Para el fantasma de Madrid 13, que nos sigue trayendo a Godot“.

La noche de junio de 1955, en Coyoacán, no importaba si llegaba o no el ente al que aludía el título: las casi cien butacas del Teatro La Capilla estaban a reventar. Los presentes -entre ellos críticos y figuras teatrales de la época- estaban dispuestos a atestiguar el estreno en español de la obra que apenas un par de años antes había cimbrado la escena europea: Esperado a Godot, de un autor irlandés que para esos años ya gozaba de un reconocimiento como narrador, poeta y dramaturgo experimental: Samuel Beckett.

La pieza, ejemplo mayor del teatro del absurdo, fue traducida y dirigida por Salvador Novo, en otra de sus apuestas por traer a México los últimos gritos de la moda dramática. El montaje mexicano, al igual que el original francés dirigido por el legendario Roger Blin, mereció asombros y elogios. El público aplaudió a rabiar una obra en la que no pasaba nada. Y, desde entonces, todo ha pasado.

Esperando a Godot se presentó en México el mismo año en que fue traducida por el propio Beckett al inglés y fue estrenada en Londres, bajo la dirección de Peter Hall, una de las personas más influyentes del teatro inglés del siglo XX.

Para interpretar a los dos personajes centrales, Vladimir y Estragon, Novo eligió a dos sólidos actores de entonces: como Estragón (Novo castellanizó los nombres de los personajes) el español Antonio Passy, quien estando en nuestro país se especializó en la actuación y dirección de textos franceses clásicos y contemporáneos, lo cual realizó hasta su retorno a España, al acabar la dictadura franquista; como Vladimiro, el mexicano Carlos Ancira, para quien esta obra significó apenas uno de sus múltiples éxitos teatrales, los cuales cesaron con su temprana muerte en 1989, a los 58 años de edad. En los no menos importantes personajes de Pozzo y Lucky, los actores Mario Orea y Raúl Dantés, quien tuvo una notable y breve trayectoria como actor y docente teatral.

En la pieza de dos actos, dos vagabundos se plantan cada tarde a la orilla de un camino para esperar, juntos, a Godot. Otra pareja, Pozzo y su esclavo Lucky, se apersonan por momentos para hacerles, por así decirlo, compañía. Un niño llega con un anuncio: Godot no vendrá hoy. Vendrá mañana. Y a la tarde siguiente, Gogo y Didi se plantan nuevamente a la orilla del camino para esperar, juntos, a Godot. Pozzo y Lucky aparecen de nueva cuenta y, luego de ellos, el niño reaparece para informarles que tampoco hoy vendrá Godot. Vendrá mañana. Y al caer la noche los dos vagabundos acuerdan que volverán a la tarde siguiente para plantarse a la orilla del camino para esperar, juntos, a Godot. Y deciden irse. Pero no se mueven de allí. Pero no se mueven. Pero no.

Quién es, qué es, cómo es, por qué no llega, cuándo llegará, ¿llegará?, ¿existe? son preguntas que se hizo el público de mitad de la década de los cincuenta y que hoy, a setenta y dos años de su estreno en París y setenta de su estreno en Coyoacán, se sigue haciendo.

Decía el crítico Martin Esslin -quien lanzó el concepto “teatro del absurdo” precisamente para ubicar los dramas de Samuel Beckett- que cuando el director teatral Alan Schneider le preguntó al dramaturgo por el significado de Godot, la respuesta del irlandés fue contundente: si lo supiera, lo habría dicho en la obra. Una pieza de personajes estáticos, con diálogos de un aparente sinsentido, con un segundo acto en el que se repite lo que acaeció en el primero: una pieza en la que no pasa nada es la pieza que, en muchos sentidos, fundamenta la dramaturgia y la escena del siglo XX y, de paso, la del XXI. Y por ello, se trata de una de las obras más leídas, estudiadas, referenciadas y, por supuesto, escenificadas.

En México, atrás ha quedado el miedo que tuvo Novo al ponerla en escena: “Por primera vez en mi carrera al servicio del teatro, ignoro totalmente cómo pueda reaccionar el público frente a Esperando a Godot. Tengo al respecto la más apasionada curiosidad. He puesto en la difícil, laboriosa preparación de esta obra de cuatro personajes masculinos, sin lujos, sin estrellas, el máximo esfuerzo. Me fascina el test de averiguar si dura en cartel unos cuantos días –los precisos para ofrecerla a unas cuantas personas capaces de recibir su impacto o de disfrutarlo– o si hay muchas, inteligentes, sádicas, masoquistas o deseosas de buen teatro, y entonces dura mucho”. A lo largo de siete décadas, ha habido varios intentos profesionales, académicos y aficionados, de esperar a Godot sin morir en el intento.

