Por Kerim Martínez/ El fenómeno de Mentiras, escrito por José Manuel López Velarde, se ha consolidado como uno de los casos más singulares de permanencia dentro del teatro musical en México, al grado de ser considerado el musical de rockola mexicano más longevo en cartelera. Su vigencia, lejos de agotarse, se ha visto reforzada recientemente con la aparición de Mentiras, la serie, que amplió notablemente su público. La serie no solo reavivó el entusiasmo de los seguidores habituales, sino que atrajo a espectadores que incluso desconocían la existencia de la obra teatral y que hoy se acercan a ella con renovada curiosidad.
La premisa es tan simple como deliberadamente melodramática: tras la misteriosa muerte de Emmanuel, cuatro mujeres (Daniela, Dulce, Lupita y Yuri) son convocadas a un mismo lugar para aclarar qué ocurrió. Cada una está convencida de haber sido el gran amor del difunto. Lo que sigue es un desfile de revelaciones, reproches y alianzas momentáneas, donde las versiones del pasado se contradicen al ritmo de los grandes éxitos ochenteros.
La historia avanza con un claro pulso detectivesco: a través de flashbacks, sospechas, celos y verdades a medias, el rompecabezas amoroso se arma —y se desarma— mientras cada una intenta descubrir quién decía la verdad… y quién vivía, en realidad, rodeada de mentiras. La trama se construye a pedazos, y cada revelación abre naturalmente la puerta a una nueva canción. En este mecanismo, el público no permanece del todo pasivo: canta, reconoce y celebra cada referencia ochentera como si formara parte del ritual. No es raro percibir entre los asistentes a espectadores reincidentes; parte del secreto de su longevidad radica también en la constante rotación de actrices y actores que, con el tiempo, han desfilado por la puesta en escena. Hoy, el programa de mano anuncia un total de 25 intérpretes que alternan los personajes, manteniendo vivo el juego de versiones.
En la función que corresponde a esta reseña, el elenco ofreció interpretaciones sólidas que dialogan bien con el tono juguetón del musical. Jimena Cornejo, como Lupita, destaca por su preciso manejo corporal, su gracia natural y una evidente facilidad para la comedia; juega con el personaje de la secretaria y parece saber en todo momento que tiene al público de su lado. Regina Rey, en el papel de Yuri, impresiona por la potencia y claridad de su voz —la más afinada del grupo— evocando la fuerza vocal de las intérpretes que popularizaron estos éxitos en los años ochenta. Enrique Montaño, como Emmanuel, aporta carisma y presencia varonil, logrando que el espectador entienda por qué todas pudieron enamorarse de él: encarna con eficacia al seductor conquistador que representa cierto imaginario del macho mexicano. Lucía Madariaga, en Daniela, explota con buen ritmo cómico el acento fresa del personaje, especialmente en los momentos que remiten a su pasado como quinceañera.
La cereza del pastel llega con Sofía Richy en el papel de Dulce: tierna, vulnerable y frágil sin caer en la caricatura, sostiene una presencia escénica notable y se involucra con verdad en cada escena. Su trabajo confirma algo que el propio fenómeno de Mentiras ha demostrado con los años: el musical funciona también como una auténtica plataforma de intérpretes. En este caso, además, abre una puerta significativa al integrar a una mujer trans sumamente talentosa —quien previamente había interpretado a Daniela— convirtiéndose en la primera en participar dentro de la versión original de este ya expandido “multiverso” escénico.
Uno de los grandes aciertos del montaje es la propuesta visual de Jorge Ballina en diálogo con la iluminación de Pablo Gutiérrez. El escenario se construye a partir de una estética de colores neón y líneas de luz LED que recorren el espacio y generan una suerte de cajas o vitrinas donde los personajes aparecen como muñecas exhibidas. El dispositivo permite un movimiento constante: las actrices se desplazan por distintas bandas del piso que organizan la escena y dinamizan la acción. En momentos clave, grandes letras luminosas recrean el icónico letrero de “El Patio”, transformando el teatro en un cabaret ochentero. La iluminación no solo embellece el cuadro, también narra: por instantes enfrenta a los personajes como en un ring melodramático y, en otros, los eleva hasta convertir la ficción teatral en la atmósfera de un gran concierto.
El diseño de vestuario de Eloise Kazan y Estela Fagoaga, en conjunto con el diseño de maquillaje y peluquería de Cinthia Muñoz, demuestra un cuidadoso estudio de la estética ochentera. Lejos de buscar una reconstrucción estrictamente realista, la propuesta opta por romantizar la época, exagerando sus colores, peinados y siluetas hasta volverla más brillante, divertida y francamente “locochona”. Los vestuarios, además de vistosos, resultan funcionales para la dinámica del montaje: las propias actrices se colocan y retiran prendas en escena, tomándolas de las vitrinas que funcionan como sus cajas de muñecas, reforzando así el juego escénico que atraviesa toda la puesta.
Parte del encanto de la obra reside en su energía permanentemente alta, casi desbordada. La puesta es visualmente vibrante y también auditivamente intensa: las canciones —heredadas de intérpretes que hicieron del agudo un sello de estilo— se lanzan al escenario con potencia, y por momentos parece establecerse un pequeño juego implícito entre las actrices por ver quién sostiene la nota más alta. Lejos de ser un exceso, esa estridencia funciona como parte esencial de la experiencia. El espectáculo se convierte en una explosión de color, luz y sonido que envuelve al público en un clima casi onírico: invita a quienes vivieron aquella década a regresar a ella, y a quienes no, a asomarse al imaginario de sus padres para jugar —aunque sea por un par de horas— a habitar un tiempo aparentemente más simple, anterior a los celulares, la hiperconectividad o la inteligencia artificial.
Quizá el mayor logro de Mentiras no radica únicamente en su permanencia en cartelera, sino en su capacidad para crear público. A lo largo de los años —y ahora reforzado por su expansión a otros formatos— el espectáculo ha logrado atraer a espectadores que no necesariamente frecuentan el teatro. Muchos llegan por curiosidad, por nostalgia o por la popularidad de sus canciones, y terminan descubriendo la potencia de una experiencia escénica completamente viva. En ese sentido, Mentiras funciona como una eficaz puerta de entrada: un recordatorio de que el teatro, cuando conecta con su audiencia, puede despertar el deseo de volver y seguir explorando el vasto universo de las artes en vivo.
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Fotos: Kerim Martínez















