Por Mariana Mijares/ Entrar al espacio de F**king Men es como entrar a un bar cool de la CDMX, donde las luces cambian en tonos rojos o azules, los beats marcan el pulso de la noche y un grupo de hombres sensuales te recibe para charlar y convivir un poco. Desde ese momento, en ese mundo, todo tipo de historias serán posibles.

Tras haber diseccionado las relaciones heterosexuales en su éxito I Love You, You’re Perfect, Now Change (Te amo, eres perfecto, ahora cambia), el dramaturgo Joe DiPietro pone aquí su mirada en los vínculos entre hombres, en una reinterpretación contemporánea de La Ronde de Arthur Schnitzler.

Escrita en 1897, La Ronde fue una obra revolucionaria por su estructura circular: una serie de encuentros íntimos entre distintos personajes que, al enlazarse, mostraban cómo el deseo y las relaciones trascienden clases sociales y convenciones morales.

DiPietro retoma esa idea y la traslada al presente, tejiendo una cadena de encuentros masculinos donde cada historia se enlaza con la siguiente, mostrando que el deseo es tan diverso como quienes lo experimentan.

En una de las primeras escenas, un hombre de cuerpo marcado y aspecto serio le pide un encendedor a otro.

—No fumo —responde el joven, más bajo y de complexión delgada.
—Yo tampoco. Solo estoy intentando iniciar conversación —admite el primero.

Casi de inmediato, la charla se torna sexual. El mayor confiesa que quisiera sentir la boca del otro en la entrepierna, pues un amigo quedó cautivado con las habilidades del joven. Aunque queda claro que este último es sexoservidor, el intercambio está lleno de ambigüedad: ni el deseo ni los límites parecen del todo definidos. Para convencerlo, el militar revela que siente que va a morir y por eso “quiere probarlo al menos una vez”.

Como si se tratara de un corte cinematográfico, la luz cambia y se enfoca en un hombre mayor, de voz cansada, que reflexiona: “los tiempos han cambiado, sí, pero quizá no lo suficiente”.

Luego, una escena de pasión entre dos hombres en un baño en el que la temperatura se eleva no solo por el vapor, sino por la cercanía que los enciende y el deseo que los consume. Hay ganas, innegables y urgentes, pero también un aire de secreto.

Esa es otra de las características de la obra de DiPietro (que originalmente se estrenó en el Finborough Theatre en 2009, antes de trasladarse al King’s Head Theatre de Londres, y más tarde al Celebration Theatre de Los Ángeles): sus personajes, pertenecientes a distintas generaciones, muestran diferentes grados de aceptación de su orientación sexual y diversas formas de vivir el deseo.

Por ejemplo, el militar siente curiosidad y ganas de experimentar placer con otro hombre, pero su crianza y los prejuicios de su entorno le imponen múltiples barreras. En contraste, un joven universitario ansía acostarse con el tutor que le asignaron sus padres, aunque insiste en remarcar, una y otra vez, que es bisexual.

En las diferentes interacciones entre desconocidos, amantes o parejas, se exploran temas como el amor, salir del clóset, la búsqueda de aceptación y las dinámicas para navegar relaciones abiertas. Algunas historias son tiernas, otras pasionales, otras divertidas, pero todas componen un retrato valioso del hombre contemporáneo en su búsqueda de conexión y libertad.

DiPietro introduce además vínculos más duraderos; como el de esa pareja que, tras once años, decide abrir su relación. Así contrapone el placer efímero del sexo anónimo con el deseo persistente de conexión.

Aunque una de las primeras versiones de este montaje contó con diez actores, aquí solo tres: Pablo Perroni, Mariano Aguirre y David Montalvo interpretan a todos los personajes. Perroni encarna al periodista maduro del inicio, al hombre que propone abrir la relación, al tutor, y a un escritor seducido por un actor exitoso y enclosetado, interpretado por Aguirre. Este último también da vida al militar y a la pareja establecida. Paralelamente, Montalvo, el más joven de los tres, interpreta al universitario, a una estrella porno y al sexoservidor al que se refieren como “chichifo”.

Para marcar las diferencias entre cada uno, los actores dirigidos por Sebastián Sánchez Amunátegui se valen de cambios de voz, postura y de detalles de vestuario; por ejemplo, el militar porta una camiseta blanca sin mangas y una placa; el periodista, una elegante camisa negra; y el sexoservidor, una bufanda roja que insinúa peligro y deseo.

Los cuerpos, a veces solo cubiertos por toallas o pantalones ajustados, añaden un componente sensual y estético, pero F**king Men no busca provocar morbo: no hay desnudos y los actos sexuales ocurren fuera de escena o solo se sugieren, permitiendo que el foco permanezca en lo emocional.

En algunas de las viñetas hay transacciones que parecen medirse en dinero, pero la verdadera moneda en todas es el anhelo de intimidad en un mundo dominado por las interacciones efímeras.

Y si bien F**king Men se ha convertido en un referente del teatro LGBTQ+, los temas que aborda: el amor, la identidad y la conexión, son universales, porque todos compartimos la necesidad de amar y ser amados.

Así, esta obra que se convirtió en un verdadero fenómeno del Off West End y que ahora puede verse en el Foro Lucerna es tanto una disección como una celebración de la sexualidad masculina a través de distintas generaciones; recordando que la sexualidad no es única ni delimitada, sino libre, diversa y —como este montaje— en constante evolución.

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Foto: Iván Pasillas