Por Alegría Martínez/ El entramado de madera del teatro del Palais-Royal en París, en un “modificado” año 1666, y el breve recibidor de una actriz, quedan expuestos sobre el escenario como si abrieran sus entrañas bajo grandes espejos que reflejan sus distintos ángulos. Aquí tiene lugar la acción de Misantropías, comedia de Héctor Mendoza, (1932-2010), en la que hace homenaje Jean Baptiste Poquelin, Moliére, a su talento y su obra, así como a actrices y actores de su compañía, mediante un concienzudo, crítico, mordaz y divertido acercamiento a la complejidad del género humano y a la actoralidad, que el director Luis de Tavira amplifica en escena.
El juego entre distintas concepciones de la vida y el teatro, vía el franco y revelador diálogo entre Juan y Magdalena, actriz, que fuera primera esposa del comediante; la inminente quiebra financiera de la compañía teatral, que da ocasión al chantaje de un hombre con poder adquisitivo y sueños artísticos para “salvarla”; y los vínculos amorosos entre algunos integrantes de la compañía teatral, forman parte de lo que desarrolla esta obra de Mendoza, en la que se mezclan, como en vasos comunicantes, pasiones, odios, traición, obsesiones y verdades, tanto entre actrices y actores de la compañía de Moliére, como en voz de los personajes representados, que cruzan ficción y realidad en el siglo XVII.
Misantropías, fue estrenada en La Capilla del Centro Cultural Helénico en 1993, con dirección de Flora Dantus (1937-2023), colaboradora, productora y asistente de dirección de Mendoza para distintos montajes. En el año 2000, esta obra se escenificó con dirección de Mario Espinosa y escenografía de Gabriel Pascal y se incluyó en el circuito del ISSTE, que realizó giras por distintas entidades del país, además de dar funciones en los desaparecidos Teatros de La Ciudadela y el Julio Jiménez Rueda.
Cabe mencionar que tanto en dichas temporadas, como en el estreno actual, Luis Rábago representó el papel de Juan y Alceste, con características propias de El misántropo y de El enfermo imaginario, que también poseía el autor de Las preciosas ridículas.
En esta tercera oportunidad, Rábago le otorga a su personaje la madurez de un comediante cansado y sabio, que no cae en las provocaciones de su exmujer. Este hombre harto de discutir, que utiliza las palabras precisas y se sincera, se expresa también vía la experiencia del actor, mediante pausas y silencios, que resignifican lo que calla, a través de algún movimiento de manos, de hombros o una inclinación de su cabeza, cubierta por una larga y rizada peluca oscura.
Rábago, actor de número de la Compañía Nacional de Teatro, crea meticulosamente al actor y al personaje del dramaturgo y director francés que fue perseguido, encarcelado y amenazado de muerte en distintas ocasiones.
Poseedor de “un humor tenebroso”, el autor de Tartufo o El impostor, que llegó a tener manchas en la piel y a exhibir breves tics, hombre que “a menudo se quedaba sentado en su gabinete, enfurruñado como un pájaro enfermo” -como lo apunta M. Bulgákov, en su “Vida del señor Moliére” – llega a dar la impresión en la interpretación de Rábago, de que la fragilidad del personaje, que asoma entre su actitud confrontadora y su mordaz crítica a una sociedad hipócrita, lo transforma a ratos, en esa ave que se recoge continuamente al interior de sus rasgadas alas.
La actual temporada de Misantropías, bajo la dirección de Luis de Tavira, quien fuera alumno de Héctor Mendoza, adjunto y cómplice teatral, tanto en la labor docente, como en distintos emprendimientos teatrales, es un homenaje de la Compañía Nacional de Teatro, que dirige actualmente Aurora Cano, al dramaturgo, director y formador de brillantes generaciones de actrices y actores, a quien de Tavira llamó en 1994, al celebrar 40 años de vida la teatral de Mendoza, “el misántropo filantrópico”.
Luis de Tavira, toma el texto de su mentor y crea un amoroso y honesto homenaje escénico al también autor de obras como El burlador de Tirso, La guerra pedagógica, Actuar o no y Creator principium, entre otras en las que Mendoza crea una dramaturgia que expone con ingenio, humor e ironía, parte de su método actoral, del que también se nutren otros de sus textos y algunas escenas de Misantropías, entre Juan y Magdalena, al discutir sobre la actuación.
Luis de Tavira crea un espectáculo en el que sigue la huella de su mentor, al apropiarse de su obra -con lealtad al texto original y a buena distancia de sus versiones “libérrimas”. Su dirección le otorga un orden ligeramente distinto a los “Discursos”, escritos por Mendoza, quizá con la intención de que las dos partes de esta comedia, de compleja estructura, adquirieran mayor claridad para el público, como sucede.
