Por Alegría Martínez/ Nocturno inicia con la mención de un hecho atroz dicho en voz alta por quien cometió el acto, inmerso involuntariamente en un trágico accidente que destrozó su vida y la de su familia. El actor que lo interpreta se encuentra de pie, sobre un piso de tablones de madera, bajo una estructura rectangular. Un techo sin cubierta, conformado por las aristas de una esbelta caja abstracta que delimita el espacio y deja pasar la luz. Los laterales reflejan la espalda de Daniel Giménez Cacho, quien crea a un narrador de su propia existencia, cuarteada desde que tenía 17 años.

Un aplauso espontáneo del público da la bienvenida al histrión en cuanto entra a escena. Un joven del equipo técnico, le ajusta el breve micrófono, cruzan unas palabras y sale de escena. La acción desconcierta. Segundos más tarde, el primer parlamento, se percibe como un latigazo. La confesión del personaje, a través de una voz seca y templada, comparte pormenores de su actividad cotidiana antes del fatal suceso.

El texto escrito por Adam Rapp, con traducción de Guillermo Wiechers y dirección de Francisco Franco Alba, describe con precisión, lo que el personaje piensa y siente, lo que observa, lo que le rodea, la reacción de su padre y de su madre; la cadena de sucesos derivados de la muerte de su pequeña hermana, que se revelan poco a poco, vivos al interior del hombre que desde entonces padece su existencia.

Giménez Cacho nutre cada palabra con la angustia, el dolor y la culpa que exhala su personaje, el narrador, como si éste viviera todo de nuevo. De frente, en interlocución directa y franca ante un público que ocupa las 400 butacas del teatro, la mente del adulto ajado en que se ha convertido aquel adolescente, transita, en su recuerdo por aquella zona suburbana de Illinois, donde el volantazo de un reluciente Buick 1969, transformó su existencia en una lánguida pesadilla.

Nocturno es una obra que entra por los oídos, que exige atención plena y a cambio entrega una amplia conversación, entre el personaje, y el espectador que se regala la oportunidad de escuchar un monólogo que resuena en el silencio del patio de butacas. Giménez Cacho dota de imágenes expansivas cada hecho, como los círculos concéntricos de una piedra que cae al agua.

Su capacidad para comunicar, para generar la esencia de verdad que exige la ficción de acciones narradas, propulsa la imagen de lo sucedido y de cada uno de los objetos, agrandados como ante una toma en “close up” en el recuerdo de aquel hijo de familia que trae al presente los zapatos bicolor y los calcetines con olanes de su hermanita, su vestido de flores y antes, el sonido del impacto, acompañado de imágenes de terror creadas, mediante una narrativa sosegada, que abre paso a la auto contemplación del personaje en su caída libre a la atrocidad, sin estridencias.

La obra de Rapp, estrenada en 2008 en el Teatro Almeida de Londres, es un viaje en reversa que dura 15 años y transforma en imán cada elemento descrito, como el árbol que sangra, los muebles de formica, el piano Steinway de 1942, tesoro paterno que ancla la vida de un joven virtuoso del piano, a ese padre amante de la música, posteriormente asido a un dolor que lo engulle rumbo a la violencia. El texto pone en evidencia la incapacidad humana para despojarse de la culpa y la imposibilidad de perdonar, que se eterniza hasta el aniquilamiento.

Las notas al piano, del Nocturno Op. 9 No. 1 en si bemol menor, de Frédéric Chopin, la conocida letra y la música de Eye in the sky, The Alan Parsons Project, entre otras piezas, inundan la escena, como la sombra o la luz, que surge de espacios distintos en intensidad variante, mediante un juego continuo que inserta al personaje en otros ámbitos, para ir y volver de su memoria al momento en que la externa en palabras.

El pasto que escapa entre los maderos, del piso, sillas y mesas suspendidas, el papel tapiz con adornos de madera en medio muro del viejo hogar, aparecen de repente, como si surgieran de las vivencias que externa el protagonista. Un hombre que sobrevivió entre lecturas y volúmenes que le sirvieron de mueble y resguardo.

La escritura en máquina mecánica, el encuentro con una mujer de cabello rojo, la vida neoyorkina de bajo costo, una breve bocanada de éxito y el paulatino deterioro de sus padres, parecieran parte del alto costo que el destino le hizo pagar a un hombre incrustado en la imposibilidad de evitar la tragedia.

Nocturno es una experiencia que muestra la brillantez de un relato trágico en voz de un actor capaz de vivir de nuevo los recuerdos que llegan a su personaje, de comunicar nítidamente cada elemento, tanto de su entorno, como de su acción interior, y transmitirlo.

A ratos de pie, por momentos sentado en flor de loto, o mientras recorre un lado del escenario como si anduviera por la orilla de un abismo, Giménez Cacho mantiene tenso el invisible hilo atado al acontecimiento, como el paso continuo de la sangre, semejante a la que supura el árbol en la casa paterna de este narrador, que incide -si el espectador se dispone- en el estupor, el pesar, el refugio que concede el arte, y el largo impacto provocado por un acto irreparable.

Aurelio Palomino diseña escenografía, iluminación y vestuario. Alejandro Gou y Guillermo Wiechers, producen un montaje que enlaza la atención y la escucha con la vida estancada de un hombre, y la de sus padres, a quienes el destino alojó en el duelo eterno.

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Foto: Cartelera de Teatro