Por Mariana Mijares/ La violencia, la represión y el desencanto dejan marcas silenciosas que se pueden quedar en las familias. De ahí parte Mujeres soñaron caballos, texto del dramaturgo argentino Daniel Veronese. La obra está atravesada por dos momentos clave en la historia reciente del país sudamericano: la dictadura militar argentina (1976-1983), autodenominada Proceso de Reorganización Nacional; y la crisis y la post crisis que atravesó –ya en democracia– en el 2001 y el 2002. El primero de ellos resuena fuertemente y se resignifica en un país como México, donde la violencia sigue siendo una constante cotidiana.

“Sentí que debía escribir sobre esa necesidad de estar en el aire, de vivir en el aire, cuando la tierra ya no puede soportar el peso de nuestro pensamiento. Estando en el aire, ¿a qué nos atrevemos?”, señala el dramaturgo y director argentino en el programa de mano. Esa idea atraviesa toda la obra: personajes que viven en una especie de suspensión, sin tocar del todo una realidad que no terminan de comprender, o que prefieren no nombrar.

El montaje estrenado originalmente en 2001 y que ha sido presentado en distintos países de América Latina, sigue a tres parejas: Iván (Juan Ríos) y Lucera (Gina Granados); Bettina (Mónica Jiménez) y Roger (Carlo Basabe); Ulrika (Francesca Guillén alternando con Estela Aguilar) y Rainer (Víctor Loorns). Las tres mujeres están unidas por un mismo vínculo: sus parejas son hermanos.

La reunión familiar ocurre bajo el pretexto del cierre de un negocio, detonando un almuerzo esmeradamente preparado por Bettina, quien incluso ha aprendido una nueva receta para la ocasión: arroz turco.

Bajo la dirección de Mariana García Franco y Abraham Jurado, la obra empieza a construir un espacio de tensiones contenidas. Lucera es uno de los ejes: una mujer joven que se muestra cansada físicamente, pero también de su relación, atrapada en un matrimonio y en una vida que no termina de entender, una actitud que Gina Granados logra transmitir con sensibilidad.

“Yo también tengo necesidad de expresarme, pero solo vomito”, dice Lucera, dejando ver no solo su incapacidad para articular lo que siente, sino los años que lleva contenida.

Poco a poco, se va entendiendo que su historia está atravesada por un origen que le ha sido ocultado: creció bajo el control de estos hombres, sin conocer de dónde viene. En ese sentido, la obra dialoga con una de las heridas más profundas de la dictadura argentina: la apropiación de hijos de desaparecidos por parte de otras familias o figuras de poder.

Lucera, al igual que Roger, aparece como alguien “traído”, incorporado a una familia que ha normalizado sus propios secretos, y también los silencios.

La dinámica de Bettina y Roger enfrenta otras tensiones: ella es significativamente mayor, lo que la vuelve insegura, sobre todo frente a actitudes como las de Ulrika, quien parece más interesada en Roger que en su propia pareja. Pero más allá de los conflictos visibles, la tensión sigue creciendo por lo que no se dice.

La escenografía de Alberto Reyna (también responsable de la iluminación) refuerza esta idea: sitúa a los personajes en un único espacio recubierto de madera, cerrado, donde la familia parece asfixiarse. No hay distracciones visuales; todo nos recuerda esa sensación de encierro.

“La escasez que viven los personajes también se traduce en el espacio”, ha explicado la directora en una entrevista con Proceso. Esa austeridad de objetos dialoga, precisamente, con la escasez emocional de los personajes: lo que falta no solo es material, sino afectivo.

Uno de los quiebres ocurre cuando Lucera acusa a Bettina de haberle robado su libro de cocina. Este incidente, en apariencia menor, se transforma en una grieta que deja ver algo más profundo: la manipulación de la memoria, la negación de los hechos, la construcción de una verdad conveniente. Este gesto encuentra eco hacia el final, cuando se revela la dimensión real de los secretos de esta familia y el intento de los hermanos por imponer una versión de la realidad que Lucera tuvo que aceptar.

Es ahí donde se hace aún más visible la violencia que atraviesa la obra: una presión constante, casi como una olla exprés, en la que se acumulan omisiones, silencios y complicidades. De este modo, la obra sugiere que la violencia no está únicamente en los conflictos armados o las dictaduras políticas, sino también en lo doméstico, en aquello que se normaliza dentro de una familia.

Más que ofrecer respuestas, Mujeres soñaron caballos cuestiona, incomoda. Lleva a reflexionar qué entendemos por familia; y sobre todo, por violencia.

Al cerrar, la obra regresa a esa idea de Veronese de “habitar el aire”: sostenerse en lo no dicho… hasta que ya no se puede. Porque, eventualmente, en la vida, todo suele caer por su propio peso.

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Fotos: Cartelera de Teatro