Dice Maribel Carrasco que su obra Beautiful Julia es sobre el instinto. En el texto, que se estrenó en 2019 primero en la Sala Xavier Villaurrutia del INBAL y enseguida en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz, bajo la dirección de Boris Schoemann, Daniel, un adolescente que cursa la secundaria, se enfrenta a un proceso de identidad y autoaceptación enmedio de un ambiente escolar pleno de bullying y un entorno familiar violento.
Lo que a simple vista es una pieza sobre la formación de una identidad sexoafectiva y el acoso escolar que impide el pleno desarrollo de lo anterior, va más allá: se trata de una obra que da cuenta de la lucha diaria que se atraviesa en esa y otras etapas de la vida por la sobrevivencia, por el derecho a caminar por los pasillos de la escuela, a andar por los callejones estrechos y a sentarse a la mesa del comedor sin temor a ser violentado, sin miedo a que la familia, los compañeros, los maestros y la sociedad en pleno lo juzguen y señalen por ser distinto — ¿qué es ser distinto? nos cuestiona la dramaturga en esta y varias obras —.
Es sobre la identidad, sí, es sobre el acoso y la violencia que siguen latentes en nuestra sociedad aunque ya se les nombre y se les combata. Pero, sobre todo, la celebrada obra de la merecedora del Premio Nacional de Dramaturgia Juan Ruiz de Alarcón es sobre el instinto. Sobre la raíz de la que se agarra todo ser humano, todo ser vivo.
Oriunda de Cuautla, Morelos, Maribel Carrasco estudió la licenciatura en Trabajo Social y posteriormente fue entrando al ámbito del teatro. Y, antes del teatro, tuvo una formación expresa como actriz y lectora de poesía gracias a su encuentro con Juan Ibáñez. El espléndido director de teatro — ganador del Festival de Teatro de Nancy, Francia con su montaje de Divinas palabras de Valle-Inclán — que se convirtió en mítico realizador cinematográfico gracias a su ópera prima, Los caifanes. Bajo su guía, Maribel leyó poemas en una radio morelense y esa experiencia le permitió descubrir el mundo al que finalmente se dedicaría: el de la escena y, sobre todo, el de la palabra.
Por ello, estando como actriz -y teniendo estudios en danza- y haciendo mancuerna con Luis Martín Solís y Carlos Jaime Rivas, sintió la necesidad de escribir. Y así surgió Cuando el tecolote canta, la primera de muchas obras teatrales que Maribel Carrasco ha dedicado a un público en particular: las jóvenes audiencias. De hecho, cuando ganó el Premio Juan Ruiz de Alarcón en 2023, luego de varios años de ser postulada por otros creadores escénicos que admiran y promueven su trabajo, fue la primera autora especializada en el drama para niños y jóvenes que lo recibía.
En el teatro de Maribel Carrasco, los personajes se rebelan ante el mundo que los rodea. Están inconformes, se sienten atrapados pero saben que existen otras cosas, otras formas de estar en ese mundo. Y van hacia ello, con todas las consecuencias reales que esto conlleva. Pero al aventarse hacia la búsqueda de algo distinto, lo hacen a través de una poesía implícita en cada frase, en cada imagen, en cada movimiento. Lo más crudo de la realidad que puede permear a un niño o a un adolescente se fusiona con el más depurado y sutil lenguaje.
Por ello, obras como El pozo de los mil demonios, Niño de octubre y ¿Quién le teme a Espantapájaros? han tenido más de un montaje dentro y fuera de la Ciudad de México, dentro y fuera de la República Mexicana.
El estreno de El pozo de los mil demonios en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM, bajo la dirección de Luis Martín Solís -protagonizada por la propia Maribel y Ana Ofelia Murguía-, a decir del dramaturgo Enrique Olmos de Ita, cimbró al teatro mexicano, que hasta entonces carecía de una escena propiamente para infancias, o al menos, de textos que abordaran temáticas y situaciones apelando a la inteligencia y al entendimiento de los niños, no solamente al deseo de escuchar ruidos estridentes y ver colores chillantes.
“La sacudida que provocó El pozo de los mil demonios entre quienes hacían teatro (no solo para la infancia) a finales de los ochentas del siglo pasado y durante toda la década posterior fue una grieta que terminó derribando desde adentro la casa de supremacía adultocéntrica de la escena nacional. El primer montaje de esta obra […] originó un debate que se centraba en saber si estos temas eran prudentes para los niños y si el teatro podía abordar las pesadillas de una forma tan cruda. Que el teatro para la infancia dejara de ser entretenimiento y cuestionara la teatralidad misma, pusiera sobre la mesa los temas tabú en la literatura dramática y situara a los directores y productores en la necesidad de poner atención a los conflictos de la vida cotidiana a los seis, siete u ocho años de vida de una persona transformó en definitiva la escena nacional”.
