Por Luis Santillán/ En lo que parece ser una conferencia TED, un militar le habla al público sobre la importancia de las vacunas. En primera instancia está el eco de la reciente pandemia, sin embargo, pronto se entiende que la metáfora lleva al espectador a más de cincuenta años atrás. A partir de ahí, en una secuencia que va del militar a los militantes, se exponen fragmentos de la vida de Gaspar, quien es parte del Movimiento de Izquierda Revolucionario, y de cómo es aprehendido y torturado.


Esa podría ser la sinopsis de Gaspar y Violeta, texto de Sergio López Vigueras. Su estructura trabaja con un personaje que expone al público la importancia de lo que considera la “vacuna” necesaria, tendrá escenas en el universo ficcional y, de cierta manera, es la columna vertebral porque constantemente se regresa a él. De manera segmentada se ve la participación de Gaspar y un grupo de jóvenes quienes son los sujetos a “vacunar”.

Se vale de estados de alteración de realidad para que tenga cabida la convivencia con Violeta Parra.
Gaspar interactúa con sus compañeros en el marco temporal de la presidencia de Salvador Allende y su caída, estas acciones desencadenan consecuencias que exponen los horrores de los golpes de Estado, quizá —para contrapuntear— se vale de bloques musicales (incluidas coreografías).

Al final se proyectan imágenes de quienes realmente vivieron esa debacle humana.
Jerildy Bosch encabeza el equipo de vestuario, ella en el diseño; en la realización están Enrique Jiménez, Elda Mar y Maité Jiménez.

El vestuario lo es todo en este montaje: establece la temporalidad de los sucesos; muestra las diferencias ideológicas de manera contundente; crea a los personajes, hace posible que el público entienda quién está en escena; el cuidado al detalle se agradece porque permite que la mirada se mantenga en lo que pasa en el escenario.

La propuesta responde a las necesidades del texto (es en sí todo el universo visual) y las condiciones de escenificación (facilita que un elenco reducido pueda mostrar varios personajes), y lo hace no solo de manera eficaz, sino excelsa.

López Vigueras dirige su propio texto, algunas de las decisiones que toma aumentan factores distractores: ejemplo de esto es que cuando el militar habla con el público, el elenco se está cambiando de vestuario; al principio se podría pensar que es para evidenciar los mecanismos de ficción, aun cuando así fuera, debilita la propuesta. Si los bloques con Violeta Parra son un refugio para Gaspar, parece necesario construir con mayor contundencia aquello de lo que necesita refugio, pero ni el texto ni la dirección lo crean.
Gaspar y Violeta parece tener un público sumamente específico.

La conexión con una historia en común o la interpretación de la propuesta pueden jugar a su favor, sin embargo, si no se pertenece a ese público específico, el diálogo con la obra se dificulta.
Lo más valioso de la puesta está en el motor que la lleva a escena. Por la pertinencia del tema —en un momento en el que resurgen actores que reivindican como pilares de la sociedad la familia, la patria y la religión, como sucedió en el periodo histórico de las dictaduras en el continente americano— es probable que algunas personas conecten con la propuesta, tiene imágenes escénicas que recuerdan que el teatro mantiene viva la esperanza.

Gaspar y Violeta es una obra en la que hay que poner atención especial al vestuario: evidencia de que el teatro no solo lo hacen quienes están en escena. La propuesta nace de la horrible experiencia de Patricio Rivas, de la preocupación e interés de Nora del Cueto. El público de este montaje puede estar en quienes están interesados en este periodo particularmente oscuro de la historia de nuestro continente.

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Fotos: Luis Quiroz