Son canciones del gran cancionero norteamericano, pero también son piezas que pertenecen al universo del teatro musical e, incluso, al de la ópera y al del ballet. Son canciones que atraviesan todos los estados, sentimientos y emociones del ser humano: lo mismo pregonan con exuberancia: tengo ritmo / tengo música / tengo a mi chica / ¿quién podría pedir algo más? que ruegan por un momento de genuino romance: abrázame / mi amor, abrázame a ti / abrázame / eres irremplazable, que se adentran en la melancolía de la espera: algún día llegará / el hombre que amo / y será grande y fuerte / el hombre que amo… Son canciones que, a caballo entre el jazz y el pop, dieron brillo a los escenarios musicales, teatrales y cinematográficos de las décadas de los veinte y los treinta y que hoy siguen escuchándose, rehaciéndose, recreándose.

Son las canciones de George Gershwin -la mayoría con letra de su hermano Ira Gershwin-, quien demostró que los mundos de la música clásica y el jazz podían fusionarse para crear piezas memorables que forman parte de la banda sonora del Siglo XX y, en particular, de un lugar: Nueva York.

Nacido en Brooklyn en 1898 y fallecido en Beverly Hills en 1937, George Gershwin construyó su leyenda gracias a un talento avasallante para la ejecución al piano y la composición de canciones. Logró su primer éxito con la balada “Swanee” en 1919 para más tarde tener éxitos teatrales en Broadway como Lady, Be Good, Oh, Kay! Funny Face, Girl Crazy y Of Thee I Sing.

A la par, su música fue escuchada en filmes como Delicious y Shall we dance? Canciones tan ubicables como “I got rhythm”, “The Man I Love”, “Embraceable you”, “But Not For Me” y “They Can’t Take That Away From Me” surgen de esos títulos para luego ser interpretados por figuras eternas como Ella Fitzgerald, Billie Holliday, Sarah Vaughan, Louis Amstrong, Frank Sinatra y Liza Minelli, por mencionar a algunos.

Y aunque esas melodías son suficientes para que Gershwin pasara a la inmortalidad, logró otras obras que son consideradas maestras, como la ópera Porgy and Bess y las piezas sinfónicas Un americano en París y Rapsodia en azul.

Porgy and Bess es una de las piezas más valoradas tanto del ámbito operístico como del jazz clásico. Representada a lo largo y ancho del mundo en casas de ópera, salas de conciertos y teatros dedicados a la comedia musical, la historia del malogrado amor entre sus dos protagonistas ha permitido el lucimiento de infinidad de cantantes de ópera y de música popular, que se han regocijado interpretando arias y dúos como “My Man’s Gone Now”, “Bess You Is My Woman Now”, “I Loves You Porgy”, “It Ain’t Necessarily So” y, por supuesto, el arrullo “Summertime”, probablemente una de las canciones más interpretadas y escuchadas en el mundo.

Tras estrenarse como una pieza sinfónica en el Carnegie Hall de Nueva York en 1928, Un americano en París sirvió como inspiración para la película del mismo nombre que bajo la dirección de Vincent Minelli y la participación estelar de Gene Kelly es uno de los filmes musicales más apreciados. Muchos años más tarde, ya en el siglo XXI, tuvo una exitosa versión teatral que fue protagonizada por el actor y bailarín Robert Fairchild.

Es precisamente Robert Fairchild quien estelariza un peculiar proyecto creado desde México para homenajear la música del compositor estadounidense: Gershwin, la vida en azul.

Se trata de una propuesta que desarrolla la directora de orquesta Alondra de la Parra a partir de un pretexto perfecto: celebrar los 100 años de la creación sinfónica más importante del autor, Rapsodia en azul.

Compuesta para piano y banda de jazz, se estrenó en febrero de 1924 y es la cumbre de ese deseo de Gershwin por unir géneros, ritmos y músicas. El homenaje que plantea De La Parra está integrado por piezas que se ejecutan en piano y orquesta, se cantan, se bailan y se actúan, acompañadas de proyecciones multimedia. Junto a Fairchild estarán el pianista Thomas Enhco y la cantante francesa Neima Naouri.

Si bien gracias a Un americano en París se ubica cierto sabor francés en las composiciones de Gershwin, lo cierto es que su música le pertenece a Nueva York.

Más de una película ambientada en esa ciudad recurre mínimo a una de sus canciones. Un clásico del cine contemporáneo, Manhattan, además de ser una de las obras maestras de Woody Allen es una muestra central de la inherente relación entre las melodías de Gershwin y la ciudad de los rascacielos.

Su música ha sido revisitada en otras obras de teatro que, aunque no se enunciaron como tal, son genuinos musicales de rockola, como Crazy for You -que en México tuvo una exquisita versión producida por Fela Fábregas, con Manuel Landeta y Lisset brillando en los personajes protagónicos- y Nice Work if you Can Get It, que mezclan melodías famosas con otras menos conocidas para crear partituras que parecen nuevas, originales, únicas.

Gershwin, la vida en azul se estrena en México en una temporada en la que, en cuestión de musicales, en el Nueva York de Gershwin se celebra el retorno de obras musicales clásicos, como Gypsy -estelarizada por la extraordinaria actriz y cantante Audra McDonald en el demandante y anhelado personaje de Mamma Rose- y Sunset Boulevard -actualmente con la elogiada participación de Mandy González alternando con Nicole Scherzinger el personaje de la diva decadente Norma Desmond-.

Mientras, al mismo tiempo, Broadway ve ir y venir musicales nuevos y originales como el recientemente estrenado, con tremendo éxito, Maybe Happy Ending -un musical coreano sobre amor y robots estelarizado por el talentoso Darren Criss-, la no tan celebrada versión en teatro musical del clásico literario The Great Gatsby -a pesar de estar protagonizada por ese prodigio vocal que es Jeremy Jordan– o el merecedor del Premio Tony 2024 al Mejor Musical, The Outsiders adaptación de una novela y posterior película, contada en el escenario a través de música folk-.

Musicales destacados como Little Shop of Horrors, Mouline Rouge, & Juliet, Six y Hell’s Kitchen continúan en cartelera echándose quién vives con los musicales que parecen haberse quedado eternamente en las marquesinas newyorquinas, como Hamilton, Wicked, The Lion King, Aladdin y Hadestown, entre otras.

Y aunque las obras no musicales -de texto, dicen los que hacen musicales- dan para toda una revisión, no podemos omitir la presencia de quien es actualmente la mayor figura del teatro musical estelarizando una obra no musical: Patti Lupone está por terminar una muy celebrada temporada de The Roommate de la dramaturga Jen Silverman. Pero no está sola en escena. Lupone comparte el triunfo con Mia Farrow, la legendaria estrella cinematográfica que desempolva su músculo teatral y logra una creación única junto a Patti.

Nueva York es muy distinto al que disfrutó, hace ya un siglo, de la música de George Gershwin. Pero el hecho de que en pleno Siglo XXI se siga pensando en este compositor y se le rinda tributo a través de un espectáculo que además de fusionar disciplinas, une nacionalidades y culturas -¿y qué es Nueva York sino una reunión de nacionalidades y culturas?- hace sentir que en las calles de la Gran Manzana o en las de la ciudad de México, Puebla, Guadalajara, Mérida o Monterrey -en donde sucederá el evento- se escucha el piano suave y una voz eterna musitando que todo es maravilloso –S’wonderful, S’marvelous– azul, brillante.

Por Enrique Saavedra