Era jueves. Durante todo ese día, un 16 de junio de 1904, dos hombres emprenden largas caminatas por las calles de Dublín: el maduro Leopold Bloom y el joven Stephen Dedalus. Todo lo que acontece durante esa travesía de 24 horas, que recuerda la travesía del héroe griego Odiseo (o Ulises en su versión latina), compone la que sigue siendo considerada como la novela más influyente del siglo XX: Ulysses del escritor irlandés James Joyce, cuya importancia hasta nuestros días es tal, que de ella se desprende la que es quizá la más famosa celebración literaria alrededor del mundo. Cada año, desde 1954 -50 años después de la fecha en que ocurre la novela-, se festeja el Bloomsday, es decir, el día en honor a Leopold Bloom y su recorrido de pé a pá por la capital de Irlanda.
Varios años después de que inició el festejo de esta efeméride proveniente de la ficción novelesca, hacia la década de los noventa, la actriz mexicana Emoé de la Parra supo de su existencia y, desde entonces, quiso ser parte del universo de Bloom por una razón más personal que literaria: el 16 de junio es su cumpleaños.
Recuerda: “Una amiga mía, Raquel Serur, especialista en Letras Inglesas, cuando le dije mi fecha de cumpleaños, me dijo: ¡ah, eres del Bloomsday!, pero yo en ese momento no tenía idea de qué era eso. Pero cuando me explicó, para mí fue como una de esas coincidencias de las que los actores, los artistas, nos gusta agarrarnos para hacer algo. Sentí que estaba llamada a hacer algo con respecto al Ulises porque la obra sucede en mi cumpleaños”.
Y, por supuesto, recurrió al teatro. La actriz, con una trayectoria que abarca ya cinco décadas sobre las tablas y teniendo como puntos altos importantes monólogos, se dio a la tarea de construir un nuevo monólogo teatral a partir no de Leopold ni de Stephen, sino del tercer personaje central de la novela: Molly Bloom, la esposa de Leopold, la Penélope que espera, insomne, el retorno de su marido, aunque sin el ánimo compungido que caracteriza al mito griego y sí con un deseo sexual a tope el cual está dispuesta a saciar a través de los recuerdos, las palabras y los actos. De todo esto nos enteramos en el que precisamente es uno de los soliloquios más relevantes de la literatura.
Para festejar su personalísimo Bloomsday, Emoé de la Parra hizo a un lado a Leopold y puso en el centro a Molly.
Aunque conocía la versión dramática que el dramaturgo español José Sanchis Sinisterra hizo del monólogo, bajo el título La noche de Molly Bloom, Emoé de la Parra prefirió hacer su propia versión, tomando los fragmentos que más le gustaban y a los que les veía mayores posibilidades escénicas: “agarré versiones en español, en particular la de Jorge Luis Borges, me guié por ella para hacer la propia. Mi inglés entonces estaba menos desarrollado que ahora y yo no me siento con la capacidad lingüística para hacer una traducción seria. Aunque yo tengo la impresión, muy descarada, de que para traducir lo que realmente se necesita es tener conocimiento del idioma propio, de aquél al que vas a verter el original”.
Al cuestionarla sobre por qué eligió hacer una versión propia y no tomar la de José Sanchis Sinisterra, ya existente, aclara: “Tuve un acercamiento con él para hacerla, pero por alguna razón no se pudo. Después la hizo con mucha fortuna Verónica Merchant: encantadora”. En efecto, en 1999 Merchant tuvo un éxito de público y crítica al estelarizar La noche de Molly Bloom bajo la dirección de Mauricio García Lozano. “Cuando vi la obra con Verónica, ya había puesto mi primera versión del monólogo y consideré que la de Sanchis Sinisterra era muy hispana, y él es muy celoso y no le gusta que sus textos se pasen al español mexicano”.
Por ello, optó por crear un nuevo espectáculo, pensándolo desde la actriz, más que desde la directora: “busco los momentos que actoralmente llamen más mi atención. Esto me gusta para sentirlo, aquí se presta para acostarme en la cama, aquí se presta para tener una bacinica, este momento me gusta porque hay procacidad…”.
Así, desde la última década del siglo XX, la actriz ha interpretado a Molly Bloom en el espectáculo Variación de Molly Bloom, el cual primero trabajó junto al director Antonio Algarra para más adelante retomarlo y realizarlo completamente por cuenta propia. El montaje, híbrido entre lectura dramatizada y escenificación, a fin de unir las cualidades literarias y teatrales que posee el texto de Joyce, se ha presentado en diversos foros de la ciudad de México, aunque no ha tenido propiamente una temporada, a diferencia de otro proyecto que, de una u otra forma, está hermanado a este: Primer amor de Beckett.
A la par que Emily de William Luce, en el que se alude al último tramo de la vida de la poeta estadounidense Emily Dickinson, el otro monólogo con el que Emoé de la Parra ha triunfado a lo largo de varias temporadas es la adaptación teatral de José Sanchis Sinisterra al cuento del también escritor irlandés Samuel Beckett -discípulo y amigo de James Joyce-. Emily se estrenó en 1997 y, un año más tarde, Primer amor. Ambos monólogos han acompañado a la actriz -y también directora, aunque en principio también los trabajó junto al director Antonio Algarra- durante más de dos décadas.
