Por Alegría Martínez/ La excepcional comunicación y el amor que puede haber entre un ser humano y un can, sustentan la obra Los perros que salvaron mi vida, en la que su autor y actor, Alan Blasco, interpreta a Rufo, mascota de Aarón, y a éste, su padre y protector, entre otros personajes, a partir de un depurado trabajo corporal, que expresa fielmente movimientos, reacciones y miradas de ese ser vivo cubierto de pelo, con el que muchos seres humanos arropan su existencia.
El canto, el sonido de su guitarra y la presencia de Ana Tiaré, aporta dulzura a las acciones y palabras del hombre que comparte con el público, lo que llama “la historia de su resurrección”.
La voz de Rufo surge delgada y nasal del actor que lo interpreta. El perro toma forma en el cuerpo de Blasco, que sin necesidad de imitar la postura habitual de esta mascota, con sus dedos siempre encogidos, se sienta, gira en su lomo, se rasca, mueve con agilidad su parte trasera y su cabeza.
La amplia apertura y la expresión de sus ojos reflejan el cuestionamiento, la incomprensión, la mirada inocente y amplia como un paraje seguro, que solo un perro puede ofrecer.
La dramaturgia pone en palabras del perro, lo que el autor cree que el animal vive, piensa, sufre, goza y observa en casa de Aarón. El público se entera así de las tragedias cotidianas, la situación económica, laboral y amorosa de su protector. Incluida parte de su infancia con episodios dolorosos y violentos, que en escena se subrayan más de una vez mediante movimientos de brazos proyectados en sombras, que agigantan el sonido del instrumento de tortura.
Una crítica con humor sobre la debilidad humana, la prisa enloquecedora, la adicción, la situación precaria de los actores, los obstáculos innecesarios en la relación amorosa, integra el texto no exento de episodios de gozo y melodrama, escrito por Blasco, del que emana un infinito amor por los canes.
Sin necesidad de utilizar apliques y a partir de un arduo trabajo físico, para emular a Rufo, el vestuario de Alan Blasco, consta de una playera beige sin mangas, un ligero pantalón gris con parches marrón a la altura de pecho y rodillas, sin calzado.
Un biombo de madera, acanalado a tres cuartas partes, que muestra en distintos momentos parte de piernas y pies desnudos del actor, completa la escenografía con dos trastes similares más, cubiertos con una ligera gasa que ayuda al juego de sombras mediante las que el actor interpreta, de espaldas, algunos personajes, como el casero, un productor o su pareja sentimental.
Al fondo, y en una parte lateral del escenario, Ana Tiaré, -ataviada con vestido verde, chaleco marrón, mallón vino y botas negras de agujeta- se encuentra rodeada por fotos de distintos perros sobre una pequeña mesa y en el suelo. Desde ahí ejecuta música de su autoría, con su instrumento de cuerdas, distintos objetos y su voz; canciones y efectos sonoros que aportan otra dimensión emotiva a la acción en escena.
La dirección de Estefanía Norato y Abigail Pulido, articula un espectáculo ágil y conmovedor, que en equipo con los intérpretes, mueve al llanto a buena parte de los espectadores.
La posibilidad de editar tanto en la dramaturgia, como en la duplicidad de escenas, lo expuesto previamente con claridad, como el hecho violento del padre de Aarón y narraciones que redundan en la situación laboral del personaje y en sus recaídas, abre una área de oportunidad para condensar el tiempo de representación y confiar en lo previamente expuesto.
La invitación a apoyar mediante donaciones a la comunidad de personas que priorizan el bienestar canino, dio cierre al espectáculo, al inicio de esta tercera temporada, que deja claro el intenso vínculo entre personas y esos ángeles peludos, que forman parte esencial de muchas vidas.
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Foto: Alegría Martínez















