Por Mariana Mijares/ En La Gaviota se mezclan las vidas y los deseos de Tréplev, un aspirante a escritor, y Nina, una joven que sueña con convertirse en actriz, quienes deben enfrentar el rechazo, sus propias inseguridades y diferentes fuerzas que parecen empeñadas en apagar sus sueños. A su alrededor, otros personajes lidian a su vez con la frustración, la ambición y la distancia entre la vida que imaginaron y la que realmente tienen.

Esta icónica obra de Chéjov, escrita en 1895 y estrenada un año después, ha seguido “volando” durante 130 años y presentándose en escenarios de todo el mundo.

En la versión que se presenta actualmente en el Foro Lucerna, una reposición de la producción estrenada en 2024, Cristian Magaloni y Roberto Beck adaptan el texto de Chéjov y lo trasladan al presente, jugando con el lenguaje y ciertos elementos escénicos para acercar a los personajes a la contemporaneidad.

Para esta nueva temporada, el texto también fue editado, dando como resultado una versión más corta y ágil. Los conflictos, sin embargo, permanecen intactos y se siguen sintiendo especialmente cercanos: la necesidad de aprobación, la frustración profesional, los amores no correspondidos y esa sensación de estar viviendo una vida distinta de la que uno imaginó.

En la primera escena escuchamos cantar a Masha (Ditmara Náder) y, mientras habla con Medvédenko (José Ramón Berganza), explica que no es feliz, una confesión que podría extenderse a casi todos los personajes de este mundo de Chéjov. Él suele caminar tres horas para verla, pero ella apenas lo nota. Más adelante se revela que su interés y su mirada están puestas en alguien más.

En paralelo, Tréplev (Roberto Beck) es un aspirante a dramaturgo que está trabajando en su más reciente creación, un monólogo que escribió para Nina (Assira Abbate), su vecina y objeto de su afecto, quien ha estado ensayándolo aun cuando no termina de entender del todo el texto.

Cerca también está su madre, Irina (Mariana Giménez), una actriz que, según él, “es adicta al halago” y que no podrá evitar reclamar, con cierta envidia, que el texto concebido por su hijo tenga a Nina como protagonista y no a ella.

Esta necesidad de mantenerse como el centro de la atención se hace evidente desde uno de los primeros momentos, cuando Irina interpreta una escena de Romeo y Julieta. No importa que la obra de Shakespeare haya sido concebida para personajes mucho más jóvenes: ella entrega todo como una afligida Julieta y, con el vestuario diseñado por Jerildy Bosch, vestida apenas con un top de bikini y unos shorts cortos, recordándonos que están veraneando en una casa junto a un lago, pero también dejando claro que esta mujer nunca deja de interpretar, incluso fuera del escenario.

Las historias se entrelazan también a través de Borís Trigorin (Pablo Perroni), la pareja de Irina y un escritor a quien Nina admira profundamente. Trigorin representa, de alguna manera, aquello que ambos jóvenes persiguen: alguien que ha conseguido vivir de su arte y que ha logrado el reconocimiento de los demás, aunque pronto se revela que tampoco eso garantiza la felicidad.

Completan este universo Piotr Sorin (Boris Schoemann), hermano de Irina y dueño de la finca, marcado por los sueños que nunca llegó a cumplir; Polina Andréievna (Lourdes Gazza), madre de Masha, atrapada en un amor no correspondido por el doctor Yevgueni Dorn (Julio César Luna); y el propio Dorn, quien observa los enredos románticos y artísticos con desapego y cierto cinismo, y de los pocos que reconocen genuinamente el talento de Tréplev.

Uno de los atributos de este montaje es precisamente la destreza de su elenco, ahora con Giménez como una de las protagonistas (previamente el personaje fue interpretado por Margarita Sanz). Ella dota a Irina de una gran presencia y una seguridad que resulta magnética, dejando ver la inseguridad que se esconde detrás de su necesidad constante de atención.

Abbate logra hacer visible la transformación de Nina, desde la ilusión casi ingenua con la que persigue el sueño de ser actriz, hasta una madurez atravesada por el desencanto. A la par, Beck construye a un Tréplev vulnerable e inseguro, cuya necesidad de aprobación se vuelve cada vez más dolorosa conforme avanza la historia.

A ello se suma el manejo del espacio, con escenografía e iluminación de Jesús Hernández. La escenografía divide el escenario en distintas partes y permite que diferentes acciones convivan frente al espectador. Así, por ejemplo, mientras en el extremo derecho Nina interpreta el monólogo de Tréplev, del lado izquierdo vemos al resto de los personajes observándola.

Durante este monólogo, Irina se burla cruelmente de las “nuevas formas” teatrales de su hijo, arruinando la función. Esa humillación no solo profundiza la inseguridad de Tréplev, sino que abre la puerta a uno de los grandes conflictos de La Gaviota: la distancia entre lo que los personajes desean y aquello que realmente tienen.

Poco a poco quedan al descubierto los amores no correspondidos de Masha, Tréplev, Nina, Irina, Polina y Borís. Ellos miran hacia alguien que, a su vez, está mirando hacia otro lado, creando una cadena de frustraciones, deseos y anhelos no cumplidos.

Nina verbaliza que quiere “hacer arte que sea importante para los demás” y, en el fondo, Tréplev busca lo mismo, aunque su profunda inseguridad, su desesperanza y una evidente fragilidad emocional juegan en su contra.

Ese deseo de trascender también se relaciona con otro tema recurrente en Chéjov: el contraste entre el tedio de la vida rural y la idealización de la ciudad; de Moscú, de la fama y, en general, de la promesa de “una vida mejor”.

Sin embargo, hacia el último acto, esa promesa comienza a desdibujarse. Las cosas han cambiado radicalmente y queda claro que la relevancia del arte no depende de la ciudad, de la fama ni de la aprobación de los demás, sino de la capacidad de resistir, de continuar aun cuando la realidad no se parezca a aquello que alguna vez imaginamos.

Quizá esa es una de las razones por las que La Gaviota sigue volando 130 años después: porque los sueños cambian, a veces se rompen, pero lo que separa a quien sobrevive de quien se rinde es la fuerza para seguir escribiendo, actuando o creando. Tal vez sea esa la pregunta que sigue dejando esta obra: ¿de dónde sacaremos nosotros esa fuerza?

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Fotos: Cortesía producción