”, se habla de cómo se expanden los mitos; mientras que en “Spikkin”, las actrices tienen oportunidad de dar vida a múltiples voces y personajes, multiplicándose en escena para encarnar a los diferentes habitantes del pueblo.

Esa flexibilidad hace que el montaje no sea exactamente el mismo en cada función. Parte del atractivo de esta propuesta está además en que la obra adquiera matices distintos según la dupla en escena. Guzmán aprovecha su juventud para construir una Eilidh más vulnerable y cercana a esa adolescente llena de dudas; Gaby Castillejos, en cambio, imprime al personaje una energía más juguetona, brillante y despierta. Algo similar ocurre con Arran: Alicia Candelas la aborda desde una mayor madurez, con un tono más serio, pero sin perder ese costado travieso que define al personaje. Así, cada combinación modifica sutilmente detalles del montaje.

TheaterMania calificó este musical como “Free Willy meets Brigadoon”; para mí, está más cercano a Come From Away, el musical sobre los pasajeros de vuelos desviados tras los atentados del 11 de septiembre, cuando un pequeño pueblo canadiense acogió a casi 7,000 desconocidos. De la misma manera, aquí la llegada de alguien proveniente de otro lugar altera la vida cotidiana y transforma a sus protagonistas, mientras la solidaridad se convierte en una forma de rescate.

Nuestra Isla nos hace así empatizar con una serie de personajes que luchan por mantener su sentido de pertenencia y de hogar en un mundo amenazado, algo con lo que resulta fácil identificarse. Con apenas dos actrices sobre un sencillo escenario, la obra consigue además dar vida a todo un pueblo y recordarnos que incluso la comunidad más pequeña puede contener un mundo entero.

Al salir del teatro pensé en cuántas islas llevamos dentro: lugares, personas, versiones de nosotros mismos que se van quedando atrás mientras el mundo nos obliga a cambiar. Nuestra Isla no promete rescatarlas, pero sí logra recordarnos que mientras sigamos cuidándonos y conectando, quizá podamos mantenerlas a flote…

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Fotos: Fotomau