Por Alegría Martínez/ Carcajadas, suspiros, desencanto, asombro y ternura, detona La danza que sueña la tortuga en el público, que se mantiene atento hacia el interior de una casa en Córdoba, Veracruz, en 1954, donde la tienda familiar ofrece refrescos embotellados, aguas frescas, cigarros, dulces y un negro aparato telefónico de disco, elementos que auxilian en momentos de urgencia a clientes y parentela, inmersos en amor filial, dictadura patriarcal, románticas fantasías de película, arraigadas costumbres sociales y atavismos machistas que han dejado una profunda huella en los habitantes de este país.

La obra escrita por Emilio Carballido, (1925-2008), estrenada en el centenario de su nacimiento, celebra con un amoroso, digno y divertido montaje de Nohemí Espinosa y con nutridos aplausos del público, al prolífico dramaturgo, novelista, autor de más de 50 guiones cinematográficos y televisivos, y maestro, oriundo de Córdoba, Veracruz.

La estancia familiar en la que dos mujeres soñadoras, ingenuas y solteras, vuelcan su amor en sobrinos y niños desprotegidos, se transforma en una especie de pista de aterrizaje, a la que llegan a tomar un sorbo de cariño y atención con dosis de picardía, sarcasmo, dulzura, autoritarismo, latigazos moralinos, ilusiones y decepciones, los integrantes de este clan conformado por el hermano macho y proveedor, su encimosa hija de 11 años, las dos tías apapachadoras, la copetuda madre del sobrino exitoso, otro sobrino joven y tímido escritor, en el que se refleja Carballido, y una amiga, clienta y vecina de la casa.

La obra del ilustre veracruzano, titulada Palabras cruzadas, al ganar el Primer premio otorgado por el diario El Nacional, fue renombrada tiempo después como La danza que sueña la tortuga, frase que Carballido eligió del poema “El vals vienés”, escrito por García Lorca, en alusión, quizá, a la persistencia de una pausada esperanza.

En La danza que sueña la tortuga, las hermanas Moredia, Rocío de 36 años y Aminta, de 46, viven cercadas por las decisiones de Víctor, su hermano mayor, que ahuyenta a los hombres para evitar que se “aprovechen” de sus familiares femeninas. La educación, la moral y las costumbres, restringen aún más la libertad de estas hermanas, que en su momento soñaron con casarse, y cómplices en juegos y emociones, perciben cada día más lejana esa posibilidad.

Un mal entendido que genera esperanzas amorosas en Rocío, hace aflorar las obsesiones de las mujeres que habitan la casa y de los visitantes asiduos, entre conflictos y equívocos, que critican y muestran -con el particular humor y el conocimiento profundo del universo femenino del dramaturgo- los obstáculos que impiden el avance de las personas en una sociedad conservadora en la década de los años 50, en Córdoba, Veracruz.

La dirección de Nohemí Espinosa -especializada en comedia y clown, actriz, docente y autora del libro “Payasas. Mujeres en la historia del clown”- indaga en las motivaciones de los personajes y los deja en libertad de expresarse, inmersos en esa comicidad que critica y revela la idiosincrasia mexicana, a través de los diálogos vivos escritos por Carballido a los 29 años, cuando las palabras se soltaban sin miedo alguno.

El minucioso trabajo de adaptación realizado a la obra de Carballido, solo elimina la presencia del personaje de la Sultana, una gatita, que el dramaturgo -amante de los mininos- sugiere en sus acotaciones, así como parte del parlamento que alude a la maternidad de la mascota y a algunas heridas.

Asimismo, restringe ciertos diálogos entre el sobrino idealizado como héroe romántico y el sobrino amante de los versos, en torno a distintas tramas de películas vistas por el joven galán, que justifica su conducta conformista ante la avalancha enamoradiza de la tía, edición que, aunque en el caso de las autojustificaciones de Beto Moredia, ayudarían a comprender mejor su conducta, no afectan el buen desarrollo de la comedia.

