Por Alegría Martínez/ Instrucciones secretas, juego de rol y el reto de descubrir a un infiltrado al interior de una oficina, donde cuatro ejecutivos de alto nivel aspiran a ser contratados por una prestigiada empresa internacional, detonan entre el grupo de desconocidos, suspicacia y una despiadada competencia que -según la sensibilidad del espectador- provoca intriga, divierte, e incomoda, ante el descaro, la capacidad de auto traición y de crueldad que despliega en cada uno, el deseo de ser la persona elegida.

Jordi Galceran, nacido en Barcelona, en 1964, vio el estreno de su obra, El método Grönholm en 2003, que desde entonces, se ha representado en más de 70 países, con exitosas temporadas en Madrid y en Barcelona, a las que, para 2020, se habían sumado 15 años de representaciones en Moscú y más de 10 en Alemania.

En México, se estrena en 2026 el escenario del Teatro Xola -años después de una temporada en la Sala Chopin, en 2005- una puesta en escena de esta obra, que inicia con las suaves notas de “La chica de Ipanema”, al interior de una amplia oficina con gran ventanal al fondo, evocador de una especie de aurora boreal inmóvil, donde hay una mesa de juntas y cuatro sillas. Cerca de la entrada lateral, se observa un mueble con cajones que sostiene una cafetera, una pequeña maceta con flores blancas, un aparato comunicador que emite sonido y luz roja, y algunos objetos más, bajo el retrato en blanco y negro de un hombre que cubre con una de sus manos su ojo derecho, como si espiara permanentemente con el izquierdo.

El texto de Galceran, guionista, director y traductor, premiado autor de obras como El crédito y Palabras encadenadas, despliega un profundo conocimiento de hombres y mujeres en estado de estrés, que ambicionan un mayor nivel económico y de poder, dispuestos a la humillación que implica mentir, exponer intimidades, tender trampas y transformarse en alguien distinto, con tal de agradar a los ocultos reclutadores laborales.

Tres hombres y una mujer, personajes del Método Grönholm, reciben órdenes escritas en un papel, que deben seguir al pie de la letra para continuar el proceso de selección al que han decidido someterse. Liderazgo, inteligencia emocional, capacidad de respuesta, y adaptabilidad, entre otras habilidades, imposibles de percibir en una hoja de vida, saldrán a flote en un horario calculado.

La personalidad de cada uno -al principio prudente en su intento de deducir quién es el enviado por la empresa, bajo fingimiento de ser un aspirante más- sale a relucir en la reacción a las instrucciones, a veces expuestas y en ocasiones ocultas, que cada quien debe cumplir, para involucrar a los demás y mostrar así su forma de responder a distintos conflictos.

El público es testigo de envidias, celos, ataques, discriminación, burlas y descalificaciones que entran en juego para orillar a los aspirantes a tomar decisiones extremas en su ciega carrera rumbo a su objetivo.

La actitud condescendiente, simpática, bonachona, y taimadamente ingenua, del personaje a cargo de Daniel Haddad, que muestra su capacidad de hacer transitar a su personaje, de la comedia al drama en un instante, se estrella con la postura agresiva y soberbia del aspirante que interpreta Alejandro de la Madrid; el típico personaje que dice lo que piensa de los demás, sin importarle si lastima u ofende, pero que resguarda toda información propia. Su desarrollo, bien delineado en el texto y ejecutado por el actor, crea adeptos entre el público y provoca risas, al observar a un ser directo y arrojado, que se mueve bajo una máscara de determinación, disfraz de su crueldad y cobardía.

Ana Serradilla, por su parte, encarna a la única mujer del grupo que en un inicio se muestra precavida, comprensiva y conciliadora, hasta que una noticia inesperada y una nueva instrucción, modifican la actitud de su personaje, que en el doble juego de roles en que la inserta el dramaturgo, transita entre la certeza y la duda hasta retomar su objetivo mayor y más tarde mostrar otra cara.

En el papel del ser más vulnerable entre los cuatro candidatos, Erick Elías construye a un personaje comprensivo y humano, que pronto se encuentra en una coyuntura inesperada, generada por el área de Recursos Humanos que lo somete a una delicada prueba.

El dramaturgo engaña en un principio, a personajes y público, al ubicar a ambos grupos ante una contienda que involucra parte de la vida de los aspirantes, que al ventilarse se vuelve información por la que se introduce el veneno que destilan muchas personas cuando luchan por algo que es imprescindible para mantener su estatus.

Antes de descubrir identidades falsas y destacar el retorcimiento de los personajes, nutridos de la realidad en la ficción sostenida, la articulación de su modo de pensar, de argumentar y de tejer la red para hacer caer al adversario, se asemeja a un juego de entrenamiento cerebral que el espectador disfruta.

La crítica que hace Galceran al tramposo y humillante mecanismo seleccionador de las empresas, a la voracidad que en teoría autoriza el hundimiento entre semejantes con tal de conseguir el objetivo individual, articula una especie de guerra psicológica en la que se involucra el espectador, como si se formara un coro silente detectivesco, una especie de personaje colectivo, en busca de encontrar al farsante y de elegir entre los cuatro personajes, a uno con el que se pueda identificar.

El juego funciona. El conflicto por el que transita el personaje de Erick Elías, y el modo en que lo tratan los personajes de Serradilla y De la Madrid, critica la discriminación por razón de género, que a más de 20 años de distancia del estreno de esta obra, continúa vigente como un grave atentado contra los derechos humanos en empresas y círculos sociales.

La comedia señala las graves fallas de una comunidad humana cada vez más ambiciosa, artificial, individualista, e indiferente, que muestra al mismo tiempo su flaqueza y sus luchas estériles, resorte de risas que se asoman al evidenciar mezquindad y prepotencia ataviadas con trajes de ejecutivos de alta gama.

Rodrigo Nava, adapta el texto de Galceran y dirige esta puesta en escena, con solvencia. El elenco avanza con paso firme, desde el azoro inicial de sus personajes, para entrar en un juego de inteligencia y más tarde a uno que requiere arrojo, para entrar a zonas de situaciones delicadas y arribar posteriormente al descaro, hasta llegar al juego de “fuera máscaras”, dentro de una doble ficción que toca llagas de realidad.

El método Grönholm aborda una realidad amarga, envuelta en juegos psicológicos, ardides y escarnio, que enfatizan la inmensa pérdida de valores humanos que se agiganta.

Con diseño de escenografía de Mauricio Parker; diseño de iluminación de José Luis Núñez; Styling de Itzel Alfaro; asistencia de dirección y Stage manager, de Carolina Villamil, el montaje cuenta con producción de Rodrigo Nava y Miguel Matus, y producción ejecutiva de Luis Gernando Valdés. El elenco mencionado alternará funciones con Diego Klein y Tato Alexander.

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Fotos: Cartelera de Teatro