El director, como suele hacerlo, ante un nuevo montaje, realiza una exhaustiva investigación del contexto de la época, los antecedentes de los personajes, de su circunstancia, el tono, la estética y los sucesos clave que al tener lugar antes, o después, redimensionan cada acción. De esta forma, De Tavira exhibe y despliega ante el espectador buena parte del universo, generalmente oculto, que sustenta la obra.
En esta oportunidad, Luis de Tavira incorpora música, danza y algunos sucesos de la vida de Moliére, como aquella ocasión en la que el rey hizo traer a la corte un clavecín “mágico”, que tocaba solo, como se aprecia en escena. Hecho que le provocó un desmayo a la reina, por lo que se procedió a abrir el instrumento, en cuyo interior se encontró a Barón, hijo de un comediante que actuaba en una compañía infantil, a quien Jean Baptiste cuidó, enseñó el arte de la escena, e incorporó a su compañía.
Sebastián Espinosa Carrasco -también autor de la música original y el diseño sonoro- y Elvira Marzal, ejecutan diversos instrumentos y cantan en vivo. El montaje incluyen también partes dancísticas a cargo de Sebastián Rivera, Jesús Camacho, Frida Castell y Estefanía González, estudiantes de la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea del INBAL, lo que genera el ámbito vivo de una compañía teatral y hace referencia a todas esas comedias de ballet, que el autor de El médico a palos creó para complacer al rey Luis XIV.
Luis de Tavira, que ha trabajado en distintas oportunidades, tanto con Rábago como con Arturo Beristain, muestra el resultado de un arduo trabajo de cohesión del lenguaje actoral con el resto del elenco, conformado por integrantes de la CNT de distintas edades y formación, como: Octavia Popesku, que en el papel de Magdalena crea a un personaje sólido, enérgico y astuto; Marissa Saavedra, quien como Celimena hace oscilar en buen equilibrio a la actriz que representa en escena; Roldán Ramírez, como Filinto/Barón, bien plantado en las diferencias y distintos planos de realidad de sus personajes; Georgina Arriola Martínez, que ancla certeramente a Arsinoe, en su tangible y progresiva obsesión pasional; y Estefanía Norato, efervescente en el doble juego que practica Elianta.
Oronte, el personaje que podría evitar la bancarrota, el castigo al director de la compañía y con esto su extinción, construido por Arturo Beristain, conmueve al desplegar la ingenuidad de sus sueños artísticos, su auténtica esperanza, su deliciosa y cómica torpeza al interpretar una “Cantatura” de su autoría, y la transformación de este hombre, proveniente de familia acaudalada, en verdugo de su ídolo. Es gozo el trabajo actoral de Beristain, apuntalado por los diversos matices que exige cada una de sus intervenciones.
Misantropías, bajo la dirección de Luis de Tavira con la Compañía Nacional de Teatro, es un amoroso, profundo y divertido homenaje profesional al dramaturgo, director y maestro Héctor Mendoza, instaurador y verificador, como lo apunta de Tavira, del concepto de puesta en escena.
Mendoza, director de montajes inscritos en Poesía en voz alta, que en 1956 sorprendiera a público e intelectuales y escandalizara a las autoridades por su forma antisolemne y vanguardista de abordar en escena textos considerados intocables; autor que le otorgó otra dimensión a los clásicos y los acercó a los espectadores través de sus distintas versiones y montajes; creador de una escuela mexicana de actuación, dramaturgo de alrededor de 80 obras -más de 46 publicadas- y alrededor de 70 puestas en escena, fue poseedor de una profunda y luminosa creatividad teatral, incisiva y rigurosa, en sus últimos años enfocada a la metafísica y cuya aportación a este arte clama por ser estudiada, comprendida y difundida.
La puesta en escena de Misantropías, “comedia sobre dos temas molierescos en un acto dividido arbitrariamente en dos partes”, como lo especificó su autor, cuenta con dirección adjunta de Antonio Salinas y asistencia de dirección de Jorge Valdivia; reveladores y contundentes diseños de iluminación y escenografía de Jesús Hernández; hermoso vestuario de época de Jerildy Bosch; maquillaje y peinados de Maricela Estrada; producción residente de Ximena Alfonso y producción ejecutiva de Extravagancia funcional, S.C.
Para conocer más información de Misantropías, da clic aquí.
Fotos: Sergio Carreón Ireta