Poco hay que agregar entonces a la importancia que cobró el teatro de Maribel Carrasco desde sus primeras propuestas y la manera en que sigue cimbrando al teatro. Por ejemplo, en la recién estrenada La niña, la barca y el canario que dirige Mauricio García Lozano, la autora lo apuesta todo por hablar de la melancolía y la contemplación. Una obra en la que, a decir de ella misma, no pasa nada, pero todo está allí, porque también las infancias experimentan la melancolía, también las infancias se detienen en su aparente hiperactividad para mirar, para ver. Aunque las cosas que rigen al mundo hagan todo lo posible por inculcar lo contrario, por exaltar la actividad constante y productiva desde las primeras etapas de la vida.
Lo que Maribel Carrasco impulsó desde finales de la década de los ochenta tuvo un notable espejo hacia finales del siglo XX y principios del XXI, cuando en el teatro mexicano se empezaron a traducir, escenificar y disfrutar de propuestas para jóvenes audiencias provenientes de dramaturgos extranjeros, principalmente francófonos, especialmente canadienses, específicamente de la región de Quebec, en donde el teatro para niños y jóvenes goza una salud siempre envidiable.
Boris Schoemann fue uno de los primeros creadores que aportó a nuestro teatro estas expresiones al traducir, escenificar y más adelante publicar textos de autores como Michel Marc Bouchard, Daniel Danis, Louise Bombardier, Luc Tartar y David Paquet. Por ello, fue inevitable que Schoemann hiciera mancuerna con Carrasco en tres ocasiones: en el montaje de su obra Los cuervos no se peinan de 2015, en la traducción al francés y montaje en Montreal de éste texto –L’enfant corbeau– en 2018 y en la ya mencionada Beautiful Julia en 2019.
“Tuve el enorme privilegio y honor de estrenar dos maravillosas obras que la propia Maribel me pidió escenificar. Fue un lujo entrarle a ambas y poder cuestionar a Maribel, hacerle todas las preguntas que necesitaba, que nos diera permiso a cada equipo de hacer nuestra propia versión de su dramaturgia, porque había cosas que yo sentía que había que hacer y no solo decir en escena. Hay una enorme generosidad de ella al entregarme sus textos y decirme: haz lo que quieras; no cualquier dramaturgo te da esa confianza para intervenir su texto. Lo mismo pasó cuando realizamos Los cuervos no se peinan, tanto en la traducción como en el montaje”, señala el director, Boris Schoemman.
Y aunque la propia Maribel confirma que ella le deja su texto a los directores, a Schoemann le gusta el hecho de saberla cercana: “Es un privilegio poder trabajar con ella y tener una libertad creativa, pero también saber que es alguien que, si tú se lo pides, está cercana a los montajes. Es un lujo tener el ojo de la dramaturga durante el proceso. No cualquiera quiere o se permite hacerlo. La presencia de Maribel siempre apoyando, siempre aportando, siempre viniendo a ver las funciones aunque ya haya visto la obra muchas veces, para cualquier equipo de trabajo es algo muy cálido.”
Además de García Lozano y Schoemann, las obras de Maribel Carrasco han sido dirigidas por creadores como David Olguín –¿Quién teme a Espantapájaros, en donde también participó como actriz-, por jóvenes como Alan Uribe Villarroel –Todos somos Brian, que se estrenó en plena pandemia- y Luis Rivera, quien bajo el cobijo de la Compañía Nacional de Teatro dirigió a los primeros actores Luis Rábago y Óscar Narváez en Y fuimos héroes.
Amén de los diversos montajes que se han hecho de sus obras en el interior del país, algunos de los cuales se han podido presentar en la Ciudad de México en ciclos especiales de Teatro INBAL, el Sistema de Teatros de la CDMX u otras instancias. Con la compañía española Peloponeso Teatro ha colaborado con la dramaturgia y dirección de la pieza Morritz y el Pequeño Mons.
Publicada en México y España, traducida a diversas lenguas. Presencia constante de coloquios y encuentros en donde se hable de teatro para jóvenes audiencias o simple y llanamente, de teatro. Diseñadora de máscaras, títeres y vestuario. Férrea defensora, sin alardes ni aspavientos, de la disidencia sexual y afectiva. Maribel Carrasco, sin necesidad de pregonarlo, es una de las representantes más notables del teatro mexicano ante el mundo.
Es la cuarta temporada presencial de Beautiful Julia, que por fin se presenta en la sede de la compañía Los Endebles, el Teatro La Capilla. Y Maribel Carrasco acerca su pequeña, pero imponente figura a la taquilla, insiste en pagar su boleto y entra a la sala como si fuera la primera vez que verá la obra, su obra. Sale feliz, emocionada, habla con voz y mirada profundas y elocuentes para expresar lo bien que la ha pasado viendo nuevamente su obra, viendo a los mismos actores a seis años de distancia del estreno de la obra, celebra el trabajo de Boris Schoemann y de todo el equipo y, al despedirse, es muy clara: va a regresar. Y se retira, tras haber presenciado una obra suya que habla de la crueldad del mundo y cómo lo enfrenta un grupo de adolescentes, con una sonrisa y un gesto de paz que recorre su cuerpo y que deja impregnado a quienes han tenido el honor de saludarla.
Por Enrique Saavedra










