Por Kerim Martínez/ El productor Alejandro Gou vuelve a sorprender al público mexicano al apostar por uno de los títulos más esperados del teatro: Matilda, el musical, una obra que, desde su estreno original, se ha consolidado como referente contemporáneo del género por su aguda inteligencia dramática y su capacidad de dialogar con audiencias de distintas generaciones. Con libreto de Dennis Kelly, música y letras de Tim Minchin, y bajo la dirección de Nick Evans, esta versión mexicana se inscribe en una línea de producciones que privilegian tanto el rigor escénico como la potencia del entretenimiento. A ello se suma la producción ejecutiva de Guillermo Wiechers, cuya colaboración constante con Gou ha demostrado ser una mancuerna particularmente eficaz en la consolidación de espectáculos de gran formato.
La historia de Matilda tiene su origen en la novela homónima de Roald Dahl publicada en 1988, cuya popularidad derivó en una célebre adaptación cinematográfica en 1996 dirigida por Danny DeVito. Años más tarde, la Royal Shakespeare Company llevó el relato al teatro musical, estrenándolo en 2010 en Stratford-upon-Avon antes de su consagración en el West End londinense y su posterior traslado a Broadway. Desde entonces, Matilda, el musical ha recorrido escenarios en países como Estados Unidos, Australia, Canadá, España y Corea del Sur, entre muchos otros, consolidándose como un fenómeno global que combina sofisticación escénica con una narrativa profundamente accesible.
En el centro de la historia se encuentra Matilda, una niña extraordinariamente inteligente y sensible que crece en un entorno familiar hostil y desinteresado. Frente a la crueldad de los adultos —encarnada especialmente en la temible directora de su escuela—, Matilda descubre en la imaginación, el conocimiento y una inesperada habilidad, las herramientas para resistir, transformar su realidad y reclamar su lugar en el mundo.
La puesta se sostiene en un elenco particularmente numeroso —tan vasto que, por momentos, resulta casi imposible contabilizar cuántos cuerpos habitan la escena en medio de una coreografía incesante de Carmelo Segura—; sin embargo, el programa de mano confirma una cifra que supera los cincuenta intérpretes. Dentro de este engranaje, los liderazgos se definen con claridad.
Jaime Camil asume el papel de la temible Tronchatoro con una construcción precisa y traviesa: domina el tempo cómico, resuelve con solvencia las exigencias vocales y se permite un juego constante que dialoga eficazmente con el público, evidenciando un disfrute genuino en escena, particularmente en su interacción con el elenco infantil.
Por su parte, Emilia —quien alterna funciones en el rol protagónico junto a Raffaella, Elena y Lara Campos— destaca por una presencia escénica sólida, donde confluyen talento, gracia y una ternura bien dosificada; su desempeño vocal es afinado y seguro, y consigue adueñarse del escenario con la naturalidad y el magnetismo que exige el eje narrativo de la obra.
En el resto del elenco se articula buena parte del equilibrio tonal de la obra, particularmente en su tránsito entre lo cómico y lo entrañable. Verónica Jaspeado y Ricardo Margaleff, como la Sra. y el Sr. Wormwood, respectivamente, sostienen con eficacia la veta humorística desde la caricatura de unos padres frívolos, desinteresados y abiertamente mezquinos, cuyas acciones —marcadas por el engaño, la superficialidad y el desprecio por la inteligencia de su hija— funcionan como contrapunto del universo sensible de Matilda.
Por su parte, Gicela Sehedi, en el papel de la Sra. Phelps, demuestra un dominio escénico notable, particularmente en las escenas donde escucha y reacciona a los relatos de la protagonista con una verosimilitud que dota de calidez y complicidad al vínculo, sin dejar de lado una eficaz vena cómica.
Finalmente, destaca María Elisa Gallegos como la entrañable Srta. Miel —personaje que encarna la bondad, la empatía y la resistencia silenciosa frente a la opresión—, una intérprete de voz particularmente bella que conmueve y logra una conexión emocional sostenida con el público; su trabajo alterna con el de Gloria Aura.
Uno de los mayores aciertos del montaje radica en la potencia escénica del ensamble infantil: la presencia de tantos niños en escena, sostenida con una energía desbordante y un evidente rigor en su entrenamiento, se traduce en un impulso vital que contagia directamente al público y define el pulso del espectáculo. Lejos de diluirse en el caos, el conjunto funciona con precisión coreográfica y claridad interpretativa, convirtiéndose en el verdadero motor emocional de la obra.
El número musical “Niños revoltosos” se erige como uno de los momentos cumbre, donde esta fuerza colectiva alcanza su máxima expresión y es recompensada con una ovación plenamente merecida. A este trabajo se suma el sólido acompañamiento de un ensamble juvenil igualmente preparado —con nombres como María Perroni Garza, Sebastián Beltrán, Nico Domínguez y Samantha Gil, entre otros—, así como la presencia de intérpretes con trayectoria en el teatro musical como Andrés Elvira, Humberto Mont y Óscar Piñero, quienes aportan experiencia y equilibrio a la dinámica escénica.
El diseño de producción, encabezado por Armando Reyes, encuentra un equilibrio eficaz entre espectacularidad y funcionalidad escénica, potenciado por la escenografía de Jorge Ferrari y Andrea Mercado. A ello se suma el diseño de video escénico de Maxi Vecco y la iluminación de Gastón Forti, conformando un dispositivo visual que dota al montaje de la magia y la majestuosidad que exige su naturaleza.
El uso de pantallas y efectos especiales no solo amplifica la dimensión espectacular, sino que se integra orgánicamente a la narrativa, permitiendo transiciones ágiles que mantienen el ritmo sin fisuras. Destaca, en este sentido, la capacidad transformadora del espacio: una imponente biblioteca se metamorfosea en la casa de Matilda en cuestión de segundos, evidenciando un engranaje técnico preciso al servicio de la fluidez dramática.
Más allá de su envoltura lúdica, Matilda se sostiene sobre una materia profundamente incómoda: la crueldad ejercida por los adultos y la violencia simbólica que puede habitar en los espacios formativos y familiares. En este sentido, la vigencia del relato resulta incuestionable, al poner en primer plano la capacidad de una niña —o de cualquier infante— para resistir, reinventarse y encontrar una vía de afirmación personal incluso en contextos adversos que buscan minimizarla. La obra subraya, además, la importancia de los vínculos luminosos que aparecen en el camino, figuras que, desde la empatía y la escucha, permiten a la protagonista reconocerse como alguien valioso.
Matilda, el musical es un montaje que convoca a públicos de todas las edades y que ofrece una experiencia escénica dinámica, emotiva y visualmente deslumbrante. La invitación queda abierta: asistir a este espectáculo es entregarse a un relato que, entre risas, asombro y momentos de genuina emoción, garantiza un disfrute pleno en compañía de la familia.
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Fotos: Gou Producciones
















