Por Mariana Mijares/ En uno de los primeros cuadros de Equus vemos a un joven en conexión con un caballo: están unidos físicamente, pero también en sentimiento. Parece amarlos y sentir algo profundo por ellos; sin embargo, pronto se revela que está recluido en un hospital psiquiátrico, tras haber lastimado a seis caballos.

Esta obra de Peter Shaffer se presentó por primera vez el 26 de julio de 1973 en el Royal National Theatre, en el Old Vic de Londres. Poco después llegó a Broadway, en el Plymouth Theatre, con Anthony Hopkins y Peter Firth como protagonistas. En México debutó en 1976, con Jaime Garza y José Galvéz. Ahora, décadas después de aquel primer montaje, regresa a la capital con una nueva producción encabezada por Rodrigo González S y bajo la dirección, traducción y diseño de movimiento de Miguel Septién.

Además del joven Alan Strang (Emilio Schöning), el otro gran eje de la obra es el psiquiatra Martin Dysart (José María de Tavira), un hombre con sus propios dilemas y quien no puede negarse a atender a Alan cuando su amiga la magistrada Hesther Salomón (Flor Benítez) le pide hacerse cargo de su caso.

La puesta avanza a través de la dinámica terapéutica entre paciente y doctor. Al inicio, Alan se niega a responder preguntas y únicamente canta jingles publicitarios, pero con paciencia y tiempo comienza a abrirse.

En el consultorio de Dysart se discuten y reconstruyen episodios de la vida del joven, que toman forma como escenas que transportan al público entre ese hospital psiquiátrico de provincia y los recuerdos y sueños de Alan. Para dar fuerza a estas transiciones, Septién reúne a un equipo creativo en el que destacan el diseño sonoro de Miguel Jiménez, la composición y dirección musical de Dano Coutiño y el diseño de escenografía e iluminación de Félix Arroyo.

A esto se suma el trabajo vocal del elenco, que no solo interpreta personajes secundarios sino también produce sonidos que enriquecen cada cuadro: cascos de caballos, percusiones o voces a capela según lo que se muestra en escena.

El vestuario de Giselle Sandiel es otro elemento que suma al montaje: solo el psiquiatra y el joven protagonista tienen atuendos distintivos: él con saco, corbata, camisa y pantalón de vestir; y Alan suéter y jeans. El resto de los actores visten como jinetes con pantalones ajustados, camisas, botas altas y elementos de cuero, como tirantes o cinturones.

El ensamble conformado por Flor Benítez, Héctor Berzunza, Humberto Mont y Luz Olvera asume múltiples personajes y, cuando no está en escena, funciona como un coro griego que aporta ritmo y sostiene las transiciones. Gracias a este recurso y al uso mínimo de escenografía, los cambios resultan ágiles: las escenas en la oficina de Dysart se transforman con naturalidad en los recuerdos de Alan.

A través de sus conversaciones, el psiquiatra va entendiendo que, desde pequeño, su paciente ha estado obsesionado con las imágenes del sufrimiento de Cristo y, al mismo tiempo, ha sentido una fascinación por los caballos.

Para Alan, los caballos representan una libertad emocional, espiritual y sexual que no encuentra en ningún otro lado. Sin embargo, esto mismo encarna la paradoja: la silla y el freno que llevan los caballos resultan profundamente opresores.

Pero el conflicto central de Equus no reside únicamente en los traumas del adolescente, sino en el dilema moral del propio psiquiatra. Dysart está consciente de que su labor puede aliviar el dolor de Alan y devolverlo a una vida “normal”, pero hacerlo implica también sacrificar su individualidad, arrancarle esa pasión que lo define.

Este cuestionamiento le da fuerza al montaje. El doctor ha dedicado su vida a moldear a jóvenes para que encajen en lo que dicta la sociedad, pero en este proceso los despoja de lo que los hace singulares. Sin anticiparlo, Alan lo confronta con esta contradicción y, además, lo obliga a mirar las cadenas de su propia vida.

De ahí surge su mayor conflicto: la certeza de que está limitando a sus pacientes de manera irreversible, del mismo modo que los caballos pierden su libertad al estar sometidos a las riendas y sillas de sus jinetes.

Shaffer establece así un paralelismo entre los caballos y los seres humanos: nacemos como sujetos llenos de deseos y pasiones, pero con frecuencia estos son limitados por frenos invisibles: religiosos, sociales, laborales, que acotan nuestra libertad. Y es en esa paradoja donde Equus mantiene su vigencia: el choque constante entre la intensidad de nuestros impulsos y las normas que buscan domesticarlos. Quizá esta nueva propuesta funcione como inspiración para no ceder ante las ataduras y mantener vivo el instinto de ‘galopar’ hacia nuestro propio destino.

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Fotos: Cortesía Producción