Por Alegría Martínez/ El esqueleto de un barco sobre arena de mar, expone sus costillas como un cadáver gigante que resguarda en su interior una sala, un comedor y un estudio; hogar de la familia Winfield, compuesta por madre, hija e hijo, que habitan en Saint Louis, Estados Unidos, alrededor de los años 40. A más de ocho décadas de distancia, el montaje de El zoológico de cristal, de Tennessee Williams, con adaptación, dirección de David Olguín, escenografía de Gabriel Pascal y un potente elenco, redimensiona la soledad de estos personajes, su fragilidad y su falta de horizonte a la luz de su contexto y de nuestros días, entre recuerdos y sueños de lo que fue, lo que no podrá ser y lo espeso de la nostalgia.

Esta “comedia de recuerdos”, como la llamó su autor, se desarrollaría, según lo anotó en sus acotaciones introductorias, en un edificio sombrío, entre dos callejuelas estrechas, donde habría un tendedero de ropa, basura que no se ve, gasas que dividirían las distintas habitaciones y una escalera de incendios, a la que el también autor de Un tranvía llamado Deseo, otorgó un lugar esencial, como parte de esa necesidad de contar con una vía de escape real y simbólica que aleje a los personajes del inminente “incendio” que los amenaza, tanto fuera como dentro de su departamento.

David Olguín adapta cuidadosamente la obra del dos veces ganador del Premio Pulitzer, en 1947 y 1956. Si bien por ejemplo, elimina algunos parlamentos de Tom, y partes que no afectan el curso de los acontecimientos, relacionados con una función de magia y los títulos de las películas que éste vio en el cine, Olguín preserva meticulosamente en su trabajo de adaptación dramatúrgica, la calidad de un texto que define nítidamente a los personajes y hace que el espectador se involucre, se asombre, se una y se distancie de cada uno, ante una cotidianidad que los ahoga y de la que éstos buscan emerger por vía de los recuerdos, la fantasía, o la aceptación de su condición ante una mínima posibilidad de esperanza, aunque esto implique un raudo vuelo rumbo al vacío.

En concordancia con las elecciones de Olguín, para su adaptación y su dirección, que respeta la esencia de personajes y situaciones, destaca aquellas que dejan claras sus motivaciones y trayectoria, al tiempo en que se sumerge en la ambigüedad de los recuerdos, Gabriel Pascal, acepta el desafío de Thomas Lainier Williams III, nombre de nacimiento del dramaturgo estadounidense, que propone desde las primeras líneas de su libreto, representar la obra “con una insólita liberación de todo convencionalismo” y alejarse del teatro “que copia la realidad como una fotografía”.

“Estas observaciones -anota Tennessee Williams más adelante- no deben considerarse sólo un prefacio a esta comedia en particular. Se vinculan a una concepción de un teatro nuevo y plástico, que debe sustituir al agotado teatro de los convencionalismos realistas si se quiere que el arte dramático recobre su vitalidad como parte integrante de nuestra cultura”.

Así, Gabriel Pascal, autor del diseño de escenografía e iluminación, combina, en un acertado juego cinematográfico, acercamientos y distanciamientos de acción y personajes. Ubica mesa y sillas del comedor, en primer término, sobre el piso del escenario y el estudio de Tom, con silla, escritorio, y máquina de escribir mecánica en uno de los laterales, a unos pasos de las butacas.

En un segundo nivel, al que los personajes suben mediante una breve escalinata lateral, se encuentra la sala con su mesa de centro, que sostiene el zoológico de cristal de la hija Laura, miniatura que atrae la atención como si creciera, al recibir un haz de luz que ilumina su fragilidad, cualidad que vincula a la joven con su amada colección de animales.

Un sofá rojizo con años de uso, domina el centro del escenario. Fonógrafo, perchero y revistero descansan en ese piso de madera clara sin barniz, entre las grandes columnas curvas, cuadernas de barco que dejan espacios oscuros entre cada una, como si por ahí se colara esa vulnerabilidad en la que Amanda, Laura y Tom, se conducen, como aquellos que habitan pisos cuya fragilidad está siempre expuesta.

