Hay algo que conviene saber antes de que se apague la tercera llamada, 20 años después HNMPL, no es una nueva temporada de Hoy no me puedo levantar, sino un homenaje musical construido desde los recuerdos, las canciones de Mecano y el cariño por una obra que marcó a toda una generación. De la mano del elenco original, el espectáculo invita al público a recorrer la historia de aquel montaje que, en 2006, cambió para siempre el rumbo del teatro musical en México.
Resulta inevitable mirar el escenario y pensar en todo lo que vino para cada uno de ellos. Aquellos jóvenes que encontraron en Hoy no me puedo levantar su primera gran oportunidad hoy regresan convertidos en figuras consolidadas del teatro, la televisión, el cine y la producción. Sin embargo, cuando vuelven a compartir escenario, da la impresión de que siguen siendo ese grupo de actores que ensayaba sin imaginar que estaba haciendo historia.
20 años después funciona como un concierto-performance documental donde las canciones emblemático trío español sirven para recorrer la memoria de un grupo de actores que, sin saberlo, protagonizarían uno de los fenómenos más importantes del teatro musical en México. Al cabo de unos minutos ya no importa si llegaste esperando el musical original. Lo único que importa es notar que conoces más canciones de Mecano de las que recordabas y que, sin darte cuenta, llevas media función cantando con el resto del teatro.
Basta que suenen los primeros acordes de Hoy no me puedo levantar para que el CCT1 deje de ser un teatro y se convierta en un enorme karaoke emocional. Hay quien apenas murmura. Hay quien no se guarda una sola estrofa. Y hay quienes, como yo, simplemente nos rendimos y cantamos de principio a fin. Porque ese también es el pacto del espectáculo: aquí nadie viene a ser un espectador pasivo.
Y es que la nostalgia no sólo se escucha; también se ve. El rojo, el blanco y el negro —los colores que durante años identificaron al musical— dominan la puesta en escena. Están presentes en el vestuario, la iluminación, las proyecciones y hasta en la identidad gráfica del espectáculo, la misma que acompaña el programa de mano y la mercancía oficial. Todo parece recordarle al público que está entrando, una vez más, al universo de HNMPL.
Desde el comienzo, un detalle resume el espíritu de la noche mejor que cualquier discurso: sobre el escenario descienden las icónicas chamarras rojas con los nombres de Mario, María, Colate, Ana, Chakas, Patricia, Guillermo, Venancio y Malena. Convertidas en un elemento central de la puesta que abren paso a la memoria.
Entre canción y canción aparecen videos inéditos, fotografías y confesiones de las audiciones. Luis Gerardo Méndez recuerda haber sido el último en integrarse al elenco; Valeria Vera y Rogelio Suárez, los primeros en recibir la llamada; Alan Estrada y Fernanda Castillo evocan el hambre con la que vivían cada función. Poco a poco, el espectáculo deja de ser una revisión del musical para convertirse en el retrato de la familia que se formó detrás de él.
El elenco abraza el paso del tiempo con una naturalidad entrañable. Se ríen de sí mismos, recuerdan anécdotas y celebran el camino recorrido. Lo más conmovedor es descubrir que, pese a haber construido trayectorias tan distintas, basta verlos compartir nuevamente el escenario para entender que siguen siendo esa familia que nació hace veinte años entre ensayos y funciones.
El intenso número flamenco interpretado por Fernanda Castillo confirma la fuerza escénica que siempre la ha caracterizado, mientras que “Hijo de la luna”, envuelta en un cielo estrellado, regala uno de los pasajes más delicados y emotivos de toda la noche.
Uno de los momentos que más disfruté fue “Cruz de navajas” donde Alan y Fernanda recorren una Ciudad de México creada mediante videomapping a bordo de una estructura que evoca un automóvil. Las proyecciones atraviesan el Centro Histórico y convierten el escenario en una ciudad en movimiento, demostrando que este homenaje encuentra un lenguaje propio para dialogar con el recuerdo.
En contraste, “Maquillaje” se convierte en uno de los momentos más festivos de la noche. La función del pasado domingo nos regaló una sorpresa especial con la aparición de Las Pepas, que elevaron la energía del teatro y provocaron una ovación inmediata. Fue uno de esos instantes que hacen pensar que cada función puede guardar una sorpresa distinta.
Quizá el momento más entrañable y nostálgico es cuando surge la fecha del 7 de septiembre y recuerdan, entre risas, que cada año el grupo se reúne —así sea en un grupo de WhatsApp— para celebrar el musical. Ninguno deja pasar la fecha.
Es un ritual que sobrevivió al paso del tiempo, a las giras, los proyectos y las agendas imposibles. Tal vez, por eso, “El 7 de septiembre”, interpretada por Alan y Fernanda, bajo un bosque de lámparas suspendidas, se convierte en uno de los momentos más emotivos de la noche. Ya no son Mario y María esperando reencontrarse, son dos amigos recordando la historia que los unió para siempre.
Pero como todo gran concierto, llega el momento de despedirse. El elenco regresa al escenario para interpretar “La fuerza del destino”; en cada gesto se respira una hermandad pura, mirándose con esa complicidad que solo tienen quienes compartieron la oportunidad que les cambió la vida.
Entonces regresan las chamarras rojas, pro ya no llevan escritos los nombres de Mario, María o Colate. Ahora llevan los nombres de Alan, Fernanda, Luis Gerardo, Valeria, Rogelio, Janette, José Luis, Guillermo y Erika. Ya no representan a los personajes que los dieron a conocer, sino a los artistas en los que se convirtieron durante estas dos décadas. Sin decir una sola palabra, el espectáculo resume el verdadero sentido de esta celebración. Y en las pantallas aparece el mensaje “Felices 20 años”.
Al final, 20 años después HNMPL, confirma que algunas historias no terminan cuando baja el telón, permanecen en las canciones, en la memoria del público y en la amistad de quienes las hicieron posibles, y esa es la verdadera fuerza del destino.
Por Itaí Cruz, Fotos: Gou Producciones
















