Aunque es el teatro y el ámbito de la actuación los espacios que envuelven el desarrollo de la película Todo el silencio de Diego del Río, no se trata de ninguna adaptación de alguna obra de teatro. Para realizar su ópera prima cinematográfica, el reconocido director teatral eligió una ficción original, con un guion de la también cineasta Lucía Carreras.
Todo el silencio cuenta la historia de una actriz profesional y maestra de lengua de señas, hija de padres sordos, que descubre que ha comenzado a perder audición: el sentido del oído amenaza con desaparecer y eso la reta a reconsiderar muchas de las cosas de su vida profesional y personal.
Es una película original, sí, pero algo que da gusto al verla es que hay una conexión entre el primer filme como realizador de Del Río y uno de sus primeros montajes teatrales: Tribus de la dramaturga inglesa Naina Raine en la que el frágil equilibrio de una familia adaptada a la sordera del menor de sus hijos, se rompe con la irrupción de su novia, quien también es sorda.
Tanto la novia de la obra como la protagonista de la película son interpretadas por Adriana Llabrés, esa estupenda actriz que, amén de ser una de las más constantes en las obras de este director, cada vez pisa más y más fuerte en todos los medios en los que ofrece sus amplias cualidades histriónicas.
De hecho, tanto Llabrés como Ludwika Paleta, otra consentida teatral de Del Río, merecieron recientemente el Ariel a Mejor Actriz y Mejor Actriz de Soporte, respectivamente. La película, dicho sea de paso, mereció el Ariel a la Mejor Ópera Prima, lo cual es un espléndido augurio para la nueva faceta de Diego del Río, quien hasta nuestros días es considerado uno de los directores teatrales más constantes.
Siguiendo con la reciente entrega del Premio Ariel, en la que se avala lo más destacado del cine nacional, la gran triunfadora fue Tótem, pieza exquisita sobre el duelo familiar en vida escrita y dirigida por Lila Avilés, quien mereció el Ariel a la Mejor Directora.
Quien actualmente es una de las cineastas más prestigiadas y reconocidas de nuestro país gracias a éste filme y a su ópera prima, La camarista, inició su trayectoria en el teatro, como actriz, directora, asistente de dirección, diseñadora de arte y vestuario.
En efecto, su primer filme tuvo su origen dentro del teatro cuando en 2013, escrita y dirigida por la propia Avilés, fue presentada como La camarera en un foro no convencional: la Suite Gobernadores del Hotel Presidente Intercontinental, en donde el público tenía muy de cerca a las actrices Amanda Schmelz y Regina Flores Ribot.
Y, aunque no es propiamente una directora de teatro sino una estupenda actriz, valga mencionar las raíces teatrales de la también prestigiada realizadora cinematográfica Ángeles Cruz.
Otro premiado hace no mucho con el Ariel es Alonso Ruizpalacios, cuyo prestigio como cineasta gracias a filmes como Güeros y Una película de policías es equivalente al prestigio que guarda como uno de nuestros directores teatrales más arrojados y vanguardistas.
En su cuna teatral, Ruizpalacios ha triunfado con propuestas como Rock and roll de Tom Stoppard, su particularísima versión teatral del relato El beso de Antón Chéjov y su espectáculo intimista Reincidentes, todas ellas en la UNAM, en donde también dirigió un montaje de La Cocina de Arnold Wesker, a la cual el director decidió hacer una adaptación cinematográfica, misma que se estrenó, como una coproducción mexicana – estadounidense, en febrero de 2024 en el marco del 74o. Festival de Cine de Berlín.
El salto de los directores teatrales a la realización cinematográfica no es algo nuevo. Uno de los primeros y mayores ejemplos es el de Julio Bracho, quien contribuyó a la renovación teatral de principios del Siglo XX con su compañía Teatro de Orientación -cuya sede es el teatro que actualmente conocemos con ese nombre en el Centro Cultural del Bosque-, teniendo como actriz estelar a su entonces esposa, la extraordinaria actriz Isabela Corona.
Juntos renovaron el teatro pero, víctima de intereses ajenos -relacionados con los hermanos José y Celestino Gorostiza-, Bracho se exilio del teatro para refugiarse en el arte en el que, hasta hoy, es considerado un creador fundamental: el cine.
En estos días en los que la Casa del Lago de la UNAM celebra su 65 aniversario, no ha faltado la evocación de las incursiones cinematográficas que los directores de la década de los sesenta tuvieron: ahí están, la Tajimara de Juan José Gurrola, Las dos Elenas de José Luis Ibáñez, La sunamita de Héctor Mendoza.
De aquella época, dos estupendos directores teatrales resultan hoy en día cineastas de alcance internacional: Alexandro Jodorowsky y Juan Ibáñez.
De Jodorowsky, su ópera prima es la versión cinematográfica de una muy exitosa y controvertida obra teatral que él montó: Fando y Lis de Fernando Arrabal y que fue el inicio de una trayectoria plena de filmes que hoy en día se consideran de culto.
En otro sentido, otro filme de culto resulta ese extravagante ejercicio que, como los Güeros de Ruizpalacios, recorre la ciudad de México: Los caifanes es hoy en día, una de las películas mexicanas más veneradas y estudiadas del cine nacional. Al momento de realizarla, Juan Ibáñez ya era un sólido director teatral. Su puesta en escena del clásico Divinas palabras de Ramón del Valle-Inclán fue premiada en el Festival de Teatro de Nancy en 1964.
Algo similar ocurre con José Estrada, padre del hoy controvertido cineasta Luis Estrada, quien primero dirigió obras mayores como el clásico Ubú rey de Alfred Jarry y luego se consagró dirigiendo filmes como El profeta Mimí y Maten al león.
Saltando en el tiempo, en la década de los noventa, Sabina Berman, tras triunfar como dramaturga y directora de la obra Entre Pancho Villa y una mujer desnuda decide llevarla al cine y compartir con Isabelle Tardán el guión y la dirección.
Berman continuaría como guionista de otras películas. Antonio Serrano abrió la década de los noventa con el éxito poco convencional en el teatro mexicano de Sexo, pudor y lágrimas y cerró el milenio con el avasallante éxito de su ópera prima: la versión cinematográfica de su obra, la cual recientemente cumplió 25 años de transgredir el panorama del cine nacional de fin de siglo.
Otro caso de un director teatral de prestigio que saltó al cine como realizador es el de Francisco Franco, quien en 2007 presentó su ópera prima Quemar las naves, aunque él ya había tenido experiencias previas en el cine como asistente de dirección y director de arte.
Regresando a nuestros días, si bien mencionamos a los directores teatrales que se convierten en directores cinematográficos, es innegable que el cine nacional está poblado de estupendos dramaturgos, -algunos de los cuales también han llegado a incursionar en la dirección teatral- que se tornan guionistas y combinan ambos oficios de escritura: Itzel Lara, Adriana Pelusi, Gibrán Portela, Luis Ayhllón, David Gaitán, Alejandro Ricaño, etc, quienes siguen la estela de dramaturgos – cineastas tan importantes como Vicente Leñero.
Por supuesto que también los creadores teatrales, directores o dramaturgos han incursionado en la tradición de la televisión y en la vanguardia del streaming. Pero eso pertenece a otro capítulo, a una nueva proyección.
Por Enrique Saavedra