Espinosa dota de herramientas a actrices y actores para fluir en las complejidades del género dramático sin alejarse de la motivación de sus personajes, que se sostienen y guardan el equilibrio hasta donde la comicidad les permite conservar una franqueza conmovedora, más allá de algunas licencias lúdicas como la imagen de Aminta, su gestualidad, su dentadura y su cojera, que aunque rozan efectos de caricaturización, caben tersamente en la acción, especialmente por la entereza actoral de Carmen Mastache. Lo anterior, así como el retorno en vendas del sobrino-escritor luego de una agresión física.

El elenco, entregado con profesionalismo y gozo a desarrollar la historia de esta familia mexicana, hace suyo al público, que acompaña sin tregua la emoción sostenida en fantasía de Rocío, a cargo de Sonia Couoh; la resignación chispeante de Aminta, que interpreta Carmen Mastache; la rigidez que encubre debilidad y amargura en Albertina Joya, construida por Érika de la Llave; el machismo brabucón y manipulador disfrazado de generosidad de Víctor Moredia, creado por Jorge Zárate; la bondad y el medio sacrificio del sobrino Alberto Joya, que representa Omar B. Betancourt; el ensimismamiento, la ingenuidad y la sensatez del escritor Carlos Moredia, bajo la piel de Cris Ramos; la confianza amigable y entrometida de la vecina Eustolia Romero, que encarna Yadira Pérez y el bullicio preadolescente que propone Berenice Riosé, como Azucena, trabajo que en conjunto define y apuntala la esencia de esta familia mexicana plasmada por Carballido con profundidad, humor y nitidez.

La canción compuesta por Agustín Lara, en homenaje al puerto más antiguo del país, recibe a un público que se sentirá en el interior de la tienda de las hermanas Moredia, donde el viejo refrigerador rojo de metal, con el logo de Cocola, resguarda refrescos embotellados, a los que habrá que quitar su respectiva corcholata con el destapador integrado al mueble, al momento de beberlos.

Vitroleros con agua de limón y Jamaica, plátanos en su penca, malvaviscos rosa y blanco, coloridos chicles de bola, cigarros “Tigres” y estropajos, entre otros productos, surten los estantes de las hermanas, que atienden a la clientela desde el interior de su casa, donde se observa una estancia y un hermoso radio de la época sobre una pequeña mesa de centro, a unos pasos de una reja superior de madera, por la que asoman plantas de ornato.

Los pasillos que comunican a las habitaciones y a la calle desembocan en ese espacio central, en el que habrá sillas y una mesa en algún momento, junto a una antigua máquina de coser con silla, patrones de corte y confección en cartón que penden de una barra, y una cesta de palma con ropa al piso. Blancas y breves carpetas bordadas, cubren mesitas y entrepaños, alguno con retrato blanco y negro de varios rostros. Almanaques de papel y alguna desgastada imagen religiosa, adornan las paredes de la casa, hasta donde se cuela, prodigiosamente la luz exterior.

El cuidado en el diseño de escenografía de Mauricio Ascencio y Ángel García – con 14 años de experiencia en iluminación arquitectónica-, en conjunto con el diseño de iluminación y de vestuario de Mauricio Ascencio, incluido el diseño sonoro y musicalización Juan Pablo Villa, entre boleros, valses y la voz de Pedro Infante, así como el maquillaje y la peluquería de Brenda Castro, acercan gozosamente al público a esos personajes con los que se establece una conexión inmediata.

En esa vieja casona, que se abre al espectador desde el escenario, se percibe el paso del tiempo, de la vida, del encierro y especialmente, la luz que llega de la calle y marca el paso de las horas desde el mostrador de la tienda, así como el destello que alimenta el rincón de las plantas, como si sus hojas gritaran que vida y esperanza están más allá de esos muros.

La danza que sueña la tortuga, hace reír a un público que se reconoce en esa familia, donde cada integrante, enredado en los indestructibles lazos de las costumbres y el parentesco, busca el camino para alcanzar aquello que construya en algún momento su felicidad.

Para consultar más información de la obra, La danza que sueña la tortuga, da clic aquí.

Fotos: Gabriel Morales