Imágenes de guerra dan paso a fragmentos de películas hollywoodenses, a portadas de revista que muestran la comodidad y el “glamour” casero de la forma de vida americana que ofrecía la “modernidad” de la época. Romance, aventuras, bienestar que se abrillanta en actrices, actores de la época en blanco y negro y en la sonrisa rostros femeninos ilustradas a color en una mezcla de la aspiración humana y la urgencia por salir del agujero emocional, financiero y existencial en que se encontró la sociedad estadounidense después de la Gran Depresión. La pantalla se yergue detrás de los personajes que lucen pequeños en su casa, inundada de bienintencionadas sentencias y críticas maternas, lanzadas como dardos con veneno a los dos hijos.

La música, que como lo acota el dramaturgo Williams, “Expresa la vivacidad superficial de la vida, con la veta subyacente del dolor inmutable e inexpresable”, enriquece la acción, ubica en contexto y subraya ese apego que cada personaje tiene al elemento que lo extrae del mundo real, para sumergirlo en las notas del canto de la sirena.

El sax de Coleman Hawkins libera las notas de “Smoke gets in your eyes”, el clarinete de Sidney Bechet acaricia “Blue Horuzon”, el piano de Hoagy Carmichael se adueña de “Stardust Melodie”, la voz de Billie Holliday que envuelve con “In my solitude” y el swing de Benny Goodman, con “Sing Sing”, así como el piano y la voz de Jelly Roll Morton en “Mamie’s Blues”, nutren la acción en escena y fuera de ésta, incluida la interpretación a capella de “Over the Rainbow” a cargo de Juan David Olguín Almela, que en el papel del joven y atribulado Tom, se sumerge en su interpretación a fondo, con lo que otorga otra calidad a la atmósfera de su personaje, que parece salirse de una burbuja de ficción para abrir otra, que se expande a la sala entera.

Bajo la piel de la intensa Amanda Wingfield, que abandonada por su marido años atrás, vive del recuerdo que le dejaron sus antiguos pretendientes y del tufo de su encanto de juventud, Laura Almela construye con solidez a la madre extrema que busca sin descanso lo que considera “lo mejor para sus hijos”, en una actitud que asfixia al joven escritor y a la tímida Laura, que se auto percibe imposibilitada para sentirse alguien debido a una discapacidad en una de sus piernas. Almela, dueña del personaje, despliega con naturalidad esa compleja mixtura entre vitalidad, gracia egoísmo y pavor al futuro.

Por su parte, la actriz de origen francés, Anaïs Umano en el papel de la tímida Laura Wingfield, a -quien unos centímetros menos en una de sus piernas la hace cojear hasta aniquilar su autoestima- crea vías actorales contrastantes para que su personaje transite entre los buenos recuerdos de una vana ilusión, la aversión a
las personas, la paz y el gusto que le proporciona cuidar a los animales miniatura de su zoológico, susceptibles y bellos como ella, que a cada segundo, ve derribarse la ilusión cuando apenas nace.

En el doble rol del narrador y del hijo Tom, cuando éste ha dejado de ser un joven, Miguel Cooper, entra y sale efectivamente del hombre que se dirige al público y expone parte de lo que acontece en ese departamento, a ratos en los zapatos de un ente expresionista que se agiganta en gestos y ademanes, como en un acercamiento cinematográfico y abre una vía de escape al pesar del hijo atrapado en su empleo de un negocio de calzado, cuando su ímpetu de poeta, entre películas, tragos, y su postergada necesidad de partir, laten entre la culpa y la licencia que siente como herencia paterna.

La imagen del padre, agigantada en la pantalla, como la sonriente sombra de un hombre, cuya decisión hizo encallar a su familia, es un quinto personaje presente en una fotografía fija, que emite el eco del supuesto bien, que habría hecho por cada uno.

David Juan Olguín Almela, se mueve bajo la densa nube del deber y la fuga de lo que su personaje, Tom joven, desea. El actor, que bajo la dirección de David Olguín, alcanza la profundidad y el desvarío que fragmentan al empleado de zapatería, se transforma después en el avezado Jim, O’ Connor, “el candidato”, hombre confiado en su encanto, en su visión del futuro y en su capacidad de triunfo.

El zoológico de cristal, coproducción de Teatro El Milagro y la Compañía francesa Comala, con producción ejecutiva de Fernando Valenzuela Castro, es un homenaje al teatro, al cine, al dramaturgo y guionista Tennessee Williams, a actrices y actores de brillante trayectoria profesional, que en esta oportunidad proyectan poderosamente fragilidad y fantasía como salvoconductos del naufragio, aunque éste sea, en algunos casos, parte de la salvación.

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Foto: Roberto Sosa