En 1979, Javier Díaz Dueñas dirigió un montaje de Esperando a Godot que además protagonizó junto a Francisco Galán; ya en el nuevo milenio, Agustín Meza logró una muy aplaudida puesta en escena estelarizada por Gustavo Muñoz como Estragón y Harif Ovalle como Vladimir.

En 2013, José Caballero escenificó una versión de la pieza con los jóvenes de la compañía El Coro de los Otros que tuvo varias temporadas. Desde 2015, José Luis Cruz -perteneciente, junto con Caballero, a la primera generación del Centro Universitario de Teatro- presentó un montaje que estelarizaron los actores David Ostrosky como Estragón y Josafat Luna como Vladimir, el cual ha tenido distintas temporadas en diversos foros teatrales de la ciudad de México, con cambios en su elenco, siendo la última en 2022.

Tanto Agustín Meza como José Luis Cruz dirigieron recientemente la otra obra capital de Samuel Beckett: Final de partida, la cual fue escenificada por primera vez en nuestro país por el director chileno recién llegado a México Alejandro Jodorowsky, quien también la estelarizó, junto a Carlos Ancira.

El montaje de Meza, protagonizado por Luis Alberti y Medín Villatoro, se estrenó en 2023; es una adaptación con elementos no nada más de Beckett, sino de El rey Lear y El libro de Job.

También de 2023 es la puesta en escena de Cruz, que contó con las actuaciones de Evaristo Valverde y Carlos Mendoza. Otros montajes recordados de esta segunda obra maestra del absurdo son el que dirigió Abraham Oceransky en la Compañía Nacional de Teatro en 2010, con la traducción y actuación del primer actor Claudio Obregón, en el que sería su último momento sobre el escenario. En una propuesta muy diferente, la versión intimista de Manuel Domínguez, quien en 2016 dirigió a Roldán Ramírez y Carlos Rodríguez.

Volviendo a Godot, en 2017, la Compañía de Teatro Penitenciario, bajo la dirección de Itari Marta, ofreció funciones de su particular versión del texto en el escenario de la Penitenciaria de Santa Martha Acatitla.

Otra directora, Ruby Tagle, es quien actualmente tiene en cartelera la versión más reciente. Protagonizada por Ernesto Godoy y Gabriel Ronquillo, se presenta en el Teatro El Milagro, en una producción independiente, al igual que el resto de los montajes aquí aludidos.

Al contrario de ciudades como Nueva York y Londres, en los que esta obra se presenta en el circuito comercial, en México Godot ha sido esperado desde el teatro independiente, en teatros de bolsillo. La angustia, el vacío, la nada que expresan Didi y Gogo en su eterna y malhadada espera, se ha hecho muy de cerca del espectador. Para hacerle gozar con la asfixia.

El impacto de esta pieza en nuestro país ha sido tal que, amén de las producciones mencionadas y además de los textos y montajes en los que resuenan los ecos de Godot -Ñaque o de piojos y actores de José Sanchis Sinisterra, El gordo y el flaco van al cielo de Paul Auster en versión de Emilio Ebergengy, Los idiotas de Carlos Liscano, Negro de humo de Fernando Bueno, Un propósito claro de Ileana Villarreal, Instrucciones para jugar de memoria de Camila Villegas, Las tropas de Fernando Reyes Reyes, La cría de Carlos Talancón e Instrucciones para esperar de Caín Coronado, entre otras- son dos las más contundentes aportaciones mexicanas al universo de Esperando a Godot. La primera, la traducción de la obra al náhuatll: In octicchíah in Godot, a cargo de Patrick Johansson, publicada por, precisamente, Libros de Godot.

La segunda, una obra de teatro escrita en México que rinde tributo al absurdo y la tragedia de Beckett y Godot desde la óptica del mentor del primero, James Joyce. Riñón de cerdo para el desconsuelo de Alejandro Ricaño– estrenado, precisamente, en el Teatro La Capilla dirigido por Angélica Rogel– es un texto que une los mundos de la literatura, el teatro, Joyce, Beckett, París e Irlanda a través de dos personajes entrañables que le dan sentido y acomodo al sinsentido, a la repetición, al absurdo, la angustia, la asfixia, el vacío y la nada que representan desde hace 70 años, en México, Didi y Gogo.

Gustave y Marie, creados por Ricaño, son los Vladimir y Estragon que, desde una pluma mexicana, también habitan ese abismo existencial que no solo experimentan los personajes que esperan a Godot: al público, esté en Francia, Londres, Buenos Aires, Coyoacán o comunidades en donde se hable la lengua náhuatl, también lo atraviesa.

Por eso, aunque no pasa nada, siete décadas después al espectador le pasa todo: también espera, desde su butaca, junto a esos dos vagabundos, que llegue ese alguien o ese algo que justo a mitad del siglo XX nos prometió Samuel Beckett, ese “jodido irlandés” al que Gustave y Marie, al igual que Didi y Gogo, odian con esa felicidad absoluta que sólo el fracaso puede dar.

Por Enrique Saavedra