Por Kerim Martínez/ En un momento en que el teatro busca conectar con nuevas generaciones y dialogar con las urgencias del presente, se vuelve fundamental que los creadores escénicos se atrevan a revisitar los clásicos desde una mirada contemporánea. Reescribir mitos o tragedias antiguas con un lenguaje actual y con perspectiva de género, social o política no implica traicionar su esencia, sino revitalizarla. Para el público, estas reinterpretaciones abren la puerta a una comprensión más cercana y provocadora, capaz de despertar reflexión, cuestionamiento y, sobre todo, empatía hacia figuras históricas que durante siglos han sido narradas —y condenadas— desde una sola voz.
Ese es precisamente el caso de Helena de Troya, una figura mitológica que ha sido históricamente reducida al rol de culpable, traidora o simple objeto de deseo. Gracias al dramaturgo español Miguel del Arco, su historia adquiere una nueva dimensión: la de una mujer que, al fin, toma la palabra para contarse desde su propia voz. En su obra Juicio a una zorra (actualmente en cartelera en La Teatrería bajo la producción de LATE Producciones y Xevi Aranda), Del Arco no solo reescribe el mito, sino que lo desmonta con inteligencia y sensibilidad, ofreciéndonos una Helena más compleja y humana, que ya no es el símbolo pasivo de una guerra provocada por hombres, sino una conciencia lúcida que exige justicia en un escenario convertido en tribunal.
Desde su propio infierno, Helena de Troya exige ser escuchada. No como la “zorra” que la historia patriarcal ha construido, sino como una mujer consciente de su belleza, su deseo y su dolor. Con inteligencia y furia, desmantela el discurso que la culpó de la Guerra de Troya y expone la hipocresía de un mundo que la usó como excusa para ejercer poder, violencia y ambición. Helena no busca redención, sino justicia; no pide perdón, exige memoria. Y lo hace con una voz que confronta, sacude y emociona.
Juicio a una zorra se estrenó en 2011 en el Festival de Teatro Clásico de Mérida. A lo largo de su carrera, Miguel Del Arco se ha destacado por su notable habilidad para reinterpretar clásicos desde una óptica contemporánea, muchas veces con perspectiva de género o crítica social convirtiéndose en uno de los dramaturgos y directores teatrales más relevantes de la escena española contemporánea.
En la versión original española, la elección de Carmen Machi resultó profundamente significativa: una actriz de presencia imponente, rostro expresivo y belleza alejada de los cánones tradicionales, cuya fuerza interpretativa desplazaba cualquier expectativa superficial sobre Helena. Lejos de encarnar a “la mujer más bella del mundo” en términos convencionales, Machi ofrecía una Helena centrada en la palabra y en el conflicto interior más que en la imagen.
En contraste, la puesta mexicana apuesta por Itatí Cantoral, cuyo físico responde más al ideal clásico de belleza. Lejos de contradecir el enfoque original, esta elección lo resignifica: Cantoral convierte esa imagen idealizada en el núcleo del cuestionamiento, encarnando a una Helena juzgada justamente por cumplir con ese canon. Dos apuestas distintas que coinciden en lo esencial: devolverle a Helena su voz y su derecho a ser escuchada.
Itatí Cantoral asume el reto del monólogo con entrega y convicción, sosteniendo durante más de una hora una presencia escénica sólida que da vida a una Helena intensa, herida y determinada a ser escuchada. Se nota un trabajo minucioso y en estrecha colaboración con el director Alonso Íñiguez, cuya mano se percibe en el ritmo escénico, la claridad del discurso y el entendimiento profundo del personaje. Juntos consiguen una propuesta coherente, emocionalmente efectiva y fiel al espíritu del texto.
Cantoral se luce en escena, dueña del espacio y de la palabra. Aunque en algunos momentos su interpretación se acerca a lo histriónico o podría ganar en matices, es meritorio el modo en que sostiene la tensión dramática de un texto que, por momentos, puede resultar excesivamente literario o discursivo, lo que exige tanto del público como de la intérprete. Cantoral supera esa dificultad con solvencia, construyendo una versión profundamente humana de Helena: una mujer que arde por hablar.
El resultado es una interpretación conmovedora, por momentos desgarradora, que conecta con la sensibilidad del público y sostiene con dignidad el peso del relato.
La propuesta escenográfica, diseñada por Aurelio Palomino, apuesta por una composición visual sobria pero profundamente simbólica. Al centro, una plataforma elevada cubierta con telas rojas sugiere simultáneamente un altar, un lecho y un campo de batalla: espacio ritual donde Helena se exhibe, se defiende y se redime. Rodeando la plataforma, el piso está cubierto de arena clara, recurso que remite tanto al espacio mítico donde la historia se sitúa o a un limbo o desierto existencial donde el tiempo se ha detenido. Una estructura rectangular blanca enmarca la escena como si fuera un cuadro viviente o una celda simbólica. Al fondo, una cortina de gasa cae súbitamente casi al final de la obra, revelando un giro escénico inesperado. Distribuidos con cuidado, diversos objetos cotidianos —copas, frutas, flores, botellas, candelabros— transforman el espacio en un entorno íntimo, donde lo doméstico convive con lo ritual y lo decadente.
Con el apoyo de una iluminación precisa y fluida (también de Palomino), esta escenografía no solo sostiene la acción: amplifica el conflicto interno de Helena y materializa su encierro simbólico como figura histórica reducida, manipulada y traicionada por el relato patriarcal.
El vestuario diseñado por Luis Roberto Orozco consiste inicialmente en un vestido rojo de falda corta, con mangas largas de gasa translúcida que realzan la figura femenina con una estética que oscila entre lo sensual y lo ceremonial. Más adelante, la actriz se despoja de parte del atuendo para quedar únicamente con un corsé escarlata de terciopelo, con una caída en gasa que deja al descubierto las piernas. La elección del rojo intenso remite a la pasión, la sangre, el deseo y la violencia, todos ellos temas que atraviesan la obra. Este vestuario convierte a Helena en una figura ritualizada, cercana a una sacerdotisa o a una deidad maldita que se dispone a oficiar su propio juicio. No solo expone su cuerpo al ojo del espectador, sino que lo transforma en un territorio de disputa simbólica: ¿es Helena culpable por mostrarse? ¿O es condenada por no someterse a las reglas impuestas sobre su género?
Juicio a una zorra no es solo una obra: es una experiencia escénica que confronta, emociona y deja eco. Asistir a esta puesta en escena es una oportunidad para escuchar —por fin— la voz de una mujer que la historia quiso silenciar. Un acto de memoria, justicia y sensibilidad que merece ser visto, pensado y compartido.
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Fotos: Luis Arroyo















