Por Luis Santillán/ La vida apacible de un grupo de personas se transforma a partir de la llegada de un juguete; bien podría pensarse que se habla de una película clásica de los noventa, y si bien comparten líneas, la diferencia –más allá del verso con la cual se construye– está en que El mar es un pixel se distancia del referente porque se centra en una preocupación del siglo XXI: el juicio social.

David Gaitán, autor y director de El mar es un pixel, con anterioridad llevó a escena Un enemigo del pueblo, donde exploró la participación del público para “enjuiciar” con burbujas al personaje principal. Ahora presenta un texto donde el juicio está centrado en la risa; ahora lo proyectado en escena está mucho más ligado con la cotidianidad del público.

El horror de encontrar el nombre en el escrutinio social es el eje central; el juguete que transforma la cotidianidad amplifica cada detalle –como si fuera la lupa tecnológica que todo lo exhibe– y pone en evidencia la extraña simbiosis entre las herramientas tecnológicas, con su promesa de modernidad, y las pasiones humanas que arrastran una brutalidad milenaria.

El texto de Gaitán es sólido, agudo e hilarante; más allá de los retos de estilo, sobresale la habilidad para dinamitar la naturaleza de sus personajes y provocar la reflexión sobre las herramientas de la modernidad. El nombre mismo de la obra es el reflejo de todo aquello que está en la escritura, una suma de elementos figurativos que crean belleza mientras se invita a pensar que hay más allá del asombro inicial.

El elenco está integrado por elementos que han destacado por su gran capacidad; la suma de todos ofrece una obra bastante atractiva por la calidad de la escena; si bien el trabajo de todos es muy recomendable, vale la pena destacar a Michelle Betancourt y Verónica Bravo.

Betancourt encarna al juguete, logra una diversidad de estados que van desde la frialdad de lo artificial hasta la malicia de la humanidad, se adapta a las necesidades de cada usuario, transformándose constantemente. Bravo, con el personaje de la emprendedora, refleja las variantes emotivas de una sociedad preocupada de manera casi enfermiza por la forma en que sus acciones serán evaluadas y exhibidas por el juicio social. Ambas son los extremos de las posibilidades actorales que tiene este reparto.

Andrés Motta hace un diseño sonoro que le da vida al universo y enriquece la escena; su aportación invita al público para que su disposición a la escena se mantenga conectada. Mario Marín del Río propone un diseño escenográfico que contrapuntea de manera estimulante el universo, realza la fuerza del teatro para crear mundos ficcionales que son develados ante la vista del espectador, estimulando la mente de quien mira. Erika Gómez crea ambientes lumínicos que bien podrían pensarse que iluminan la belleza de aquello que están en el texto.

Teatro UNAM se distingue por la alta calidad que busca en cada proyecto que presenta; en esta ocasión la suma de quienes integran la obra es, desde el papel, una garantía; sin embargo, lo logrado rebasa con creces la apuesta y convierte a El mar es un pixel en una experiencia escénica bastante recomendable.

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Fotos: Cartelera de Teatro