Por Kerim Martínez/ Frecuentemente, la cartelera teatral nos ofrece dos o tres comedias románticas que, aunque efectivas, suelen repetir fórmulas ya conocidas. Manual básico de lengua de señas para romper corazones, escrita por el cineasta y dramaturgo español Roberto Pérez Toledo, irrumpe en la CDMX como un soplo de aire fresco dentro del género. Sí, hay romance. Sí, hay humor. Pero lo que realmente atrapa es el punto de vista desde el cual se narra. Esta no es la clásica historia de “chico conoce a chica”, sino más bien la de un chico que se enamora de otro chico, algo que, por fortuna, cada vez se representa con mayor naturalidad sobre los escenarios, sin morbo ni etiquetas forzadas.

Lo verdaderamente distinto —y valioso— es cómo se da ese encuentro: entre dos personas que literalmente no hablan el mismo idioma. Y no se habla de diferencias culturales o emocionales. Uno de los protagonistas es sordo y se comunica en lengua de señas, lo cual convierte al amor en un acto no solo de valentía, sino también de traducción constante, de paciencia, de escucha sin oído.

Esta obra surge como una extensión del cortometraje Sí a todo (disponible en YouTube), del mismo autor, donde en menos de tres minutos se narra el inicio de una relación entre un joven oyente y otro sordo. El corto tuvo una gran recepción, lo que motivó a Pérez Toledo a profundizar en la historia de estos personajes desde el lenguaje teatral, ahondando en temas como la comunicación, el amor sin prejuicios, la diversidad y las barreras emocionales.

Manual básico de lengua de señas para romper corazones se estrenó en enero de 2022 en el Teatro María Guerrero de Madrid, bajo la producción del Centro Dramático Nacional. Lamentablemente, Pérez Toledo falleció pocos días después del estreno. Desde entonces, la obra ha sido montada en distintos teatros de España, y en abril de 2025 llegó por primera vez a la Ciudad de México, presentándose en La Teatrería bajo la producción de Óscar Carnicero, Xevi Aranda y Joserra Zúñiga —el mismo equipo que trajo a México Smiley, obra que se mantuvo con gran éxito en cartelera en el mismo recinto durante más de un año. Con este nuevo texto inclusivo y romántico, se busca dar continuidad —también en jueves— a un público que disfruta de historias diversas y emocionalmente honestas.

Joserra Zúñiga está a cargo de la adaptación del texto, y el resultado vuelve a ser acertado: no pierde la esencia del autor y logra acercar la historia al público mexicano mediante chistes y referencias locales, como ya lo ha demostrado en trabajos anteriores (Los vecinos de arriba, Smiley y Priscilla, la reina del desierto). Además, dirige la puesta en escena con un estilo ligero pero comprometido, sin mayores pretensiones que la de generar empatía hacia los personajes de Pérez Toledo a través de la interpretación honesta de los actores.

Martín Barba encarna con soltura y naturalidad a Jaime, un chico oyente, simpático, relajado y con cierta inseguridad, que no tiene experiencia previa con la lengua de señas ni con personas sordas. Se percibe su comprensión del texto dramático y una conexión honesta con el personaje. Barba asume con seguridad el peso protagónico del montaje, brillando en cada escena con su habilidad para la comedia, sin descuidar la vulnerabilidad emocional de un joven que se esfuerza, con todo lo que tiene, por demostrarle a Lucho que lo ama. Lucho es interpretado por Moisés Melchor, quien da vida a un personaje directo, independiente y carismático. Su manera de comunicarse —rica en expresión y matices— refleja tanto la fuerza como la sensibilidad de su personalidad. Juntos, Barba y Melchor logran una química entrañable, y su conexión escénica atraviesa la cuarta pared, provocando sonrisas, suspiros y una sincera empatía del público.

Como en muchas comedias románticas, hay un personaje que funciona como desahogo cómico: en este caso es Pote, el roomie de Jaime. Sergio Velasco interpreta con soltura y encanto a este tipo básico, sarcástico y adicto a los videojuegos, que parece no tomarse nada en serio… hasta que lo hace. Su evolución, aunque discreta, resulta conmovedora: pasa de la burla fácil a una empatía genuina. Velasco destaca por su naturalidad y timing cómico, logrando que el público se identifique con él como ese espectador que, sin saber lengua de señas, también está aprendiendo a entender con el corazón.

Cada vez que la hermana de Lucho, interpretada por Socorro Casillas, aparece en escena, se genera una tensión inmediata. También sorda, pero mucho menos abierta a la relación de su hermano con Jaime, su presencia confronta no solo a los protagonistas, sino también al espectador con sus propios prejuicios. Sus intervenciones son breves pero intensas. En algunas funciones, este personaje es masculino (Juan) y lo interpreta Abraham Zúñiga, quien también alterna el papel de Lucho.

La escenografía, diseñada por Juan José Tagle, es sencilla y funcional, pensada para recrear un pequeño departamento de clase media. Un piso de duela, un sofá liso y algunos muebles básicos se distribuyen por el escenario, aprovechando elementos del foro como la pared de ladrillo, unas persianas y una viga donde se proyectan subtítulos en varias escenas, lo cual permite al público seguir con mayor profundidad las conversaciones entre los personajes.

Roberto Pérez Toledo, diagnosticado con atrofia espinal congénita a los tres años y en silla de ruedas desde los catorce, plasmó su experiencia personal en su enfoque artístico, abordando temas de discapacidad y diversidad sexual. En un país como México, donde las historias inclusivas son aún escasas, su trabajo es clave para visibilizar realidades frecuentemente olvidadas. Esta obra, en particular, llega con la fuerza de quien tiene algo distinto que decir, usando la lengua de señas como vehículo de inclusión y apertura en el teatro.

Manual básico de lengua de señas para romper corazones nos recuerda que, a veces, lo más complicado no es entender otro idioma, sino atreverse a abrir el corazón. Aprender lengua de señas puede tomar tiempo, sí, pero más desafiante es leer las señales emocionales, superar los miedos y mostrarse vulnerable ante el otro. Esta obra, con humor, ternura y sin sentimentalismos innecesarios, nos invita a pensar que el amor verdadero no necesita traducción, solo disposición para escucharse, aunque sea con las manos. ¿Estamos dispuestos a aprender no solo nuevas formas de comunicarnos, sino también nuevas formas de amar?

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Fotos: Cortesía Producción