Anclado en la literatura, James Joyce escribió una única obra teatral, que se estrenó con mala fortuna: Exiliados, que en México se ha podido disfrutar en dos ocasiones: la primera en la década de los setenta, bajo la dirección de Marta Luna, con Ricardo Blume y Ofelia Medina en los personajes protagónicos. En 2017, Martín Acosta dirigió a Pedro de Tavira y Verónica Merchant -otra actriz sin duda experta en Joyce- en un nuevo montaje de la obra.
Curiosamente, en México, otra novela de Joyce fue el punto de partida para lograr una de las creaciones teatrales de referencia hasta nuestros días: en 1994, Luis Mario Moncada y el propio Martín Acosta realizaron una versión del Retrato del artista adolescente convirtiéndolo en la Carta al artista adolescente, logrando un montaje que marcó a toda una generación de hacedores teatrales.
Aunque no contempla una pronta puesta en escena de Variación de Molly Bloom, la actriz de obras como Las noches blancas, Perdida en los Apalaches, La celosa de sí misma, Réquiem, Sra. Klein -bajo su propia dirección- y Mrs. Shakespeare sí está pensando en dotar al espectáculo de una nueva propuesta, sobre todo frente a los referentes que sigue encontrando, como el reciente ensayo de la Doctora Luz Aurora Pimentel, precisamente sobre la traducción del monólogo de Molly Bloom.
“Al leer el ensayo de Luz Aurora me doy cuenta de que me di unas licencias brutales. Yo ya no puedo hacer el monólogo como lo tenía planeado sin acercarme a ella y saber si me puede ayudar a subsanarlo, porque su traducción es magnífica y es dramática. Obviamente hay que acortarlo, porque presentarlo por completo es imposible”. Y es que el célebre soliloquio, que cierra la magna novela de Joyce, abarca cerca de 90 páginas de lectura.
Para Emoé de la Parra, quien en escena se ha puesto bajo las órdenes de directores como Ludwik Margules, Manuel Montoro, Otto Minera, Enrique Singer, Gema Aparicio, Silvia Ortega Vetoretti y el ya mencionado Antonio Algarra, lo que más le interesa como actriz es que los complejos textos de James Joyce y Samuel Beckett -de quien también interpretó el monólogo Rockaby, dirigido por Algarra- puedan ser inteligibles para el público que los ve y escucha en su voz y figura.
“Ambos tienen la dificultad de la traducción y el reto de la traición. Yo siempre he abrazado la idea de que el teatro traducido del inglés al español mexicano por alguien que no es mexicano literariamente es muy aceptable, pero ya para hacer un montaje se vuelve no aconsejable. Considero que hay que verter a la traducción, si no mexicanismos, sí palabras que se acerquen a ellos, para no distanciar al público, sobre todo en obras en las que buscas una empatía entre el espectador y el personaje. Y con ambos autores yo ejercí eso: el acercarlos al público”.
Hija de la legendaria escritora Yolanda Vargas Dulché -creadora de la serie de historietas “Lágrimas, risas y amor”, de los que se desprenden historias memorables como Memín Pinguín y otras que hasta nuestros días siguen siendo exitosas y rentables gracias a sus versiones televisivas, como la clásica María Isabel y las transgresoras Teresa, Rubí, El pecado de Oyuki y Gabriel y Gabriela– De La Parra ha combinado durante varios años su trayectoria como creadora escénica con su profesión de filósofa -fue docente por más de treinta años en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM- y con su interés por la investigación sobre temas literarios y teatrales, en particular, los universos de James Joyce y Samuel Beckett y la manera en que la cultura irlandesa impregnada en su literatura aterriza en la cultura mexicana.
Si a alguien le ha interesado reunir sobre la escena mexicana las palabras y situaciones provenientes de los dos autores centrales de la en apariencia lejana Irlanda, es a Emoé de la Parra, quien une filosofía y farándula para poner sobre el escenario mundos tan complejos, delicados y sensuales como el de Molly, la mujer que mientras espera a su Ulises no pierde el tiempo y nos deja entrar en lo más profundo de su ser y su goce.
Por eso, a 121 años de aquel primer 16 de junio, a 103 años de la publicación de la novela que cambió las reglas de las novelas y a 71 años de que oficialmente se inició la celebración del Bloomsday, nadie olvida a Stephen Dedalus ni mucho menos a Leopold Bloom -en honor a quien se ha erigido todo un numerito que ha trascendido las fronteras irlandesas-, pero es justo que en las celebraciones de estos años el centro lo ocupe Molly Bloom, con su insomnio, con su deseo, con su flujo de conciencia bien dispuesto a seguir cimbrando conciencias y propiciando concupiscencias.
Por Enrique Saavedra
















Me encanta la anécdota del cumpleaños y la sola premisa de Molly esperando deseosa al marido, despierta curiosidad por descubrir el trasfondo de una obra tan significativa y complicada mediante un hecho tan humanoy tan simple como el deseo sexual.
MAravilloso texto. Felicidades Enrique