Por Alegría Martínez/ Una alargada mesa de trabajo sostiene una inmóvil figura de ser humano envuelta en vendas, con una tijera de jardinero plantada en su pecho —como un olvido, o un recordatorio— entre envases metálicos y herramientas. El espacio recuerda algún set de cintas de terror, un desván y un ruinoso teatro abandonado que evoca diversas escenas en las que acecha el peligro, pero la música y la presencia de dos personajes, quizá salidos de un bosque años atrás, con pinta de buena gente, emiten señales de que no hay que temer.

Guirnaldas de bombillas que iluminan viejos telones de fondo color ocre, un gran espejo con luna rota en la boca escena, baúles de distintos tamaños, una escalinata de madera con pasamanos, además de lámparas, un gramófono, un maniquí y objetos varios en los laterales, hacen pensar que alguna vez fueron usados y aguardan bajo el polvo otra oportunidad. Ahí tiene lugar El hilador, obra de la dramaturga mexicana Paula Zelaya Cervantes, que bajo su dirección, vuelve al teatro donde se estrenó en México en 2018, después de haber formado parte de la Selección Principal Internacional del Festival Fringe de Vancouver, 2016.

La imposibilidad del amor en un ámbito de luz, que se torna en oscuridad, muerte y fantasía, alimenta esta obra en la que un doble infortunio une el destino de una niña y un niño hasta que crecen y se conocen. El texto de Paula Zelaya propone que el personaje de Elena -quien ama la luz- y el de Quirón, -elegido por la Muerte como su asistente- sientan la necesidad impostergable de estar juntos, por lo que buscarán el modo de lograrlo.

La narración de los sucesos en los que cada personaje toma parte, dichos en propia voz, y la representación de fragmentos de pasajes determinados, que completan lo que cada uno cuenta, como lo hacen la actriz Ana González Bello y el actor Evan Regueira, en los papeles de Elena y Quirón respectivamente, propone un juego escénico que el público disfruta.

A esta dinámica, la dramaturga y directora incluye distintos objetos que ayudan a crear personajes ficticios que intervienen en la escena y elementos que construyen, por ejemplo, un vehículo, al usar la tapa de un ventilador como volante, o una regadera metálica con ojos y nariz para la personificación de un anciano. En cada nueva oportunidad el elenco genera un guiño, una broma que hace cómplice al público.

El hilador, The Orbweaver, en su título original que alude al tejedor de orbes, de universos, como los creados por sus personajes, propone el obstáculo mayor para el idilio, que implica apagar vidas para que se puedan reunir los enamorados. En la persecución de esa meta, Elena y Quirón huyen de un mundo fantástico, a una aplastante realidad que incluye la Ciudad de México con todo y transporte colectivo Metro -muy bien resuelto a través de un rack con abrigos marrón en distintos ganchos- incluidos conocidos cánticos comerciales citadinos que propulsan carcajadas espontáneas en la audiencia.

No obstante, esa realidad cotidiana con rasgos de humor, integra también el vacío que se apodera de quienes han luchado por algo, una vez que lo logran, que parece dejar una nata espesa en la que naufragan los deseos, el brillo de las miradas y la energía, antes sin tregua.

Dónde quedan las sonrisas que se escapan sin permiso al ver a la persona amada, la desenfrenada carrera hacia la meta, la incesante electricidad de un beso, el deseo de una libertad que se fuga cuando se alcanza, parece cuestionar este texto inscrito en comedia con pinceladas de crítica y humor negro.

La obra de Zelaya Cervantes, quien ha realizado valiosas traducciones de obras de importantes autores, genera la sensación de dar un paseo por las distintas historias de amor imaginadas, leídas, absorbidas en la pantalla, escuchadas y transmitidas durante siglos, tradición de la que se nutre. Es un texto que muestra la preparación dramatúrgica de su autora que despliega entre risas y desencantos, su inquietud real sobre todo lo que despliega el amor plasmado en los cuentos con los que hemos crecido.

