Por Mariana Mijares/ La vida suele incluir retos que hay que aprender a navegar; pero para una niña huérfana que queda atrapada con su canario en una barca en altamar, el desafío de mantenerse a flote se volverá completamente literal.
Escrita por Maribel Carrasco, La Niña, la Barca y el Canario es una obra que bien podría ser un poema: cada escena es como un verso que, al unirse con los demás, da forma a un conjunto aún más conmovedor. También podría ser una película, una cuyo estilo visual recuerda a Alicia en el País de las Maravillas o a la estética de Tim Burton; o incluso una pintura, donde cada elemento: colores, texturas y expresiones, se entrelazan para volverla más poderosa.
La premisa en apariencia es sencilla: una niña se ve obligada a migrar, y en el proceso, ella y su ‘canarito’ Hans, quedan a la deriva en altamar. Sin embargo, el texto de Carrasco está construido de manera que permite asomarnos no solo a los pensamientos estos dos personajes, sino también a la abuela de la niña, quien funciona como narradora y guía emocional; además de la figura metafórica de la barca.
Este papel, interpretado con calidez por Verónica Langer, se convierte en el sostén simbólico de la travesía: es quien arrulla y acompaña a la niña en medio de un mar de incertidumbre; un recuerdo amoroso que le inspira fuerza. Nieta de una migrante, la niña lleva consigo una herencia de resiliencia y supervivencia; por eso su abuela la motiva a seguir; incluso cuando la barca se agite en mareas impredecibles.
La obra va entretejiendo los temores y esperanzas de la niña, interpretada por Patricia Loranca, actriz que ha destacado en proyectos como Malpaís, ¿nOrMaL…?, 1521: La caída y Eco. Aquí brilla especialmente por esa sutil, pero valiosa habilidad de lograr expresar no solo a través de sus diálogos, sino de expresiones y miradas que —como en la travesía de muchos migrantes— reflejan matices de duda, incertidumbre o derrota; pero también, destellos de esperanza y resiliencia.
Al mismo tiempo, y en un personaje completamente distinto, María Penella da vida al canario ataviada con un acertado vestuario concebido por Jerildy Bosch: un elegante conjunto de varias piezas que, gracias a los sutiles detalles en las puntas de la camisa, evoca la forma de unas alas. La caracterización se completa con una peluca amarilla y alborotada que remarca su identidad como ave.
Con movimientos conscientes y precisos, pero orgánicos (propios de un pájaro), María va emulando las consecuencias de las acciones del mar y de la niña: desde los sacudones de la jaula de la embarcación; hasta el miedo que la invade cuando la comida escasea tanto, que la niña comienza a verla como su única opción para sobrevivir.
Todo se entreteje con solidez bajo la dirección de Mauricio García Lozano, quien hilvana a las actrices con sensibilidad; permitiendo que Patricia, María y Verónica se desenvuelvan con libertad, honestidad y una sutileza emocional que conmueve.
La escenografía de Jorge Ballina es otro de los elementos que elevan este montaje desde el primer cuadro. Una serie de objetos apilados en el escenario (que al inicio evocan desecho o abandono) van siendo transformados por las actrices hasta convertirse en un océano inmenso y en esa pequeña barca donde la niña y el canario intentarán mantenerse a flote.
Supervisando todo el montaje están Ana Bracho y Paula Sánchez Navarro como Productoras y fundadoras de Tercera Llamada, compañía que regresa tras dos años de pausa. A ellas se suman colaboradores y aliados frecuentes: Emilio Trasviña como Productor Ejecutivo; Ingrid Sac en el diseño de iluminación; Vivian Cruz a cargo del movimiento escénico; Nicolás García Liberman en la Composición Musical, y Pablo Chemor, citado como “Amigo de la Música”.
Ese último título parece extenderse a todo el equipo; pues más que solo un grupo de creativos, este conjunto se siente como una comunidad, una ‘tripulación’ que, cuadro a cuadro, logra que La Niña, la Barca y el Canario funcione como montaje escénico, pero también, como un homenaje a esas infancias desplazadas que cruzan mares —reales o simbólicos— enfrentando peligros y pérdidas en busca de una nueva vida.
Hay que aprender a ‘flotar’ en medio del naufragio, a seguir adelante desde los lugares más adversos. Como dice García Lozano en el programa de mano: ‘la vida es una aventura de supervivencia’, pero sin duda, esta puede volverse más llevadera si tenemos a alguien cerca; sea un canario, quizá un perrito o solo el recuerdo amoroso y sabio de quienes ya no están.
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Fotos: Dzilam Méndez
















