Hay momentos en los que parece que tenemos todo para ser felices… pero el vacío se asoma. Lo que cabe en una fosa vacía nos habla de ese hueco interior, de la depresión y de cómo afecta los vínculos más cercanos.

Tomás, un exnadador dueño de una alberca, vive con su esposa Gis y su hija Mirella. Pero tras la muerte de su padre, comienza a hundirse en una depresión que lo aleja de su familia y provoca que su hija deje de hablar con él, como una forma de encerrarse en sí misma.

La puesta en escena combina humor y drama para hablar de lo que no siempre se dice: el dolor, la fragilidad y la búsqueda de sentido.

Con un escenario que simula el fondo de una alberca y una atmósfera fría y distante, el montaje nos envuelve en la misma sensación que habitan los personajes.

Es una obra que te invita a reconocer que no hay fórmulas únicas para la felicidad y que, a veces, la mejor manera de seguir adelante es aprender a convivir con lo que duele.

Lo que cabe en una fosa vacía es un recordatorio de que incluso en la oscuridad podemos encontrar un lugar propio para sostenernos.

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