La dramaturga, que pone en voz de sus personajes explicaciones de palabras, conceptos e incluso fragmentos poéticos y filosóficos, elige también, por otra parte, palabras actuales, dichos conocidos, situaciones que nos identifican y hacen más humanos a esos erráticos seres, que en su afán de sentirse amados, desplazan el hecho de segar vidas, porque el objetivo del amor, derriba, como en los cuentos de hadas, impedimentos de toda índole.

La Muerte, ese acompañante con el que convivimos a diario, es en escena un ente muy alto, cubierto de andrajos, con manos negras y alargadas uñas, casi como monstruosas garras de movimientos delicados, que parecen atraer y señalar sin infringir daño.

Sin rostro en su gran cabeza cubierta con un gorro, que es parte de su ancha y extensa capa, es un oscuro hueco que se mueve con gracia, en concordancia con su cuerpo, casi como en una danza que se vuelve un andar rítmico mediante el que se eleva o empequeñece al andar; coquetea con los personajes y sostiene a ratos, el auto negro de lujo y a escala, en el que llega cuando es el momento. Esta silenciosa Muerte de grata presencia, es interpretada mediante un buen trabajo de expresión corporal por el actor Marcos Radosh.

Por su parte, la actriz Ana González Bello, que interpreta a Elena desde su infancia hasta su etapa adulta -y a su malhablada madrastra con cabello de trapeador, en cómicas y extremas escenas de maltrato- crea con solidez a un personaje encantador que se distancia un tanto de su circunstancia para compartirla espontáneamente con el público en un eficaz tránsito actoral de la narración en el lugar de la acción, al comentario que sale de la ficción para aclarar, cuestionar o conducir a su pareja por el rumbo que requiere la trama.

La actriz, se comunica y hace fluir a su personaje con el de Quirón, interpretado por Evan Regueira, quien como González Bello, realiza esas tareas escénicas con la frescura que su personaje exige, tanto en la etapa de juventud, como en la cima de la relación, que se transforma en pesadez al momento de internarse en la rutina y la vacuidad de una vida “confortable”.

El hilador es también un homenaje al teatro, a ese espacio donde sucede la magia, habitado por objetos y rastros de personajes que fueron parte de una historia nutrida por la sangre, la energía y el alma de actrices y actores. El lugar de las historias que respiran, surgidas de la pluma de una dramaturga como Paula Zelaya, que decidió zambullirse en sueños y pesadillas para tocar su textura, expandirla y reírse de los escollos, por invencibles que éstos sean. Espacio donde se abre la oportunidad para que todo vuelva a suceder, distinto y con renovados bríos, en una nueva función, como la de cada día.

El montaje cuenta con producción de Jimena Saltiel; música original de Iker Madrid, que dota de suspenso, alegría y misterio las distintas escenas. El diseño de escenografía de Sergio Villegas, crea un ámbito abierto a la fantasía con la marca del tiempo. La iluminación de María Vergara y Matías Gorlero juega asertivamente con espacios de magia realidad y misterio. El vestuario de Sara Salomón, evoca personajes de viejos cuentos, quizá salidos de inmensos bosques, como si cada prenda expusiera su historia para unirse en una nueva. La utilería de Elda Ruth Hernández y David Ahedo muestra el cuidadoso trabajo realizado para mostrar los siglos. El movimiento y coreografía de Pablo Rodríguez y Jimena Saltiel, son un lenguaje clave en este montaje en el que además del elocuente transitar de la Muerte, la pareja se desliza entre los distintos pasajes y arranca al público una ovación al momento del tango.

El equipo de Once Producciones integra también el dramaturgismo de Matthew Willis, la asistencia de dirección de Lilly Maldonado, la sonorización de Iberia Sound y el diseño de audio Miguel Jiménez, entre otras aportaciones.

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Fotos: Luis Quiroz