Por Luis Santillán/ Anabel llega a casa de su madre porque es el cumpleaños de Dayana, pero tiene otra intención de fondo, pues sabe que las celebraciones no están permitidas porque la madre de ambas mantiene el duelo. Poco a poco, llegan aquellas que quieren felicitar a Dayana, cada una se suman a la intención de Anabel: convencer a su madre para que venda su casa porque el asesino de su hijo quedó en libertad y temen por ella.

Esa es la línea anecdótica de Jazmines en el Lídice de Karin Valecillos. El texto se deriva de la escritura de guiones de cortos que le permitió a la autora la recopilación de testimonios de madres víctimas de la violencia en la zona de Lídice, en Venezuela; en 2013 decidió tomar el material para escribir la obra.

La estructura trabaja desplazando la acción al exterior y el grupo de mujeres que están en escena funcionan como coro que evoca todo lo que no está en escena, eso le permite a la autora focalizar en cada personaje las repercusiones ante los acontecimientos; existe un acento al dolor de cada una para que exista un equilibrio de exposición, eso logra que el público pueda dimensionar que la tragedia se construye por la suma.

La construcción de personajes es sólida, cada una tiene rasgos, particularidades del habla, detalles que invitan al público a conocer sus historias; hay un manejo interesante entre la exposición y la reacción, eso ayuda al ritmo; el tono pasa del melodrama a momentos de comedia sin perderse o ensuciar la propuesta.

Es un texto que desplaza la acción para focalizar a los personajes, los conflictos son internos, pero tienen una dimensión macro porque el opositor es el sistema, la degradación de lo humano, y la forma de trabajar el material brinda óptimos resultados.

La obra es un abanico del duelo, de como cada una recurre a lo que puede para mantener la cordura, de la resiliencia, de la hermandad; es un espejo que muestra una brutalidad. No queda claro si viene del texto o es una propuesta de dirección, pero la escena le da un toque costumbrista a la obra, en principio funciona porque llama la atención del público, pero conforme los minutos pasan va entorpeciendo un poco el tono, pero no afecta de manera considerable la propuesta.

El elenco reúne a seis actrices: Sheila Monterola, Eulalia Siso, Samantha Castillo, Mónica Quintero, Vera Linares, Andreina Mesa. Es un trabajo actoral muy bien equilibrado, cada una tiene un gran momento en la escena, cada una trabaja de manera muy eficaz las cargas emotivas; cuando las escenas son corales suman para que el público viva la cotidianidad de la tragedia. Si bien todas hacen un muy buen trabajo, se puede destacar a Samantha Castillo porque la suma de detalles se convierte en un personaje de mayor complejidad en el trabajo físico y vocal.

La escenografía es coherente con la intención costumbrista, tiene detalles que la fortalecen, pero plantea un muro de fondo en el cual se sostiene un “pedazo” del techo para sostener una lámpara; ese “pedazo” rompe la propuesta porque emula lo que no está cuando todo lo demás sí está, es decir, las plantas están, el café, la torta, etc. Querer dar ese detalle rompe la propuesta, por momentos la dirección de Giovanny García muestra lo mismo, da la sensación de reiteración.

Jazmines en el Lídice es de esas propuestas que más allá de un juicio de valor el trabajo actoral recompensa cualquier posible falla, la fuerza emotiva golpea al público. La tragedia de las madres podría ser la parte fuerte, afortunadamente lo es el trabajo de las actrices, el dolor se vuelve el “aquí y ahora”, el espectador siente el horror no por lo que cuentan, sino por lo que viven. En la oportunidad de ver lo que nunca se desearía vivir, es una oportunidad para que el teatro de la experiencia de vida sin tener que cargar las consecuencias, es esos momentos donde la catarsis puede suceder.

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Fotos: Cortesía Producción